Cada 14 de julio, Francia recuerda el asalto a una prisión en la que apenas había siete detenidos. La Bastilla estaba casi vacía, pero contenía algo más grande que sus calabozos: la idea de que el poder del rey era intocable. Cuando sus muros cayeron en 1789, no solo se abrió una fortaleza. Se abrió una grieta por la que escaparían rumbo al mundo palabras como libertad, igualdad, ciudadanía, nación y soberanía.

Veintiún años después, algunas palabras resonarían en Dolores. No llegaron intactas ni viajaron solas. Cruzaron el Atlántico escondidas en libros, conversaciones, sermones y rumores; se mezclaron con la independencia de Estados Unidos, la crisis de la monarquía española, las reformas borbónicas y las profundas desigualdades de la Nueva España. Las ideas francesas llegaron con peluca y terminaron cabalgando bajo un estandarte guadalupano.

Sería exagerado afirmar que la Revolución francesa provocó la Independencia de México. La historia rara vez obedece a una sola causa. Sin embargo, Francia proporcionó una parte decisiva del vocabulario con el que comenzó a pensarse un mundo sin súbditos. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano sostuvo que la soberanía residía esencialmente en la nación. En 1813, Morelos escribió que “la soberanía dimana inmediatamente del pueblo” y debía depositarse en sus representantes, con los poderes divididos. Después, Apatzingán convirtió esas ideas en arquitectura constitucional. La frase sobrevivió a guerras, imperios, repúblicas y dictaduras. Hoy permanece, casi como un eco, en el artículo 39 de nuestra Constitución.

Esa es quizá la mayor fuerza de una revolución: no solo cambia gobiernos; cambia las palabras con las que una sociedad puede imaginarse. Antes de 1789, el rey gobernaba por voluntad divina y las personas nacían dentro de un orden que parecía natural. Después, el poder tuvo que comenzar a justificarse. El campesino, el artesano y el comerciante dejaron de ser únicamente habitantes del reino para convertirse, al menos en el lenguaje, en ciudadanos titulares de derechos.

Pero las palabras luminosas también proyectan sombras. La misma revolución que proclamó los derechos universales conoció el terror, la guillotina y la persecución de quienes fueron considerados enemigos del pueblo. Allí apareció una de las tentaciones más persistentes de la política moderna: que alguien deje de hablar ante el pueblo y comience a hablar como si fuera el pueblo.

México no ha escapado de esa tentación. Más de dos siglos después, la palabra “pueblo” sigue ocupando el centro de nuestro discurso público. Se gobierna en su nombre, se reforman instituciones para cumplir su voluntad y se descalifica a adversarios por supuestamente oponerse a ella. Sin embargo, el pueblo no es una multitud uniforme ni una sola voz esperando ser interpretada. También lo integran quienes disienten, quienes protestan, quienes votaron por otra opción y quienes no se sienten representados por ninguna.

La soberanía popular no significa que la mayoría pueda hacerlo todo. Significa que ningún poder se justifica a sí mismo. Por eso la Declaración de 1789 afirmó también que una sociedad sin garantía de derechos ni separación de poderes carece de Constitución. La democracia no consiste únicamente en contar voluntades, sino en impedir que una voluntad, por numerosa que sea, borre a las demás.

La revolución nos enseñó a pronunciar la palabra pueblo frente al rey. Nuestra época exige aprender a pronunciarla frente a nosotros mismos. El mayor legado de 1789 no fue afirmar que el pueblo manda, sino obligarnos a responder quién es el pueblo cuando no se piensa igual. La Bastilla cayó en un día. Construir una democracia en la que incluso quien pierde siga formando parte del país es una revolución mucho más lenta. Y todavía no termina.

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