Hay viajes que sirven para conocer otros lugares y otros que permiten mirar por primera vez el sitio del que uno proviene. Rufino Tamayo, Rodolfo Nieto y Francisco Toledo salieron de Oaxaca rumbo a París en épocas distintas. Ninguno volvió siendo menos oaxaqueño. La distancia les permitió descubrir que la identidad no es aquello que permanece intacto, sino aquello que puede transformarse sin desaparecer.

La exposición Tamayo, Nieto, Toledo. Los años en París, recién inaugurada en el Museo Tamayo, reúne más de cien obras de tres artistas de generaciones distintas que obtuvieron fuera del país un reconocimiento que todavía no encontraban en México. No viajaron para abandonar sus orígenes, sino para liberarlos de una interpretación única.

El recorrido empieza con Músicas dormidas, obra que Tamayo presentó en la Bienal de Venecia de 1950. Dos figuras femeninas descansan junto a un instrumento musical entre formas geométricas y colores terrosos. No hay campesinos, episodios revolucionarios ni una escena indígena reconocible. Sin embargo, la crítica ha relacionado su paleta con los colores de la pirámide de Tenayuca. Tamayo llevó el México antiguo a Europa sin convertirlo en una estampa folclórica.

En esos años, el muralismo había establecido una idea precisa de lo que debía representar el arte nacional. Rivera, Orozco y Siqueiros hicieron de los muros públicos escenarios de la historia mexicana. Tamayo eligió otro camino. No rechazó sus raíces indígenas, pero se negó a que determinaran por completo su obra. Le interesaban el color, la materia y la condición humana más que la obligación de ilustrar un programa político.

La historia de Rodolfo Nieto es más inquietante. En el zoológico de Basilea observó cómo arrojaban comida a un simio imponente. El animal la recogió y comenzó a comer dentro de su encierro. Nieto lo miró y dijo: “Yo soy eso”. La frase permite entender su Zoología mental. Sus mandriles, hipopótamos, camellos y grillos no eran ejercicios de observación naturalista. Eran autorretratos.

Nieto fusionó cuerpos humanos y animales para representar el miedo, la soledad, la vulnerabilidad y la angustia. El curador Juan Carlos Pereda define aquel bestiario como una suerte de “autorretrato espiritual simbólico”. El pintor no utilizaba a los animales para alejarse de lo humano, sino para mostrar aquello que un rostro civilizado sabe ocultar. Frente al simio encerrado, Nieto no contempló una figura inferior: se reconoció a sí mismo.

Toledo llegó a París a los veinte años con dos cartas de recomendación, una dirigida a Octavio Paz y otra a Tamayo. Cuando este último regresó a México, le entregó sus herramientas de trabajo y lo relacionó con quienes podían ayudarlo. El gesto parece una ceremonia de sucesión, pero contenía una enseñanza más valiosa: Tamayo no le heredó una manera de pintar; le dio los instrumentos para que encontrara la suya.

Toledo construyó un mundo poblado de chapulines, murciélagos, iguanas, monos y seres fantásticos. Sus animales tampoco eran adornos. Los mezcló con cuerpos humanos en escenas de deseo, metamorfosis y violencia. Sus criaturas borran una distinción que preferimos conservar: la que coloca al ser humano por encima de la naturaleza. Para Toledo, también nosotros somos animales irracionales, aunque hayamos aprendido a disimularlo.

En una época en la que la identidad vuelve a utilizarse como frontera, esta historia merece recordarse. Se nos dice que abrirse al exterior supone renunciar a la soberanía, que las influencias contaminan la autenticidad y que proteger lo propio exige desconfiar de lo distinto. Ellos demostraron lo contrario: una cultura segura de sí misma puede recibir del mundo, transformarlo y devolver algo que antes no existía.

Los tres fueron a París y encontraron nuevos lenguajes, pero Oaxaca permanece en todas partes: en los colores de una pirámide que no aparece, en el cuerpo cautivo de un simio y en las criaturas que recuerdan que la humanidad también pertenece a la naturaleza. A veces, para regresar verdaderamente al lugar del que venimos, primero tenemos que aprender a mirarlo desde lejos.

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