Miles de personas levantan el celular al mismo tiempo durante un concierto. La canción explota, las luces tiemblan, alguien llora, alguien se besa, alguien intenta grabar el momento perfecto para subirlo después. Y, sin embargo, la mayoría no está realmente ahí. Está produciendo evidencia digital de haber estado ahí.
Algo parecido ocurre todos los días. Personas desbloqueando el teléfono apenas segundos después de haberlo guardado. Gente incapaz de esperar un café, un elevador o un semáforo sin llenar el vacío con una pantalla. Vivimos rodeados de estímulos: podcasts, reels, playlists, memes, videos, notificaciones y conversaciones fugaces que desaparecen tan rápido como aparecen. El aburrimiento se volvió intolerable.
A veces el teléfono ni siquiera entretiene. Solo acompaña. Está ahí mientras comemos, mientras esperamos un mensaje que no llega, mientras evitamos pensar en algo incómodo o mientras fingimos que no nos sentimos solos. Lo desbloqueamos por ansiedad, por costumbre, por aburrimiento, o simplemente porque quedarnos unos segundos en silencio comenzó a sentirse demasiado intenso.
Los romanos llamaban otium al tiempo dedicado a pensar, leer, contemplar o simplemente existir sin productividad inmediata. No era flojera; era una forma de vida intelectual. Blaise Pascal escribió siglos después que gran parte de los problemas humanos provienen de la incapacidad de permanecer tranquilos en una habitación. Y tenía razón. El silencio obliga a pensar. El aburrimiento obliga a observar. Y observar demasiado siempre termina siendo peligroso.
Mucho antes de TikTok, algunos filósofos griegos ya desconfiaban de la manera en que la tecnología podía transformar el pensamiento. Aristóteles advertía que la expansión de los libros podía reemplazar el diálogo y hacer que las personas comenzaran a aceptar como cierto todo aquello que leían. El problema no era la información, sino la pérdida del dialogo, de la reflexión y de la capacidad de cuestionar.
En Fahrenheit 451, el problema nunca fue solamente la censura o la quema de libros. El verdadero terror era una sociedad que había dejado de interesarse por leer, pensar y conversar porque prefería el entretenimiento permanente.
Hoy todo tiene que entretenernos. Consumimos estímulos. Los museos están llenos de personas que observan un cuadro menos tiempo del que tardan en grabar una historia para Instagram. Hay conciertos donde miles prefieren mirar al artista a través de la pantalla de su celular. Incluso los momentos íntimos parecen incompletos si no generan una foto, un post o una historia. Vivimos documentando la vida en lugar de vivirla.
Y claro, esto también tiene una dimensión política. Una sociedad incapaz de detenerse difícilmente reflexiona. Una ciudadanía permanentemente distraída rara vez profundiza. El exceso de entretenimiento puede convertirse en la forma más eficiente de anestesia colectiva: menos silencio, menos pensamiento; menos pensamiento, menos cuestionamientos. Antes el poder le temía a la información. Hoy parecería más cómodo un mundo donde nadie tiene tiempo de pensar demasiado porque todos están haciendo doomscroll a las tres de la mañana.
Lo irónico es que el aburrimiento alguna vez fue el espacio donde nacían las ideas. Ahí aparecían libros, canciones, teorías, pinturas y hasta revoluciones. Hoy, en cambio, cualquier segundo vacío produce ansiedad. Como si el silencio fuera un error del sistema y no una parte esencial de estar vivo.
El problema nunca fue el silencio. El problema es todo lo que hacemos para evitar escucharlo.
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