Hay algo extraño en mirar hoy una pintura de Rubens. Sus cuerpos ocupan espacio sin pedir disculpas por ello. Hay volumen, movimiento, piel, deseo. Nada parece corregido. Nada parece filtrado.

Basta recorrer la historia del arte para descubrir que ninguna civilización ha mirado la piel, la carne o el rostro humano de la misma manera. Cada época ha proyectado sobre el cuerpo sus obsesiones más profundas.

Los griegos lo entendieron como armonía. Sus esculturas buscaban proporción, equilibrio y perfección racional. El cuerpo idealizado no era solamente bello; era una expresión de orden. En el mármol griego, la belleza física parecía inseparable de la virtud. Había algo casi divino en la simetría.

Roma heredó parte de esa visión, aunque la volvió poder. El cuerpo romano debía transmitir autoridad. Los emperadores eran esculpidos como figuras eternas, fuertes, imperturbables. El cuerpo comenzó a convertirse también en propaganda: una forma de construir visualmente la idea de dominio.

Después vino el cristianismo medieval y la relación cambió por completo. Durante siglos, gran parte de Europa aprendió a mirar el cuerpo con cierta sospecha. Lo verdaderamente importante era el alma. La carne aparecía como fragilidad, tentación o tránsito. El deseo debía contenerse. El cuerpo debía disciplinarse.

El Renacimiento volvió a reconciliar al ser humano con su propia anatomía. Leonardo estudiaba cadáveres casi obsesivamente para entender músculos y proporciones. Miguel Ángel llevó esa admiración por el cuerpo a un nivel casi sobrenatural. Basta con observar el David en Florencia: más de cuatro metros de mármol convertidos en tensión contenida. Los músculos parecen sostener una energía silenciosa; las venas de las manos, la mirada fija y el ligero giro del cuerpo transmiten la sensación de que la piedra está a punto de respirar. El cuerpo humano volvió entonces a entenderse como una obra extraordinaria de la creación, casi como una arquitectura divina hecha de carne y anatomía.

Luego apareció el Barroco.

Rubens rompió con la contención renacentista. Sus cuerpos parecen vivos. Hay volumen, movimiento, calor, exceso. La piel deja de ser una superficie idealizada y se convierte en algo que pesa, se mueve y desea. El cuerpo barroco no aspiraba a desaparecer. Aspiraba a existir plenamente.

El arte moderno también reveló esa transformación. Egon Schiele pintó figuras tensas y vulnerables. Francis Bacon deformó cuerpos hasta volverlos inquietantes. Después de las guerras mundiales y de la violencia del siglo XX, el cuerpo dejó de sentirse estable. La ansiedad comenzó a aparecer bajo la piel. Incluso Hopper, desde la distancia de sus personajes solitarios, parecía insinuar que también existe una forma emocional de habitar el cuerpo: la soledad.

Quizá por eso ciertas pinturas producen algo tan extraño cuando uno permanece realmente frente a ellas. No se siente únicamente admiración estética. Se siente reconocimiento.

El cuerpo humano nunca ha sido solamente belleza. También ha sido cansancio, deseo, fragilidad, placer, enfermedad, memoria y tiempo. El cuerpo envejece. Guarda cicatrices. Conserva afectos. Traiciona emociones incluso cuando la boca calla.

Las civilizaciones siempre terminan retratándose a sí mismas en la forma en que representan el cuerpo humano. Basta con mirar sus esculturas, sus pinturas o sus fotografías para entender qué admiran, qué reprimían y qué temían.

Quizá por eso actualmente nuestras imágenes retocadas o filtradas resultan tan reveladoras. Tal vez el futuro no verá cuerpos más bellos que los de otras épocas, sino una sociedad incómoda con su propia humanidad.

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