Hay tecnologías que, al emerger e integrarse de manera estable en la vida cotidiana, transforman de manera profunda e irreversible no solo la forma en que concebimos la realidad, sino también las relaciones interpersonales y los marcos culturales, simbólicos, económicos y legales que las configuran. A lo largo de la historia, algunas innovaciones han modificado los lenguajes con los que interpretamos el mundo, los modos en que generamos y transmitimos el conocimiento, así como ciertas formas de organización social y política.

Entre ellas pueden mencionarse la escritura, que permitió fijar la memoria y dar continuidad al pensamiento; la imprenta, que amplió el acceso al saber y modificó nuestra noción de la educación; la electricidad, que reorganizó el trabajo y la vida urbana; los medios de comunicación masiva, que redefinieron la esfera pública; y, más recientemente, las tecnologías digitales, cuya irrupción ha reconfigurado radicalmente la manera en que nos comunicamos, investigamos, aprendemos y establecemos vínculos.

Cada una de estas invenciones introdujo nuevos dispositivos, técnicas y posibilidades, pero también trastocó estructuras que abarcan desde la ciencia y los flujos comerciales y financieros, hasta las instituciones y convenciones para ejercer el poder, vigilar, deliberar y construir comunidad.

En ese horizonte donde se entrelazan los grandes paradigmas de la antigüedad y de la modernidad, se inscribe la inteligencia artificial. Sustentada en el avance computacional, el uso intensivo de bases de datos masivas y la implementación de patrones algorítmicos, transforma de manera directa ámbitos tan diversos como la investigación científica, la educación, la medicina, los procesos productivos, la gestión pública, la cultura y la vida cotidiana.

La magnitud de este cambio puede medirse en indicadores como su velocidad de adopción, que no tiene precedentes. Por ejemplo, a finales de 2025, la empresa OpenAI anunció que ChatGPT había superado los 800 millones de usuarios activos semanales. En materia laboral, el Fondo Monetario Internacional ha estimado que el uso de inteligencia artificial afectará alrededor del 40% de los empleos a escala global y hasta el 60% en las economías avanzadas.

También debemos considerar sus impactos socioambientales. La Agencia Internacional de Energía advierte que la expansión de los centros de datos está generando un crecimiento acelerado en la demanda eléctrica y a ello se suma una creciente huella hídrica y de emisiones.

En otra esfera fundamental, como la educativa, su incorporación acelerada en América Latina y el Caribe ocurre en medio de profundas asimetrías, pues más de la mitad de las niñas y los niños de la región no alcanza niveles básicos de comprensión lectora y una proporción significativa carece de dominio en operaciones matemáticas elementales.

De ahí surge una paradoja urgente: si las nuevas generaciones no han desarrollado plenamente las capacidades para formular preguntas, analizar información, definir criterios propios, concentrarse o discernir, difícilmente podrán ponderar las respuestas que les ofrecen las interfaces. En ese escenario, la inteligencia artificial puede operar tanto como un instrumento que potencia el aprendizaje o como un factor que profundiza las brechas existentes. Sus alcances dependen, en gran medida, de las decisiones institucionales que adoptemos en el corto plazo.

Esto implica repensar el papel de las y los docentes en entornos cada vez más automatizados, promover el pensamiento crítico de las comunidades educativas y diseñar marcos normativos, pedagógicos y de observación regional que permitan situar sus aplicaciones desde nuestras prioridades y tradiciones académicas.

Fiel a su vocación histórica, la Universidad de la Nación no se mantiene al margen de estas transformaciones. Como institución pública, autónoma y plural, ha asumido la responsabilidad de analizar estos avances y de guiar su uso en beneficio del interés general, bajo la premisa de que la tecnología debe acompañarse siempre de una perspectiva humanista. Nuestra casa de estudios reafirma su papel como un espacio privilegiado para el examen riguroso del presente en un entorno marcado por estas reconfiguraciones sociotecnológicas.

Asume igualmente su mandato de contribuir, desde la educación pública y autónoma, la investigación, la divulgación y la vinculación, a que la ciencia esté siempre al servicio de la dignidad humana y del porvenir de México, orientándola hacia la construcción de una sociedad más justa, consciente y menos desigual.

(Palabras del Rector de la UNAM, durante la ceremonia de instalación del Consejo Coordinador de Inteligencia Artificial, ayer en Ciudad Universitaria).

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