En Mesoamérica el juego de pelota data del siglo XVII a.C., en náhuatl se llamaba ullamaliztli y en maya pitz, consistía en usar el cuerpo para dominar una esfera, la cual debía de mantenerse en el aire para ello se usaba únicamente la cadera, los hombros y las rodillas. La forma de la cancha era de “I” mayúscula, con paredes inclinadas y anillos de piedra. El juego tenía un fuerte significado religioso y político.

No es casual, entonces, que México sea el único país que ha albergado tres copas del mundo. La historia enseña que el juego de pelota, aunque no es propiamente el origen del futbol moderno, ha permitido a esta nación mantener presente la pasión. El futbol forma parte de nuestra cultura, uno de los primeros instintos de la infancia es jugar una cascarita para lo cual no se necesitan muchos elementos, bastan cuatro piedras para marcar las porterías, tomar una calle, una pelota que en su ausencia una botella de refresco, vacía, puede sustituirla, el tener la habilidad de moverse de manera coordinada para dejar pasar los vehículos y capacidad para soportar los gritos de los vecinos que se irritan con los pelotazos.

La Ciudad de México, lugar mítico e histórico, la región más transparente del aire, el espacio donde las diferencias se convierten en posibilidades de soluciones y el pasado resurge del fondo del lago y nos recuerda lo milenaria de nuestra civilización, espacio que escribirá una página más en su anecdotario: un nuevo mundial que ya congrega a miles de turistas quienes animados recorren la ciudad, compran la camiseta tricolor, miran pasar las marchas, algunas pagadas por la derecha, toman fotos y regresan a lo que vinieron: disfrutar de la ciudad y de los partidos.

Como humanidad son pocos los momentos que encontramos temas que nos hagan coincidir en pasiones, sueños y anhelos. El Mundial de fútbol es la posibilidad de olvidarse de todos los avatares que existen en la humanidad, y no es que desaparezcan, simplemente nos damos la oportunidad de volver a soñar durante un mes.

No hay adulto que olvide que de niño soñó con ser futbolista, tampoco se olvidan los ídolos: Pelé, Maradona, Ronaldo, Hugo Sánchez, Messi. Aquellos que con su don son capaces de hacer con una pelota lo imposible: arrancar el suspiro de millones, que paralizados a la orilla de la butaca expulsan el grito de gol.

Ansiosos esperamos mirar la mayor cantidad de partidos posibles, no queremos perdernos el partido que marque la justa, ni el mejor gol. Deseamos guardar en nuestra memoria esos momentos para contarlos el día de mañana. No sabemos si veremos otro mundial en México, pero estamos seguros de que ninguna nación volverá a tener tres, es un orgullo que presumimos.

Las semanas previas al mundial escuchamos cuales son las selecciones favoritas para ganar la copa España, Brasil, Argentina, Francia. Pero nosotros mantenemos la esperanza, como cada mundial, de llegar al quinto partido, aspiramos que al estar la selección en México se llegue más lejos. La esperanza del mexicano tiene una condición peculiar: se renueva cada cuatro años, no importa lo enojados que terminemos con la última participación de la selección, siempre que inicia el mundial volvemos a creer, revivimos la esperanza. Portamos con orgullo la camiseta y hacemos todo para ver los juegos de futbol, sin importa si es de madrugada o tenemos que inventarnos puentes se llega a la cita con la selección.

En México el futbol se vive con una pasión desmedida que se acompaña de la esperanza de que esta vez sea la nuestra, porque soñar no cuesta y la esperanza, como bien se dice, muere al último.

Hasta aquí Monstruos y Máscaras…

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