La ciudad de México es un espacio literario inagotable, los tiempos y espacios habitan sobrepuestos uno sobre otro, se cruzan y confunden, permiten encontrarte con historias infinitas. En este territorio nada está dicho, la historia, fuente principal del novelista, nos otorga, permanentemente la conversación con otros, los otros que no conocimos pero que nos pertenecen, forman parte de nuestro imaginario colectivo, de los mitos, leyendas urbanas que pasan de boca en boca y llegan hasta la pluma del escritor.

Bucareli 158 (Tusquets, 2026) es una novela amena, donde la casa cerrada, elemento que atrapa todo, lo posee y controla, aparece como el epicentro de la narración donde de manera centrifuga nos lanza a otros espacios -Italia-, otros tiempos -México de mediados del siglo XX- todo ello sin salir de nuestro presente. La casa es el elemento que se encuentra presente y a pesar de envejecer, de sufrir los estragos del pasar de los años conserva intacta su memoria, esa que nos hace imaginar y permite formar parte de la historia que con gran estilo narra José Manuel Cuéllar Moreno.

“Esa noche, las polillas negras volvieron a revolotear contra su ventana”, esa oscuridad es la que permanentemente sentimos con la narración, no sabemos hacía donde nos lleve la memoria perversa de Eulalia Madero ni la ansiedad de Efigenia, pero ambas nos permiten conocer y nos hacen dudar sobre lo que narran. La historia invita al lector a pensar, es obligado a desenredar los nudos que van haciendo ambas mujeres, una nos narra ese pasado tenebroso que sigue presente, habita la casa y controla el destino de toda aquella persona que sumerge su imaginación ahí; la otra, que nunca logra escapar de la casa, nos permite conocer la ciudad de su tiempo, sus desigualdades, los lazos familiares rotos, el transitar por sus calles pobladas y sucias.

La tensión de la novela se forma por el misterio que generan la presencia de personajes como Nicolás de Rocabertí, quien fue sentenciado por la Inquisición, y el Monstruo de Tacubaya, asesino de los años cuarenta, quien intenta realizar lo que Rocabertí había escrito, la búsqueda de sus libros hace que un grupo de personas, entre los cuales se encuentra Eulalia, intenten, a través de sesiones espiritistas, comunicarse con otros seres, como Benito Juárez, para encontrar los documentos perdidos y saber el futuro de la salud del presidente. El poder y el misticismo son materias que van de la mano. No hay político que no esté preocupado por entender el pasado y no se encuentre ansioso por saber lo que el futuro le depara.

La historia nos presenta a otro personaje, escurridizo y sombrío, Luis quien busca a Eulalia después de mucho tiempo y le narra su extraña relación con Favio. Al cual le profesa un amor que lleva al extremo de la adoración. “Los enamorados cometemos un error fatal -continua Luis, sin aparente ilación-. Nos esforzamos por penetrar en los secretos del otro, de descifrar los jeroglíficos de sus almas, como si tal cosa se pudiese, pero no nos contentamos con eso. Queremos penetrar aún más profundo, hasta dar con la esencia, hasta estrujarla en el puño y poder sentir su proximidad candente.”

Esto le sucede al lector que al leer necesita saber más, busca en cada página el significado de los símbolos para entender a los personajes enigmáticos. ¿Quiénes son todos ellos? ¿Qué intentan obtener de nosotros? ¿El lector los logrará entender antes de que ellos lo capturen?

Un libro que deja con tantas interrogantes a un lector es una gran novela y merece ser leída.

Hasta aquí Monstruos y Máscaras…

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