Recientemente la presidenta Claudia Sheinbaum convocó a un debate sobre el impacto de las redes sociales y el uso de la tecnología digital en las niñas, niños y adolescentes de nuestro país.

Doy la bienvenida a este debate y espero que aquello que ninguna otra agenda ha sido capaz de lograr lo hagan posible por nuestras infancias: garantizar sus derechos a una vida con paz y libre de violencias digitales.

No se trata de satanizar la tecnología ni de buscar culpables, sino de tomar decisiones, abriendo el espacio a todas las voces que deben ser escuchadas, empezando por la realidad que hoy enfrentamos.

A este debate quiero aportar con la fuerza y la responsabilidad de haber estado presencialmente frente a poco más de 90 mil niñas, niños y adolescentes en distintas regiones de nuestro país.

Empezaré por lo que me responden los padres de familia cuando les pregunto a qué edad ponen por primera vez frente a la pantalla de un teléfono inteligente o de una tablet a sus hijas. Cerca del 100 por ciento respondió que a los tres meses de edad.

Tod@s hemos sido testig@s de niñas y niños, muy pequeños, conectados durante horas a una pantalla, y cuando se les niega o se les apaga, reaccionan con ansiedad, enojo y frustración, afectando su salud mental.

Ana, una niña de nueve años levantó la mano para decirme que tenía un “poliamor”. Por las tardes se conectaba con sus “novios”, quienes le decían: “Quítate tu suéter, quítate tu playera, que te vamos a acariciar”.

Edgar, de 13 años, con gran valor, afirmó que no quería seguir viviendo después de haber sido expuesto a una transmisión en vivo de contenido sexualizado.

También he conocido casos de niñas engañadas que terminaron siendo asesinadas. Casos de adicciones como a la pornografía, del cual México ocupa el cuarto lugar a nivel mundial por medio de teléfonos celulares o videojuegos como Roblox.

Hasta casos de reclutamiento por parte del crimen organizado a través de entornos digitales y por eso es urgente debatir, pero también decidir.

Cada día que pasa sin reglas claras, sin prevención y sin acompañamiento familiar, escolar e institucional, miles de niñas y niños quedan expuestos a riesgos que no siempre pueden comprender, nombrar o denunciar.

Presidenta: este debate no puede quedarse en una conversación pública. Debe convertirse en una agenda nacional con acciones concretas: prevención, educación digital, protocolos escolares, responsabilidad de las plataformas, acompañamiento a las familias y protección efectiva para niñas, niños y adolescentes.

No se trata de prohibir por prohibir. Se trata de proteger. Se trata de escuchar a quienes ya están gritando auxilio desde las aulas, desde sus hogares y desde las pantallas.

Frente a esta emergencia, debemos decirlo con claridad: el único camino para enfrentar y prevenir las violencias contra niñas, niños y adolescentes es la educación digital, la unidad de todas y todos quienes tenemos una gran responsabilidad con una visión de Estado.

Nadie puede quedarse fuera de este debate, ni tampoco de las decisiones que se tomarán al respecto. Ya son varios los países del mundo que han tomado decisiones para proteger a las nuevas generaciones, que son nativas digitales.

Hago votos para que el compromiso de proteger y salvar vidas logre sentarnos en una misma mesa, a fin de que las infancias logren lo que ninguna otra agenda ha conseguido hasta ahora, unirnos. Estamos list@s para empezar.

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