Desde que se anunció el regreso de la Copa del Mundo era evidente que México necesitaría prepararse. Más aún las ciudades sede. Hoy, faltando solo 11 días para la inauguración, es más que evidente que no lo logramos. No estamos listos para el Mundial de fútbol.
Durante los últimos meses, quienes habitamos aquí, hemos atestiguado la transformación de la Ciudad de México. Un sinfín de obras de adecuación y decoración que, invariablemente, reflejan las prioridades del gobierno capitalino. Lo inmediato antes que lo necesario. Pintar y adornar la fachada, cuando la estructura de la casa apenas puede sostenerse. Una casa sin drenaje, que se tambalea ante tantos añadidos sobre la estructura original. Una casa en la que hay días en los que pareciera que no cabemos. Una casa cada vez más difícil de transitar y habitar.
La intervención del espacio urbano -de forma, no de fondo-, ha hecho aún más complicado el caos cotidiano de la ciudad. La mala planeación o quizá el desinterés de las autoridades en las rutinas y labores diarias de los habitantes se reflejan en cierres parciales de la circulación de cualquier vía, cualquier día y a cualquier hora. Sea porque están pintando de morado el muro del lado del carril central de Circuito Interior un jueves en punto de las 8:00 de la mañana o porque están poniendo propaganda del gobierno frente a una salida de Periférico un martes a las 9:00 de la mañana. Sumando al tráfico infernal en cualquier caso.
A todo esto hay que agregar el terror que todos hemos sentido antes de salir de algún lugar cuando empieza a llover. No por la lluvia per se, sino porque la ciudad colapsa con apenas unas cuantas gotas de agua. El estado actual de la infraestructura hidráulica pareciera una vuelta a la época de los ríos y canales. Uno de tantos resultados de la política de construir segundos pisos cuando en realidad necesitábamos drenaje. De decisiones pasadas y omisiones presentes. De priorizar la infraestructura visible frente a la funcional.
En el metro la situación no es distinta. La falta de mantenimiento es evidente. Siempre saturado. Insuficiente. Las líneas más nuevas se agrietan hasta caerse y las más antiguas operan al límite. El aeropuerto vive en eterna reparación y remodelación. Inundado. Agonizando frente a una terminal militar disfrazada, lejos de todo, literalmente. Las calles son un campo de minas ahora ocultas con algo de pintura. Las banquetas, cuando no están invadidas por comercios, desaparecen frente a la nueva ciclopista. Intransitables de cualquier manera.
Y no se trata de no disfrutar de la Copa del Mundo. Al final, las cosas no han cambiado tanto. El Mundial siempre va: después de Tlatelolco, después del 85, después del colapso de la Línea 12 del metro. Después de todo. Candil de la calle, oscuridad de su casa, dice la sabiduría popular mexicana. Candil del mundo, en este caso.
Tampoco se trata de si nos gusta o no el color morado y los ajolotes. A consulta a mano alzada, sabemos la respuesta. La crítica no va por ahí. Se trata de ser capaces de señalar las incongruencias, aun disfrutando y haciendo la fiesta como solo la afición mexicana sabe hacerla. Este cúmulo de malas decisiones y manejos deficientes no se remedian con un poco de pintura, más propaganda política o modificando el calendario escolar. Pudimos prepararnos mejor. Tuvimos tiempo. Debimos hacerlo. La Ciudad de México se ha pintado con ajolotes y colores, pero nada más.
@JosePabloVinasM
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