La deuda pública mundial aumentó a cerca del 94% del PIB en 2025 y se pronostica que alcance el 100% en 2029, según información del Monitor Fiscal del FMI (abril 2026). Dicho comportamiento se atribuye a múltiples factores como el aumento de necesidades sociales y el gasto en defensa, a las consecuencias fiscales del conflicto en Medio Oriente y los cambios estructurales en los mercados de deuda soberana.

El pensamiento económico convencional considera a la deuda pública como perniciosa por sí misma y resultado de los excesos del Estado, y recomienda el ajuste para procurar el equilibrio fiscal. Sin embargo, esta visión es muy limitada, pues omite que la expansión del débito público sostiene el valor de los activos financieros titulizados y las carteras de las altas finanzas.

Keynes (1930) consideraba al dinero como un medio que permite la cancelación de deudas, que el Estado adelanta para activar la producción y el intercambio. Sin dinero no hay producción. Las grandes corporaciones se apalancan para tener rendimientos y las familias también recurren al crédito para mejorar sus condiciones de vida. Lo importante son los fines a los que se destina la deuda.

Eugenia Correa (2015: 36) sostiene que: “La deuda pública, como deuda soberana, es un estabilizador del mercado financiero doméstico. Es un instrumento de expansión deficitaria del gasto que permite al resto de la economía, las familias y las empresas la colocación de sus excedentes. Es un instrumento de ahorro por excelencia, estable y sin riesgo. No compite con la deuda privada, sino al contrario, contribuye a estabilizar sus costos”.

Bajo un libre flujo de capitales, la principal función que asume la deuda pública es estabilizar a las finanzas privadas: determinando el piso de los rendimientos financieros, regulando la liquidez bancaria y absorbiendo los choques estructurales cuando el Estado asume la función de prestamista de última instancia.

Al revisar las cifras de la deuda pública bruta de las economías del mundo destaca el hecho de que los países ricos tienen niveles mayores de deuda: Estados Unidos, 123.8% del PIB; Francia, 115.9%; Reino Unido, 101.2%, según cifras del FMI. Por su parte, las economías en desarrollo oscilan entre el 50 o 60% del PIB. Estos datos están fuertemente asociados al tamaño de los mercados de capital domésticos.

Dicha asimetría financiera puede ser explicada porque el sistema financiero es intrínsecamente jerárquico (Keynes, 1936). Las monedas se ordenan por su prima de liquidez. En los países que emiten monedas de reserva internacional (dólar, euro, renminbi), sus bonos soberanos son vistos como activos seguros y, por lo tanto, pagan bajas tasas de interés; mientras que los países en desarrollo no pueden endeudarse en su propia moneda y dependen de sus capacidades para conseguir divisas extranjeras.

Los países con moneda fuerte al endeudarse en moneda doméstica con bajas tasas de interés pueden mantener déficits públicos crónicos y elevados, como Estados Unidos (5.8% del PIB en 2026), mientras que los países con moneda débil, al contar con un costo financiero creciente, tienen que aplicar la austeridad para obtener un superávit fiscal primario.

Así pues, resulta fundamental repensar la política fiscal en México para estimular la generación de riqueza.

Profesor de la ENES, UNAM, Unidad León (Gto) y miembro del Centro de Análisis de Coyuntura Económica, Política y Social (CACEPS), caceps@gmail.com

Comentarios