«La naturaleza nunca ha traicionado a quien la ha amado.»

William Wordsworth

Cuentan que un anciano cavaba con paciencia un hoyo para plantar un árbol cuando un muchacho se acercó y, con la lógica de la prisa, le dijo:

—¿Para qué siembra ese árbol? Tardará tantos años en dar fruto que usted no alcanzará a verlo. Mejor siembre maíz o trigo; de eso sí podrá cosechar.

El viejo sonrió sin dejar de trabajar y respondió:

—No lo estoy sembrando para mí. Lo estoy sembrando para mis nietecitas.

Pocas historias explican mejor el sentido de la reforestación. Plantar un árbol es un acto de confianza en el futuro; es aceptar que, muchas veces, los frutos de nuestras mejores decisiones serán disfrutados por otros.

Este 9 de agosto, México intentará hacer precisamente eso: sembrar el porvenir. La Jornada Nacional de Reforestación 2026, presentada por la presidenta Claudia Sheinbaum, convoca a plantar 6.6 millones de árboles y plantas. La dimensión del esfuerzo impresiona: más de 235 mil personas participarán en las 32 entidades federativas, 621 municipios y 1,632 núcleos agrarios. Las labores abarcarán cerca de 32 mil hectáreas y 37 áreas naturales protegidas. Habrá manos sembrando en bosques templados y nublados, selvas húmedas y secas, manglares, matorrales, pastizales y zonas urbanas. Incluso se utilizarán drones para dispersar semillas en sitios de difícil acceso.

Pero detrás de esa inmensa movilización hay una verdad mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más profunda: cada árbol deberá librar por sí solo la batalla de echar raíces.

México posee 138.7 millones de hectáreas con vegetación forestal, equivalentes al 70.6 por ciento de su territorio, de acuerdo con el Sistema Nacional de Información Forestal. En ese inmenso mosaico vive buena parte de la extraordinaria riqueza biológica de un país que concentra alrededor del 12 por ciento de la biodiversidad del planeta. Sin embargo, la abundancia no significa invulnerabilidad. Cada año desaparecen cerca de 204 mil hectáreas de cobertura forestal. Esa es la paradoja: heredamos un territorio extraordinariamente generoso, pero todavía no aprendemos a protegerlo con la misma velocidad con la que somos capaces de transformarlo.

Y no es un problema exclusivo de México. La Evaluación de los Recursos Forestales Mundiales 2025 de la FAO estima que los bosques cubren hoy poco más del 32 por ciento de la superficie terrestre y que, entre 2015 y 2025, el mundo perdió en promedio 10.9 millones de hectáreas de bosques cada año. Es cierto que el ritmo de la deforestación ha disminuido, pero sigue siendo demasiado alto para contemplarlo como una cifra más.

Porque cuando desaparece un bosque no sólo caen árboles. Se empobrece el suelo, se altera el ciclo del agua, desaparecen refugios para miles de especies y las comunidades quedan más expuestas al calor, la sequía, los incendios o las inundaciones. En las ciudades, una copa frondosa no es un lujo estético: ofrece sombra, reduce la temperatura, infiltra el agua de lluvia y hace más habitable una calle. En el campo, las raíces sostienen la tierra y la hojarasca alimenta silenciosamente la fertilidad del suelo. Un bosque sano es, quizá, la obra de infraestructura más antigua y más eficiente que conoce la humanidad. Por eso el verdadero éxito de esta jornada no podrá medirse al terminar el domingo.

La propia FAO recuerda que plantar es apenas el comienzo. La restauración exige años de cuidado. Habrá que saber cuántos árboles sobreviven al primer estiaje, si fueron sembradas las especies nativas adecuadas, si tendrán agua suficiente, protección frente a plagas, incendios y ganado, y si las comunidades dispondrán de los recursos necesarios para acompañarlos durante su crecimiento. No es casualidad que alrededor del 60 por ciento de los ecosistemas forestales mexicanos se encuentre en tierras ejidales y comunitarias. Esa realidad deja una lección fundamental: ningún bosque se conserva desde un escritorio. Los drones pueden llevar semillas; sólo las personas pueden convertirlas en un bosque.

La meta de reforestar y conservar mil quinientos millones de árboles y plantas hacia 2030 merece respaldo, seguimiento y evaluación permanente. No basta con sembrar; hay que lograr que esos árboles lleguen a ser adultos. Quizá por eso vuelve a la memoria aquel anciano. Él sabía que nunca disfrutaría de la sombra del árbol que acababa de plantar. Y, sin embargo, seguía cavando. Había comprendido algo que nuestra época, tan acostumbrada a medirlo todo por la recompensa inmediata, suele olvidar: hay obras cuya mayor grandeza consiste precisamente en beneficiar a quienes todavía no conocemos.

Sembrar un árbol es uno de los actos más nobles de la civilización. Es aceptar que el futuro también tiene derechos. Es devolverles a quienes vendrán una pequeña parte de todo aquello que nosotros recibimos sin haberlo sembrado.

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