El fiasco del cambio de calendario escolar seguramente no provino de un intento de distracción por parte de Mario Delgado o Claudia Sheinbaum. Fue simplemente una metida de pata del primero, y la consecuencia de una de las peores características de la administración de la segunda. Por micromanager y por desconfiada, no cuenta con un jefe de oficina o jefe de gabinete a quien delegue la marcha cotidiana del gobierno. Pero el desaguisado educativo sí distrajo la atención, y por eso conviene volver a lo importante: la crisis con Estados Unidos.
No para seguir especulando sobre la lista, la entrega, las pruebas, y el patrioterismo de la 4T. Aquí quisiera referirme a dos tesis falsas, pero ampliamente compartidas, dentro y fuera de México, sobre las condiciones y las posibles consecuencias de las elecciones de medio periodo para Trump y su gestión.
La primera consiste en pensar que México, o la piñata mexicana, es y será un tema significativo en la campaña electoral de aquí a noviembre, sobre todo para Trump y para los candidatos del Partido Republicano. La migración y la decreciente epidemia de fentanilo representan cuestiones pertinentes, pero México como origen de los mismos, no.
En encuestas de Pew y de Gallup, por ejemplo, los únicos temas posiblemente relacionados con México en el imaginario de los votantes, a saber, la migración y el consumo de drogas, se colocan en los sitios 12 y 15 entre las principales preocupaciones de los encuestados. Los temas internacionales figuran poco, incluyendo la guerra de Irán y la intervención en Venezuela. En una encuesta del martes en CNN, el tema más importante fue la economía y el costo de la vida, con 55%; seguido por el estado de la democracia en Estados Unidos (19%), la migración (9%), la política de salud (4%) y la política exterior (3%). Discrepo de mi amigo Andrés Oppenheimer cuando dice que Trump podría ordenar algún tipo de bombardeo a México si le va mal en las encuestas. Trump sabe leer encuestas, y sabe que algo así no movería la aguja.
Ni Trump ni la inmensa mayoría de los aspirantes de su partido -con la posible excepción de Paxton en Texas, suponiendo que logre la candidatura republicana- ven la relación con México o su política hacia México como temas ganadores en la contienda. Creer que en esta campaña las decisiones en Washington relativas a México descansan en un cálculo electoral constituye un error. La postura de Trump sobre el T-MEC sí puede verse desde este ángulo, pero más como parte del proteccionismo secular del propio Trump y de su ambición reindustrializadora para Estados Unidos.
La idea de que exigir la extradición de Rocha Moya y otros narcopolíticos en México, o de revisar la situación de los consulados mexicanos en Estados Unidos, o prohibir la presencia de armadoras chinas en México, junto con la imposición de aranceles a productos chinos, o de realizar algún tipo de intervención militar a cielo abierto se originaría en consideraciones electorales no es correcta. El electorado estadounidense se orientará en noviembre a partir del costo de la vida (“affordability”), los ataques de Trump a las instituciones de su país, el sistema de salud, la corrupción, y para la base conservadora de Trump (MAGA), en el aborto, los temas LGBT, la presencia de migrantes no autorizados y las consecuencias del “wokismo”. México no pinta.
La segunda tesis errónea radica en los márgenes de maniobra de Trump después de una hipotética debacle electoral en noviembre. Sheinbaum y Díaz-Canel en Cuba parecen pensar que la posible pérdida de la mayoría republicana en ambas cámaras del Congreso limitará a Trump en sus aventuras internacionales. Tampoco es cierto. Más que otros presidentes en su segundo periodo, Trump es ya un “lame duck”, o mandatario saliente. Y si carece de mayorías legislativas, lo será con más razón. Pero lo que suelen hacer presidentes de esa índole consiste en abocarse a la política exterior, aun cuando se encuentran bajo amenaza de impeachment o juicio político. Así procedieron Nixon en pleno Watergate, Clinton en Monicagate, y hasta Obama a través de la normalización con Cuba en 2015-2016.
Trump hará lo mismo. Ya ha demostrado que desprecia las reglas escritas y no escritas que limitan el alcance presidencial en la conducción de la diplomacia. Se refugiará en las relaciones internacionales –China, comercio, Ucrania, lo que quede de Irán, Gaza, Cuba y probablemente México- porque dispondrá del poder -ciertamente menguante- para hacerlo. El sistema norteamericano les confiere grandes poderes a los jefes del ejecutivo en política exterior, y Trump los utilizará para proteger su legado, para no aburrirse, para buscar su Premio Nobel, y para agrandar su fortuna y la de sus hijos. La suya no será una presidencia acotada en materia internacional, ni debilitada por los demócratas en el Congreso.
Para México esto solo significa que las pesadillas de las últimas semanas no cesarán a partir de noviembre. Si acaso se volverán más traumáticas. Cuba, en cambio, puede sentirse segura que si de aquí a entonces no ha sucedido nada -y tengo la impresión que veremos acontecimientos importantes a finales de este mes- Trump apretará más las tuercas el año entrante. Ni modo.
Excanciller de México
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