Francesca Melandri, cineasta y escritora italiana, en su hermoso último libro Piedi Freddi (Pies fríos), sobre las guerras en Ucrania, la Segunda Guerra Mundial y la presente, “Operación Militar Especial” según el agresor ruso, Guerra de Independencia, según los ucranianos, me recordó un video del año 2022, al principio de la guerra, en YouTube.
En el video grabado a fines de febrero o principios de marzo, aparece un soldado ruso, casi adolescente, flaco, pálido, con manchas rojas en la cara. En la mano derecha tiene una tasa de té humeante, en la otra un pedazo de pan. Llora, llora, convulsivamente mientras que, entre todas las mujeres que lo rodean, una le da un celular y le dice, seriamente: “Llama a tu madre, que sepa ella que sigues vivo”.
El pobre muchacho participaba a la “Operación Militar Especial” lanzada por Vladímir Putin; había perdido su unidad y estaba preso. Ni él, ni las bondadosas madres ucranianas que lo confortaban y lo trataban como a un hijo, sabían que en el mismo momento, bajo el alto mando del general Surovikin (a) General Armageddon, el verdugo de Alepo de Siria, soldados rusos estaban, a poca distancia, violando mujeres ucranianas. Sus compañeros de regimiento, en Bucha, ametrallaban, asesinaban a unos 450 civiles, sin consideración de edad, ni de sexo. En otros lugares, bajaban a los sótanos niños, mujeres, ancianos que iban a morir de frío y de agotamiento. Pasarían unos días y empezaríamos a conocer el nombre de Bucha y a ver los cadáveres tirados en las calles con una bala en la nuca, con las manos amarradas en la espalda. No tardaríamos en aprender el nombre de Mariúpol, la hermosa y grande ciudad portuaria y a saber de sus enormes fosas comunes. Pero en esos primeros días de la guerra, las mujeres ucranianas que trataban al soldado ruso como si fuese su hijo, no sabían nada de eso. Son buenas, le ofrecen té, pan y celular.
En la página 90 de su libro, Francesca Melandri, cuyo padre luchó en Ucrania, en 1942-1943, al lado de los alemanes nazis, en el ejercito italiano de Mussolini, habla de un video sobre YouTube que no ví. “Una mujer de Ghenichesk, pequeño puerto sobre el Mar de Azov, en la provincia de Kherson, unos días después de la invasión, camina con determinación hacia un soldado ruso que está de pie, con la ametralladora en la mano, y le ofrece unas semillas de girasol. “Tú —dice ella— viniste a mi país. Eres un invasor. Eres un enemigo. Pon esas semillas en tu bolsillo. Así, por lo menos, cuando revientes, unos girasoles saldrán de la tierra”.
El asunto no termina así. En la p. 196 leo: “Somos nosotros, espectadores, que compartimos el video de esa mujer de Ghenichesk, nosotros que lo volvimos viral, nosotros que comentamos con entusiasmo: ¡Qué valor! ¡Extraordinario! ¡Le dio su merecido! La mujer no ganó un centavo de tanta interacción, de tanto tráfico lucrativo sobre las plataformas en línea. En los meses siguientes, supimos que los ocupantes rusos la habían arrestado y torturado”.
De esto, no existe ningún video, o no lo publicaron sus verdugos. La pequeña ciudad de Ghenichesk quedó en los territorios ocupados que las buenas almas desean abandonar a Putin, en la esperanza errónea de conseguir la paz. Para conseguir los tratamientos que necesita su cuerpo martirizado, tuvo que tomar la nacionalidad rusa, como cualquier enfermo que no consigue ni médico, ni medicina si no renuncia a su nacionalidad ucraniana. Ahora la dama de los girasoles se alegra, porque las fuerzas ucranianas han destruido el puente que usa el ejército ruso para llegar a la vecina Crimea, y “sueña con el día de la liberación de Ghenichesk, entonces no ofrecerá semillas a los soldados libertadores, sino excelentes buñuelos”. ¡Viva Ucrania! ¡Vivan sus héroes! ¡Vivan sus mujeres!
Historiador en el CIDE
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