Edgar Morin, que va a cumplir 105 años, nos dice que, “quizá, será pronto medianoche en el siglo”, con los neo-totalitarismos y los déspotas belicosos. Hace un mes escribió en Le Monde: “El abominable régimen de los ayatolas sufre los golpes abominables de Donald Trump y Benjamín Netanyahu. Y el pueblo iraní sufre martirio sobre martirio. En el Medio Oriente sigue su curso el catastrófico proceso lanzado por Israel y los EU. Actualmente no existe ninguna posibilidad de salvación”.

El régimen de Vladímir Putin entra en la lista del admirable anciano y la catastrófica guerra que lanzó contra el pueblo ucraniano ha engendrado en Rusia una terrible “economía de la muerte” (deathnomics). El concepto ha sido forjado por el economista ruso en exilio, Vladislav Inozemtsev, en 2023; acaba de retomarlo en su artículo “La economía de la muerte. 2-0”, traducido del ruso al francés en Desk-Russie, 115, del 26 de abril. Cita una frase de la campesina ucraniana que habla de la hambruna mortífera de 1932-1933, en la novela de Vasili Grossman, Todo pasa. “Lo esencial es el Estado. El Estado es como la cifra 1, los hombres son el cero que lo decuplica”. Así que el primer artículo de Inozemtsev completaba el mismo título con “1-0”. Precisa ahora: “Defino la economía de la muerte como un sistema en el cual la muerte se vuelve el medio más rentable de utilizar una vida humana”. La muerte del soldado contractual (el que combate en el frente) significa un ingreso mayúsculo para su familia. Cifras: a fines de 2022, el que firmaba el contrato con el ejército recibía una prima de 500,000 rublos (1U$=75 rublos), un sueldo mensual de 195,000 rublos y su muerte aportaba a la familia 10,500,000 rublos. Dos años después, la prima es de dos a 4 millones según las regiones, el sueldo es de 150,000 y la muerte aporta 15,200,000 rublos. La familia del soldado muerto a los 35 años recibe lo que el hombre hubiera ganado en toda una vida de trabajo.

¿Cómo se armó las deathnomics? La movilización parcial realizada en septiembre de 2022 causó tal descontento y tal emigración de jóvenes talentos, que el régimen no se atrevió a una nueva movilización e inventó el sistema del contrato atractivo. Cínico y eficiente (hasta el verano pasado), permite a los rusos olvidarse de una guerra que hacen solamente los “voluntarios”. Ellos se reclutan en las regiones periféricas más pobres del país, muy poco en las ciudades de más de 100 mil habitantes. Moscú y San Petersburgo duermen en paz. Los reclutadores tienen la consigna de prestar “particular atención a los endeudados, insolventes, los que no tienen ingreso, los que no pagan impuestos”. Es la lucha de clases al revés y los pobres se vuelven los soldados/siervos del Estado que evalúa y compra sus vidas. “Transforman vidas sin valor económico en activos financieros concretos”. El soldado es una mercancía comprada que se transforma en mercancía-cadáver, luego en renta. El ejército compra caro una carne que despilfarra sin contar en el “molino de carne” del frente.

El sistema funcionó muy bien durante dos años y seis meses. En cuatro años el costo del soldado/siervo cuadruplicó, crecimiento que no benefició tanto al soldado porque la inflación galopa y los salarios civiles suben bastante por la escasez de mano de obra. Lo que más preocupa al Ejército, es que escasean ya los peces en el estanque. De enero a marzo 2026, las bajas subieron a 95 mil mientras que firmaron 80 mil contractuales. Por eso recurren a soldados de Corea del Norte, a “voluntarios” de África y América latina. El ogro Putin devora un capital humano que no se reconstituye. Debería levantar un altar a la Santa Muerte mexicana.

Historiador en el CIDE

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