La decisión de la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) de la semana pasada de dejar inalterado el objetivo para la tasa de interés de fondos federales en un rango de 3.5 a 3.75% ha sido fuente de debate.

Este ha obedecido, en parte, al voto disidente de tres miembros del Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC) que se inclinaban por aumentar dicho rango, ante una inflación que se ha mantenido por encima de la meta de 2% durante más de cinco años. Pero, principalmente, porque ha permitido un mejor análisis de las implicaciones de la decisión tomada en junio de dejar de proporcionar, por lo pronto en su comunicado, una guía sobre el futuro de la política monetaria.

La Fed, al igual que otros bancos centrales, había asignado mucha importancia a dicha “guía futura”. Entre otros medios, la Reserva Federal proporcionaba esta información en su comunicado de política monetaria y en el diagrama de puntos (dot plot) que se le anexa trimestralmente, y que incluye proyecciones para la tasa de fondos federales.

Los bancos centrales han usado la guía futura como una manera de evitar sorpresas. Esto responde a la visión de que una mayor previsibilidad de la política monetaria permite una mejor transmisión de sus efectos, reduce el riesgo de episodios disruptivos en los mercados financieros y posibilita alcanzar las metas a un costo menor.

Sin embargo, Kevin Warsh, que asumió la presidencia de la Fed en mayo, ha cuestionado la utilidad de este esquema, argumentando que los mercados financieros funcionan mejor cuando reaccionan a la información más reciente, y no a la expectativa de cómo responderá la Reserva Federal a esa información. Si los mercados financieros operan como un espejo de los mensajes de la Fed, señala Warsh, la institución pierde información valiosa que dichos mercados deberían estarle proporcionando.

Algunos componentes de la guía futura, como las proyecciones para la tasa de interés de política monetaria, fueron de mucha utilidad durante la llamada Gran Recesión, cuando estas tasas cayeron a niveles de alrededor de cero. Pero bajo las condiciones actuales implican una camisa de fuerza cuya utilidad es dudosa, por lo que sería comprensible considerar su eliminación.

La conveniencia de remover otros de los componentes de dichas guías es menos clara. De hecho, aunque el experimento de la Fed apenas está comenzando, ya ha despertado muchas dudas.

Para empezar, es extraño eliminar la guía futura del comunicado y mantener el diagrama de puntos, el compromiso más rígido, como se ha hecho hasta ahora. Asimismo, la impresión que deja la actual estrategia de comunicación es que son los mercados los que están guiando las acciones de la Fed. ¿No debería ser al revés?

Y eso no es todo.

Durante la conferencia de prensa que siguió a la divulgación del más reciente comunicado, Warsh explicó que uno de los principales cambios de los últimos meses es el incremento generalizado de las tasas de interés de los bonos del Tesoro de Estados Unidos. Además, se congratuló de esta reacción de los mercados al comportamiento de la economía.

La pregunta es obvia. Si Warsh está convencido de que la respuesta de los mercados es la correcta, ¿por qué no propuso un incremento de la tasa de política monetaria? ¿Acaso no existe una gran diferencia entre un incremento de tasas propiciado por una acción preventiva y otro generado por las expectativas del mercado?

Esto último se ve con claridad en los movimientos observados como resultado de la decisión de la semana pasada. En particular, cayeron las tasas de interés de los bonos a dos años, cuyo comportamiento está muy influido por la tasa de política monetaria, y aumentaron a su mayor nivel en casi dos décadas las de los bonos a 30 años, que responden a una combinación de factores, entre ellos las expectativas de inflación.

Esto lleva a pensar que la decisión, combinada con la conferencia de prensa de Warsh, se interpretó como una actitud menos proclive a incrementar la tasa de fondos federales, lo que presionó a la baja las tasas de corto plazo y acentuó la preocupación por la inflación. Dudo mucho que este haya sido el resultado deseado por la Reserva Federal, ya que pone en duda su credibilidad.

A este embrollo se le agregan opiniones contradictorias al interior del banco central, y el hecho de que la decisión final en materia de comunicación y otros temas de política monetaria, entre ellos el indicador de inflación que servirá de base para fijar la meta, se tomará hasta escuchar la opinión de un grupo de expertos independientes que los están revisando. Así, no sorprende que el panorama para las tasas de interés estadounidenses sea muy nebuloso.

Existe otra posible implicación de los ajustes recientes a la comunicación de la Reserva Federal.

Donald Trump ha expresado en distintas ocasiones su deseo de que la Fed disminuya su tasa de interés. Una estrategia de comunicación en la que se elimina la guía futura para la política monetaria, la cabeza de la institución omite opinar sobre la trayectoria futura de la tasa de fondos federales, y se deja que sean los mercados los que muestren el camino, proporcionaría márgenes de maniobra frente a las presiones de Trump, si la institución pudiera postergar decisiones incómodas y endurecer las condiciones financieras sin anunciar un alza. ¿Será mera coincidencia? Independientemente de la respuesta, el problema es que la estrategia está resultando muy costosa.

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