El discurso vacío es una herramienta política. No es inocuo, torpe ni ignorante. Es una táctica para banalizar lo importante, evadir lo sustantivo y degradar a una comunidad o territorio. Permite ocupar espacio sin rendir cuentas. Mantiene jerarquías sin ofrecer contenido.
Existen herramientas como Flesch-Kincaid, Gunning Fog Index, SMOG Index y medidas de densidad y diversidad léxica que permiten inferir qué discursos son vacíos. También determinan cuales narrativas poseen muchas palabras y poca información. Captan cuando existe repetición excesiva, abstracciones sin contenido verificable, verbos sin acción e, incluso, sustantivos vacíos como “prosperidad”, “bienestar”, “transformación”.
Según Michel Foucault, el discurso no describe la realidad: la produce. Y desde esa construcción se juega autoridad, influencia y posibilidad de gobernar. El discurso vacío opera desde la insustancialidad y el ruido.
Pero ¿qué es “vacío”? La ausencia de contenido, la no materia, lo no dicho. Una forma de opacidad. Víctor Barrera Enderle lo llama “una oscuridad elocuente”: lo que no se dice pero actúa.
El vacío es un elemento del poder.
Tiene dos disfraces recurrentes: la apariencia y el fondo. En la apariencia se despliegan solemnidad, tono, vestimenta, gestos y retórica. En el fondo no hay nada: solo un hueco maquillado con frases hechas, eufemismos, palabras grandilocuentes y desgastadas de tanto usarse: libertad, democracia, soberanía, justicia. Emplea simple verborrea.
El único sostén del discurso vacío es una escuálida ilusión de importancia. Es un performance. Una táctica de poder que sirve para evadir compromisos. Se emplea para no responder preguntas, ocupar espacio simbólico, desactivar expectativas e imponer presencia sin contenido. También tiene otra función: banaliza temas que deberían ser serios y reduce la conversación pública a ruido.
De 2020 a 2021, por ejemplo, el mundo se vio plagado de discursos oficiales que no contenían información verificable, compromisos claros ni datos precisos sobre la pandemia de Covid 19.
Es una forma de control. Opera así: si no se dice nada, tampoco se promete ni puede exigirse. Pero el vacío no es neutral. Empobrece la conversación pública, degrada instituciones, normaliza la mediocridad, desactiva la exigencia ciudadana. La palabra se convierte en evasión y se erosiona la confianza en la política.
El discurso vacío actúa como una forma contundente de despolitización. Si nada se dice, nada se discute ni transforma.
Aunque la palabra pública es un acto de responsabilidad se usa para evadir. Esta banalización es una forma de violencia simbólica, descrita por Pierre Bourdieu como “lo que se dice, lo que no se dice, lo que se deja de decir y lo que se impide decir”. El silencio funciona entonces como evasión, negación, castigo, desprecio o control. Tiene la capacidad de excluir, humillar, invisibilizar o dominar.
La política se degrada por la irrelevancia.
Cuando el discurso vacío se vuelve norma, sociedades enteras se despolitizan y emerge la apatía: una oscuridad elocuente donde pueden crecer el fanatismo, la sumisión, el totalitarismo y otras figuras que acechan desde las narrativas vacías.
Y desde ahí emerge el sinsentido.

