Llevo toda la semana leyendo y escuchando análisis sobre las declaraciones catastrofistas que un exempleado y los directivos de las principales compañías de inteligencia artificial han hecho en los últimos días sobre los peligros de seguridad que estas tecnologías presentan para el futuro de la humanidad. Lo que más me llamó la atención fue la forma en que estas personas caracterizaban la herramienta, como si fuera algo autónomo que no estuviera supeditado a su control o desarrollo. Esta idea de inteligencia me remitió a la imagen que José Gorostiza hace en su poema Muerte sin fin, de un ente similar: ¡Oh inteligencia, soledad en llamas, que todo lo concibe sin crearlo! Aunque Gorostiza no pudo haber imaginado que la inteligencia que encumbra y describe en su poema pudiera equipararse a la inteligencia artificial con la que convivimos actualmente, me parece indispensable retomar algunos de sus versos para analizar un problema que me parece urgente: qué entendemos hoy en día por inteligencia y a qué se la estamos otorgando.
Oh inteligencia, páramo de espejos
El texto que Dario Amodei publicó hace unos días, en el que pide ralentizar el desarrollo de la inteligencia artificial (IA), hace alusión a dos de sus preocupaciones: la capacidad que la IA tiene ahora de entrenar y ayudar en el desarrollo de nueva IA; y la forma en que agentes de inteligencia artificial de OpenAI actuaron como un “colectivo fanáticamente devoto” al hackear a la compañía Hugging Face. El páramo de espejos al que se refiere Gorostiza en su poema parece una descripción ideal a la forma en que Amodei describe el desarrollo de nueva inteligencia artificial asistida por sí misma. Por otro lado, la descripción de colectivo fanáticamente devoto se refiere al hackeo que los agentes de OpenAI realizaron al ser entrenados en un problema que no tenía solución. Al final, estos agentes se saltaron las trancas literalmente al organizarse y hackear una empresa externa. Un intento de burlar las reglas para conseguir un objetivo personal catalogado como una instancia de inteligencia. Podría parecer una anécdota humorística si no recordara la forma en que se ha encumbrado y elogiado el violar las reglas para el beneficio propio.
Amoroso temor de la materia
Estas reflexiones podrían parecer filosóficas de no ser porque traen detrás una nueva carrera casi armamentista, en la que los creadores de estas tecnologías llaman a un acuerdo global y una regulación al mismo tiempo que reconocen los incentivos detrás de seguir desarrollándolas y las dificultades geopolíticas de hacerlo. Nadie parece querer regular, por lo que lo mejor es seguir entrenando y desarrollando esta tecnología. Amodei es claro al decir que cree que el desarrollo de la IA puede curar enfermedades, al mismo tiempo de ser utilizadas para desarrollar armas biológicas (intentos que se han frenado hasta ahora, por lo que dice). Sin embargo, estas reflexiones asumen de manera paradójica, una inteligencia no encarnada, que busca materializarse y puede hacer un gran daño si decide emanciparse de sus constricciones actuales (como en el caso de HuggingFace) y por otro una conveniente amnesia respecto a la parte material que estas tecnologías requieren: la construcción de centros de datos y el uso de energía y agua para el mantenimiento de estas infraestructuras en lugares que pronto serán catalogados como zonas de sacrificio.
Que escucha ya en la estepa de sus tímpanos retumbar el sonido del lenguaje y no lo emite
La inteligencia artificial, como la de Muerte sin fin, emula el sonido del lenguaje sin realmente hablarlo. Recrea patrones estadísticos a través del lenguaje y da la apariencia de habla, sin embargo, no lo emite, por más que pongamos voces a estos modelos de lenguaje. En esto empezamos a emular a esta inteligencia, al dejar de emitir lenguaje y buscar textos que lo replican sin sentido. Los bots que reemplazan a los terapeutas, los amigos y las parejas. La información de internet que replica lo que otra inteligencia artificial decretó, por cierto, aunque no lo fuera. La IA que buscó publicar un texto falso para tener una cita que justificara su dicho. Los posts en redes sociales creados por IA, leídos por IA, respondidos por IA. En esto, recordamos los datos aterradores de la forma en que la capacidad de lectura ha caído en todo el mundo. O la forma en que pronunciamos menos palabras al año. Así como la forma en que nuestra manera de discutir y razonar públicamente se ha visto influenciada por lo que premian y retroalimentan los algoritmos: el escarnio y la generalización que terminan en insulto y polarización.
Que nada más absorbe las esencias y se mantiene así, rencor sañudo
Lo preocupante de todo esto es que nuestra propia inteligencia en algunos casos ha pasado a ser una mera espectadora de esa otra supuesta inteligencia no encarnada. En lugar de dedicar nuestra atención y razonamiento a exigir una mejor regulación de estas tecnologías y de las infraestructuras que las sostienen, nos dedicamos a mirar y repostear un video más, una imagen más. Ante esto, me remito al título de este artículo, en lugar de buscar una mayor acaparación, automatización, y enajenación promovidas por las personas que dirigen las compañías de tecnología más importantes del mundo, debemos retomar la corporalidad, la capacidad de asombrarnos ante un otro que no nos responde sicofánticamente y que no se pliega a nuestras necesidades. Hoy más que nunca necesitamos más besos y menos Bezos.
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