Por Alberto del Castillo Troncoso

Rodrigo Moya en Austin, Texas, 2015. Fotografía de Susan Flaherty.
Rodrigo Moya en Austin, Texas, 2015. Fotografía de Susan Flaherty.

Para Susan Flaherty

Hace un año murió Rodrigo Moya, uno de los fotoperiodistas y fotodocumentalistas más importantes del siglo XX mexicano.

Rodrigo fue uno de los cronistas visuales más destacados de la ciudad de México de los años cincuenta y sesenta, junto con Nacho López y Héctor García. Fue uno de nuestros primeros corresponsales de guerra, que aportó el punto de vista mexicano y latinoamericano a la cobertura de episodios tan importantes como la invasión de los marines estadounidenses a República Dominicana, o la existencia incómoda de las guerrillas guatemalteca y venezolana.

Lo conocí hace 25 años, cuando él tenía la edad que yo tengo ahora: 65 años. Supe de él a través de la revista Cuartoscuro, donde vi por primera vez sus retratos del Ché y sus increíbles textos, que él llamaba “Encromes”, mezcla de ensayos, crónicas y memoria. La experiencia de leerlo fue absolutamente deslumbrante. Una noche de amigos, en mi departamento de Copilco les leí a todos en voz alta varias de las reflexiones de Moya y quedamos fascinados con su prosa y sus imágenes. Era increíble la lucidez y la capacidad de introspección del autor de esas líneas.

Unos meses después, mi amiga la investigadora Maricela González Manjarrez, me dijo en tono burlón, pues conocía mi creciente admiración por el personaje: “Voy a llevarle unas fotos al Maestro Moya a su casa en Cuernavaca, ¿lo quieres conocer?”. No tuvo que repetirlo. Al día siguiente ya estaba yo trepado en su auto rumbo a la casa de Moya. “Solo vamos a estar unos minutos”, me advirtió muy seria mi amiga, en la carretera, a la altura de La Pera. “Es que el Maestro es una persona muy ocupada y no queremos quitarle el tiempo, ¿verdad?”. “Desde luego”, le contesté, asintiendo mustiamente con la cabeza y convencido, sin mayor pretensión, de que aquello era exactamente lo que iba a ocurrir y que eso era suficiente para conocer y escuchar al menos por una vez en la vida al famoso personaje.

Dejando atrás el tráfico legendario de los fines de semana, llegamos a Cuernavaca al filo de las 2 de la tarde y en el hermoso jardín de su casa, Rodrigo nos recibió con una gran sonrisa. “¿Como están? Llegan justo a la comida”. Y aquel improvisado encuentro, con su encantadora esposa, Susan Flaherty, y algunos amigos cercanos de la pareja se prolongó por un par de horas. En la sobremesa llegaron los whiskies y las fotografías. Ya con muy poca gente y después de haber charlado intensamente de política y literatura, Rodrigo me guiñó el ojo y me dijo: “¿Quieres ver más fotos?”

Un minuto después ya estábamos instalados en su increíble archivo viendo fotografías impresas, hojas de contacto y negativos de los maestros y los ferrocarrileros en el 58, del Rector Barros Sierra y el movimiento estudiantil del 68, de acercamientos íntimos a lo mejor del teatro universitario de aquellos años e imágenes captadas desde dentro de famosas películas mexicanas de la época, de lugares recónditos de la ciudad de México y de sus habitantes más pobres y marginados y por supuesto de las guerrillas guatemalteca y venezolana en la sierra y en la selva de los años sesenta, todo sazonado con anécdotas precisas y una charla lucida e inteligente sobre el sentido y el significado de las imágenes. “Ya me puedo morir: ya visité el paraíso”, recuerdo que pensé para mis adentros.

Celebramos la vida y el encuentro y nos despedimos con un gran entusiasmo. “Hasta luego, gusto en conocerte”, recuerdo que me dijo, a manera de despedida. “Que increíble experiencia, gracias por la invitación”, le dije a mi amiga en el trayecto de regreso a nuestra caótica realidad urbana. Tuve la certeza de que aquello había sido un relámpago afortunado de la vida, pero que nunca más volvería a ver al personaje.

Estaba yo totalmente equivocado. A principios de este siglo se inauguró un importante diplomado sobre Fotografía en el INAH. Todos los sábados, en un museo ubicado en el hermoso barrio de San Ángel, nos dábamos cita una treintena de personas para escuchar algún investigador o fotógrafo que disertaba sobre las imágenes desde distintas posturas académicas y políticas. En tal espacio coincidí con Rodrigo y comenzó a hacerse costumbre con él sentarnos juntos. El que llegaba primero guardaba el lugar a su compañero.

Como en cualquier evento de esa naturaleza, la cosa era muy dispareja, pues nos tocaron conferencias amenas y brillantes, pero también, otras veces, charlas egocéntricas insufribles e inenarrables. En tales ocasiones yo me levantaba de mi silla discretamente y buscaba la salida. La primera vez que lo intenté, Rodrigo, -un ágil ex jugador de Frontón y Jai Alai -, me atajó del brazo y me dijo: “A dónde vas, flaco?”, “Ay Rodrigo, que pena pero ya me voy, esto esta aburridísimo”. “Pues ya somos dos”, me susurraba al oído, “vámonos por ahí compañero, ¡le invito una cerveza en el bar de aquí al lado que esta de pocas tuercas!”

Así, sábado con sábado, se empezó a tejer una complicidad que a veces pasaba por los debates en la cafetería del museo durante los recesos del seminario, y a veces en otros lugares no tan académicos, cuando nos tocaba compartir cervezas en el bar de la esquina y esperar a Susan, que nos alcanzaba un poco más tarde para comer juntos en algún restaurante de San Ángel o San Jacinto.

En aquellas dichosas ocasiones conversábamos de todo: de cine, de política, de literatura, ¡e incluso hasta de fotografía! Poco a poco tal complicidad fue aterrizando en proyectos concretos y ahí fue donde decidimos en algún momento y de manera bastante irresponsable hacer un libro juntos sobre su obra, un libro que revisara de manera amplia su archivo, sus fotos publicadas en diarios y revistas de los años cincuenta y sesenta, y que visitara la asombrosa historia de vida que me ofrecía la increíble y cinematográfica trayectoria del personaje que tenía enfrente.

Para entonces ya se había publicado “Fuera de moda”, con los textos de Rosa Casanova y Alejandro Castellanos y estaba en prensa “Foto insurrecta” el gran trabajo de Poncho Morales y Juan Manuel Arrecoechea, junto con la interesante exposición del mismo nombre en el Centro de la Imagen, que nos daba una muestra de los alcances de la obra de Moya, totalmente volcado ya en la recuperación de su archivo.

Yo no lo sabía en ese momento, pero Rodrigo había dejado el ejercicio de la fotografía periodística en 1968 para dedicarse a la edición y la foto documental en su revista “Técnica pesquera”. Luego había sufrido un cáncer devastador a fines del siglo pasado, del que logró recuperarse para sumergirse como nunca antes dentro de su archivo y releer y reinterpretar sus prodigiosas imágenes de las décadas anteriores: una verdadera resurrección, una segunda vida digna de ser revisada bajo una mirada psicoanalítica, que por razones obvias dejaremos para otro artículo.

En ese momento yo no tenía ni la más peregrina idea del torbellino en el que me estaba metiendo, y que eso me llevaría directamente al archivo de la casa de los Moya en Cuernavaca y que nos metería de lleno en un trabajo de 3 años intensos, que empezaba en las mañanas temprano, con la revisión de sus carpetas y sus hojas de contacto, pasando después por las maravillosas comidas de Susan y una sobremesa de varias horas.

En tales ocasiones y con grabadora en mano, intentamos recrear y recuperar con pelos y señales la trayectoria del autor de 1955 a 1967, con sus logros y fracasos incluidos, una labor que inició con la portada de la revista Impacto dirigida por Pagés Llergo, con la bellísima Gloria Ríos bailando Rock and Roll en el Teatro Iris y que terminó con la guerrilla venezolana y la búsqueda del Ché en aquellos años intensos y dramáticos.

En medio de tal paisaje, quedaba una parte importante de su crónica urbana, algunos de los ensayos de obras de teatro memorables y los contextos de filmación de grandes películas, los movimientos sociales más generosos de mediados de siglo y sus primeros reportajes y fotoensayos narrados como verdaderos relatos visuales. En medio de estos procesos y acontecimientos yo me preguntaba cómo se había construido la mirada de unos de los grandes fotógrafos mexicanos del siglo XX, a partir de que claves históricas y bajo qué circunstancias concretas: tarea ardua y apasionada, privilegio de vida de los historiadores.

Hablábamos de todo lo que se puede hablar entre dos seres humanos curiosos y ávidos de conversar y discutir y fuimos construyendo una amistad basada en el respeto y el relajo, en la empatía y la convicción de la necesidad de un proyecto de izquierda para el país, y en un amor compartido por la fotografía documental del siglo XX, que pasaba por Cartier Bresson, Eugene Smith y Dorothea Lange, por Nacho López y por Walker Evans, entre muchos otros.

Moya era un conversador y un polemista extraordinario y colaboraba y participaba de manera entusiasta en todos los espacios que le proponíamos. Yo dije varias veces en aquellos años que el fotógrafo que se había acercado más a la comunidad académica de fotohistoriadores en los inicios del nuevo siglo, abriendo generosamente las puertas de su archivo y conversando horizontalmente todo tipo de temas en aquellos años era sin duda Rodrigo Moya.

Fueron años en los que a partir del libro que iba tomando forma armamos un verdadero show en el que nos sentábamos tranquilamente a improvisar en un sofá frente al público en cada encuentro, coloquio o congreso que nos invitaran. Y es que yo sabía que no había nada que preparar, que solo bastaba hacerle una pregunta oportuna a Rodrigo y que de ahí iba a salir una cascada de respuestas contundentes que iba a cautivar a todo el mundo, como antes me había cautivado a mí y que a partir de ahí podíamos generar una conversación muy atractiva, todo ello debido al estado de gracia en que parecía vivir mi interlocutor.

El libro fue creciendo de tamaño, las discusiones y debates, también. Adoptamos por convicción mutua la dinámica suicida de leer juntos mis borradores y a partir de ahí establecer conversaciones, diálogos y posibles correcciones. Para él era importante la claridad de la prosa y la narración, para mí era básico salir del coffee table book de la época, con prólogos de grandes escritores que no tenían nada que ver con las imágenes, y que las fotografías fueran el punto de partida y el corazón del texto, y no algo meramente complementario para adornarlo.

La idea era abandonar la idea de la etiqueta y el estereotipo de Moya como fotógrafo de la guerrilla y ampliar la vista hacia la cultura y la vida cotidiana, el cine, el teatro y la crónica urbana, y establecer pautas claras de contraste entre el material de archivo, central para comprender sus procesos de trabajo, y lo que finalmente se publicó en diarios y revistas, sus imágenes más afortunadas.

Trabajar con Rodrigo durante aquellos años fue una enseñanza única que me permitió llevar adelante una metodología en la que combiné la historia oral que aprendí con mis viejos maestros de la Escuela Nacional de Antropología e Historia con la consulta del archivo y la revisión hemerográfica de las fotos publicadas en las revistas en las que trabajó el fotógrafo, con distintas cargas ideológicas y políticas, desde la conservadora revista Siempre de José Pagés Llergo, hasta la rojilla e izquierdista Sucesos de Mario Menéndez.

Decidí cerrar aquel texto de esta manera: “Al igual que otros grandes fotógrafos de su época, como Nacho López o Walker Evans, Rodrigo Moya no solo registró la realidad, sino que la recreó con un estilo y una mirada muy personal, que por la propia densidad de su bagaje y contenido se convirtió en una visión del mundo”.

Un par de décadas después pienso lo mismo. Solo agregaría que se ha ido el último de los grandes fotógrafos del siglo XX, testigo de aquella ciudad de México cosmopolita que ya no cabía en los límites del autoritarismo priísta, el fotógrafo peatón que podía caminar a lo largo y ancho de aquella urbe con sus dos cámaras a la mano: la primera, con la que tomaba órdenes de trabajo para las revistas en las que laboraba y la segunda, personal e íntima, con la que nos legó uno de los acervos más complejos y extraordinarios de aquellos intensos años.

Rodrigo Moya ha muerto: la investigación sobre su prodigiosa obra apenas ha comenzado.

Investigador del Instituto Mora

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