El domingo pasado se celebró el Día Mundial de las Telecomunicaciones y de la Sociedad de la Información, aunque la mayoría lo sigue llamando simplemente ‘Día de Internet’. Creo que reducir toda la conversación digital a internet es un gran error. El glamour de las apps, el streaming y los sitios web suele eclipsar a las redes de telecomunicaciones que sostienen todo ese ecosistema porque nadie presume la tubería cuando abre la llave y sale el agua. Hasta que deja de salir.
En México, tristemente, las telecomunicaciones son una historia de fracasos. Llevamos décadas atrapados entre promesas regulatorias, inversiones a medias y una competencia que parece más un discurso triunfalista.
En redes fijas apenas comienza a verse algo parecido a competencia, aunque con precios muy elevados. En móviles, el panorama tampoco inspira demasiado optimismo y la reciente venta de Movistar México al consorcio integrado por OXIO y Newfoundland Capital Management no necesariamente representa modernización. Si no nos ponemos aguzados esto podría convertirse en otro capítulo de improvisación disfrazada de innovación.
El anuncio de la compra por alrededor de 450 millones de dólares sigue generando más preguntas que certezas. La semana pasada durante el foro de la GSMA en la Ciudad de México apareció Nicolas Girard, CEO de OXIO, como nuevo operador de la marca Movistar en México. Lo que apenas se pudo conocer sobre los planes de la empresa en México, no es muy prometedor ni confiable.
No creo que la nueva dueña sea una empresa improvisada tecnológicamente, al contrario, creo que su modelo de operación basado en plataformas en la nube para administrar líneas móviles, facturación y servicios digitales luce moderno y atractivo. El problema es otro, el dinero.
OXIO presume alrededor de 2 millones de líneas activadas a nivel global. Movistar México tiene más de 20 millones de usuarios. La diferencia no es un detalle estadístico; es un precipicio operativo. Administrar una plataforma digital es una cosa. Sostener una operación nacional de telecomunicaciones en un mercado ferozmente competitivo es otra muy distinta. Más aún cuando la propia empresa apenas ha levantado alrededor de 65 millones de dólares desde su fundación y pretende absorber una operación valuada en 450 millones.
Y aquí es donde la industria comienza a ponerse nerviosa. Hasta ahora nadie ha explicado públicamente quién financiará realmente la operación, cómo se estructurará la deuda o cuál será el músculo financiero para sostener la transición tecnológica posterior. ¿Será Newfoundland? ¿Por cuánto tiempo? ¿Tendrá el grupo comprador la capacidad financiera y operativa para hacerse cargo de una empresa de ese tamaño? ¿Cómo van a mantener o acelerar su ritmo de crecimiento? ¿Qué pasará con su canal de distribución? ¿Cómo se dará la migración tecnológica si ni siquiera se puede obtener una eSim a través del sitio web, la app o el centro de atención telefónica?
En telecomunicaciones, las migraciones de plataformas suelen convertirse en campos minados. Cuando salen mal, los usuarios descubren rápidamente que la modernización significa quedarse sin señal, perder líneas, sufrir errores de facturación o pasar horas hablando con centros de atención que jamás resuelven nada.
La situación se vuelve todavía más delicada porque Movistar representa cerca de 13.8% del mercado móvil mexicano. Cualquier tropiezo durante la transición podría fortalecer todavía más al operador preponderante, que ya controla más de 55% del sector. Paradójicamente, una operación diseñada para elevar la competencia podría terminar consolidando esa concentración que varios reguladores llevan décadas intentando contener sin demasiado éxito.
Lo verdaderamente irónico es que muchos ya habíamos visto venir la salida de Telefónica desde 2020, cuando vendió infraestructura y comenzó a depender de acuerdos mayoristas. En aquel momento lo vendieron como una estrategia disruptiva y eficiente cuando realmente estaban preparando las maletas. Las caídas constantes en clientes y la presión financiera regional terminaron acelerando una salida que llevaba años cocinándose.
Sobre la tecnología de OXIO no tengo dudas. El modelo tiene lógica en un mercado donde las telecomunicaciones se parecen cada vez más a plataformas de software. Pero la historia de esta industria demuestra que las buenas ideas no reemplazan capital, experiencia operativa ni capacidad de ejecución. En México ya hemos visto demasiados experimentos que terminan convertidos en fiascos.
La gran prueba ahora no será tecnológica, sino financiera y operativa. Y la gran pregunta para el regulador es: ¿realmente el grupo comprador tiene la capacidad para sostener un negocio de este tamaño o simplemente estamos viendo otra operación optimista envuelta en lenguaje de innovación?
Otro negocio tecnológico
El domingo también fue el Día Mundial del Reciclaje y como cada año aparecen discursos empresariales sobre economía circular, recuperación de residuos y rescate del planeta. Esta vez, Tetra Pak México presume el reciclaje de más de 55 mil toneladas de envases postconsumo mediante su iniciativa Aliados en Reciclaje. La cifra parece contundente, pero detrás del anuncio aparece algo más interesante; la tecnología ya comenzó a definir quién sobrevive en el negocio ambiental.
El reciclaje dejó de depender únicamente de campañas escolares y centros improvisados de acopio. Ahora necesita trazabilidad digital, plataformas de geolocalización, automatización industrial y cadenas logísticas conectadas con datos en tiempo real. Sin tecnología, la economía circular termina convertida en una montaña decorativa de buenas intenciones.
La iniciativa Aliados en Reciclaje revela precisamente esa transición. Hoy las empresas necesitan mapas digitales, análisis de comportamiento ciudadano y plataformas que conviertan basura en materia prima rentable. Ahí aparece la alianza de Tetra Pak con Ecolana, una plataforma digital que permite localizar centros de acopio mediante geolocalización y herramientas móviles.
Ecolana y Aliados en Reciclaje muestran que la basura dejó de ser únicamente un problema ambiental. Ahora también representa un negocio tecnológico donde los datos, la logística digital y la automatización industrial comienzan a valer tanto como el propio material reciclado.
Ahora falta seguir los pasos de países asiáticos y europeos quienes monetizan sus residuos mediante inteligencia artificial, sensores industriales y manufactura automatizada. La basura ya se convirtió en negocio tecnológico y apenas algunos comenzaron a entenderlo.
Ventaja competitiva
También Arca Continental, que preside Jorge Humberto Santos Reyna y dirige Arturo Gutiérrez Hernández, convirtió la gestión de residuos en una ventaja competitiva dentro de América Latina. Al cierre de 2025, la embotelladora incorporó 36.6% de resina reciclada en sus envases de PET, resultado respaldado por una red de 580 puntos de acopio y reciclaje. A ello se suma su posición como principal accionista de PetStar en México, considerada la planta de reciclaje de grado alimenticio más grande del mundo y tecnología de punta, con capacidad para procesar 5 mil 500 millones de botellas al año. Actualmente, 98% de sus empaques puede reciclarse por completo y el formato retornable concentra 22.47% de su volumen global. El modelo también genera beneficios sociales, pues integra a más de 36 mil recuperadores urbanos a cadenas formales de trabajo y comercialización.
Columnista y comentarista
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