La identidad del México moderno apunta a la solución pacífica de las controversias internacionales y es lo que se esperaría si se involucrara en la guerra entre Rusia y Ucrania. La diplomacia mexicana ya sancionó a la invasión rusa a territorio ucraniano en Naciones Unidas. Así como lo realizaría el diplomático Isidro Fabela en la anexión nazi de Austria, con una defensa del derecho internacional. Ahora debe discutirse una solución ucraniana, armada o con herramientas políticas, mas los latinoamericanos y mexicanos no han fijado posturas todavía.

Alentar la ofensiva o el armamentismo no parece una solución ni consensada, ni práctica. Por un lado, se escucha que los ucranianos desarrollan armas con tecnología de punta e incrementan su capacidad para abatir a soldados e infraestructura de Rusia. Por el otro, se informa que el ejército ruso mantiene un número significativo de combatientes y maquinaria militar robusta. Las armas nucleares son el recurso ruso que los aliados de Ucrania no pueden ignorar. Son un botón rojo de autodestrucción para los europeos, la alianza occidental y los propios rusos. Incluso China teme a ese escalamiento, ya que puede significar el fin del planeta.

Lo irracional de este enfrentamiento comienza con que es una lucha entre hermanos. Ucranianos y rusos son además de vecinos, miembros de una misma comunidad cultural, relacionada entre familias y experiencias históricas compartidas. La guerra ha dislocado este parentesco y ha dejado heridas abiertas. Ha desterrado a cerca de 6 millones de refugiados ucranianos y separado a Rusia de su identidad europea. Como en otras guerras, los intereses razonados han llevado a la sinrazón y la confusión, con muertes de por medio. Es doloroso cuantificar si los fallecidos de los dos frentes son medio millón o se acercan a los 800 mil.

Otra parte del problema es suponer que, sólo son dos países los que están afectados. La democratización y politización de Ucrania no se dio de manera aislada. Tuvo una presencia marcada de Estados Unidos y Europa Occidental, quizá con intenciones democráticas, pero con desatención geopolítica. La respuesta rusa al acontecer de su vecindario tampoco fue en solitario. Se denota una alineación mesurada de los gobiernos del grupo de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). China no ha sido un actor visible hasta el momento, más en una escalada mundial es previsible que participe.

En esta ocasión histórica, quizá la esperanza de una paz cercana y duradera no dependa sólo de las potencias tradicionales y los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (Estados Unidos, Rusia, Francia, Reino Unido y China). Organismos implicados como la Unión Europea y la OTAN podrían enriquecer el diálogo y aumentar el catálogo de soluciones viables haciendo partícipes a otras regiones y a potencias medias de otras latitudes.

Iniciativas creativas pueden emanar de tradiciones pacifistas como la canadiense y la finlandesa o de regiones como América Latina. La asociación estratégica de Canadá y Finlandia en política exterior y de seguridad de agosto de 2025 es una innovación diplomática que abre un camino adicional para el diálogo del futuro de Ucrania. Previene desinformación, amenazas cibernéticas e híbridas. Incluye la reconstrucción energética de Ucrania y energía nuclear con fines pacíficos. Es de esperarse, que los latinoamericanos puedan aportar propuestas similares en la búsqueda de la paz.

Especialista en geopolítica y miembro de COMEXI

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