Dicen que fue después de la revolución industrial, a finales del siglo XIX, cuando las novelas comenzaron a ser cada vez más breves. El tiempo que ocupaba el lector en los asuntos del mundo se incrementó dejándolo con muchas menos horas para invertir en asuntos menos prácticos y mucho menos redituables económicamente. Y aunque en el siglo XX se siguieron produciendo novelas de largo aliento, como En Busca del Tiempo Perdido (el nombre adquiere un sentido especial en este caso), el lector casual se ha decantado por la brevedad. El grueso de la producción novelística a partir del siglo XX no llega al medio millar de páginas, en contraste con las miles de páginas y el millón y medio de palabras de aquella obra de Proust.
Hay, por supuesto, casos aislados (y descabellados), como Marienband My Love, un proyecto del escritor Mark Leach que comenzó en los 80 y concluyó apenas en 2013; son 17 volúmenes y más de 10 mil páginas, una obra que es doce veces más grande que En Busca del Tiempo Perdido, y es muy probable que la calidad no sea exponencialmente mejor. La obra de Leach y otros que ofrecen propuestas monumentales (en tamaño) apuntan más a la búsqueda de romper algún récord que a pasar a la historia por la calidad de los trabajos. La grandote no es sinónimo de grandioso, parafraseando a Ibargüengoitia.
Hay, sin embargo, también una tendencia hacia la brevedad que llega al otro extremo: no son las minificciones, que también llegaron con el siglo XX, o los ejercicios lúdicos que aparecen todo el tiempo en las redes sociales con experimentos de novelas por entregas o cuentos de 140 caracteres. La minificción o la tuiteratura (nos guste o no) apuestan por la brevedad y no pretenden ser, sin demeritar, un arte mayor. Las tendencias a las que me refiero apuestan más por la mutilación de las obras y la pereza que por algún tipo de creación.
Herramientas digitales, herederas de las Cliff Notes, se están convirtiendo en una moda en países de habla inglesa; aplicaciones como Summize o Joosr prometen evitar la fatiga del lector sin tiempo y resumir en 15 minutos un ebook completo;
Joosr realiza estos resúmenes a partir de algoritmos de análisis de lenguaje, dando al lector (llamémoslo así) un extracto con lo que el programa considera lo más importante del texto en cuestión. Summize no se limita a ebooks, a partir de una fotografía del texto se obtiene un resumen y ligas con referencias a otros textos, e incluso imágenes, relacionadas con el tema. Bien usada, esta última aplicación permite, a quien busca algo más que un resumen, obtener información extra sobre aquello que estamos leyendo; aun así, la herramienta está pensada para evitar que el usuario lea de más. Summize y Joosr, por supuesto no son las únicas, llevan esta necesidad de obtener lo más con lo menos al extremo, una tendencia que va a alcanzarnos más pronto que tarde.
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