En Oporto hay una librería que dejó de ser, hace años, solo una librería. Se llama Livraria Lello, tiene techos de yeso pintados como un cielo falso y una escalera de madera curva que cientos de personas suben cada día, cámara en mano, después de pagar una entrada que se descuenta si compran un libro. La fila empieza temprano; la luz que entra por el vitral central funciona casi como un decorado de teatro. En junio se inauguró ahí un espacio nuevo, un auditorio donde vive ahora, de manera permanente, una colección de cien libros que en algún momento y en algún país fueron prohibidos, retirados de bibliotecas o directamente quemados. La llaman Manifesto Library y la curó, con su equipo editorial, la cantante Dua Lipa.

La lista de libros prohibidos no es un invento reciente. Durante más de cuatro siglos, la Iglesia católica sostuvo el Index Librorum Prohibitorum, un catálogo que decidía qué autores merecían circular entre los fieles y cuáles debían desaparecer de los estantes. Copérnico, Kant, Voltaire y Rousseau pasaron por ahí en algún momento, junto a cientos de nombres hoy olvidados. El índice no necesitaba destruir cada ejemplar uno por uno: bastaba con nombrar, ordenar y clasificar. Esa capacidad de decidir qué circula y qué se esconde ha sido, con distintos disfraces, una de las formas más eficientes de poder cultural. La Manifesto Library retoma exactamente esa estructura, cien títulos repartidos en cuatro categorías (Poder, Control, Voz y Memoria), aunque invierte su función: donde el índice prohíbía, esta vitrina exhibe. Conviven ahí El cuento de la criada de Margaret Atwood, El proceso de Kafka, Los versos satánicos de Salman Rushdie y Patriota de Alexéi Navalni, obras que gobiernos, escuelas o instituciones religiosas intentaron borrar del mapa en distintos momentos.

Algo incomoda en el gesto, más allá de su buena intención declarada. Livraria Lello es, desde hace más de una década, uno de los negocios más rentables del libro convertido en objeto turístico: cobra entrada, vende mercancía con su propio nombre y sostiene, con ambigüedad bien calculada, el rumor de haber inspirado a J. K. Rowling, algo que la autora ha desmentido varias veces sin que la librería se apresure a aclararlo del todo. Instalar un santuario a los libros censurados en ese escenario convierte la memoria de la censura en una parada más del recorrido fotografiable, un capítulo nuevo en el itinerario del selfi junto a la escalera roja. La estrella pop no saca esos libros de un archivo olvidado: los empaqueta como contenido curado bajo una marca propia, con la misma lógica que cualquier sistema de recomendación usa para decidir qué transgresión merece visibilidad y cuál se queda fuera del lote de cien.

El parecido estructural no exige demasiada suspicacia. Antes era un tribunal eclesiástico el que decidía, título por título, qué palabra resultaba peligrosa. Hoy puede ser una celebridad con equipo de comunicación, un curador de plataforma o un sistema entrenado con criterios que nadie explica del todo. Cambia la firma al pie de la lista, persiste la lista misma como instrumento. Y cuando el objeto antes prohibido se convierte en pieza de museo bien iluminada, vale preguntarse si gana lectores nuevos o si apenas cambia de vitrina, de la hoguera al mostrador de souvenirs, sin pasar realmente por la mano de alguien dispuesto a leerlo completo.

Puede que ambas cosas sean ciertas al mismo tiempo: ese estante en Oporto devuelve un lugar físico a libros que muchos visitantes jamás habrían buscado por su cuenta, y a la vez los vuelve utilería de una experiencia que ya venía con boleto. Entre el vitral y la fila de turistas queda una pregunta que ninguna curaduría resuelve por sí sola: qué hacemos, como lectores, el día en que la prohibición se convierte en fondo para una fotografía.

herles@escueladeescritoresdemexico.com

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