El 5 de mayo de 2026, en la Ópera Real del Palacio de Versalles, se estrenó una obra de teatro que lleva 353 años sin poder escribirse. Su autor murió en 1673, sobre el escenario, mientras actuaba en El enfermo imaginario: tos, hemorragia, telón. Jean-Baptiste Poquelin, el hombre que firmaba sus comedias como Molière, se fue sin dejar instrucciones sobre lo que vendría después. Alguien, o algo, decidió terminar la frase.

El proyecto se llama Molière Ex Machina, y el título ya es una declaración de principios. Combina el apodo del dramaturgo con el latinismo Deus Ex Machina, ese recurso antiguo que consiste en bajar a un dios desde una tramoya para resolver lo que los mortales no pueden. Aquí el dios es un modelo de inteligencia artificial, Le Chat, de la empresa francesa Mistral. Y la tramoya es un proceso de tres años: la Universidad de la Sorbona y el colectivo creativo Obvious entrenaron al modelo con la obra completa de Molière, con diálogos de época y tratados de filosofía, y luego pasaron por al menos veinte mil intercambios entre el algoritmo y el equipo antes de quedarse con algo presentable. La obra resultante, L'Astrologue ou les Faux Présages (El astrólogo o los falsos presagios), es una farsa en francés del siglo XVII sobre un burgués ingenuo que cae en las redes de un charlatán, quien pretende casarlo con un fabricante de pelucas para quedarse con su hija.

Habría que detenerse un momento en eso: la IA no eligió el tema porque le apeteciera, sino porque los investigadores le preguntaron qué habría escrito Molière y el modelo respondió con patrones extraídos de una obra que lleva siglos siendo estudiada. La diferencia importa. No hubo intuición ni obstinación creadora: hubo inferencia estadística sobre un corpus muy bien curado, corregida y refinada por especialistas en literatura y técnicas teatrales antiguas. El vicepresidente de la Sorbona, Pierre-Marie Chauvin, lo describe con cuidado: se entrenó al modelo de "la forma más sutil y documentada posible" para ser fiel al proceso creativo del autor; fiel, no idéntico, la ucronía tiene sus límites.

La pregunta que el proyecto se hace en voz alta es, en realidad, una pregunta sobre la tradición. ¿Qué es lo que convierte a una obra en "moliéresca"? ¿La sintaxis del verso, el tipo de personaje, el blanco de la sátira, el ritmo de las réplicas? Si un modelo puede reproducir esas capas con suficiente precisión para que los espectadores de Versalles acepten la ilusión, ¿qué dice eso del autor y qué dice eso de la máquina? Probablemente dice algo distinto sobre cada uno: que Molière fue lo suficientemente consistente para volverse predecible, y que la IA es lo suficientemente eficiente para capitalizar esa consistencia. No es un insulto a ninguno de los dos.

El proyecto tiene además una dimensión pedagógica: está diseñado para estudiantes de entre doce y quince años, con el propósito de generar en ellos una reflexión crítica sobre el papel de la inteligencia artificial en la sociedad. Es una elección interesante. Los adolescentes que asistieron a los ensayos no presenciaron una demostración del poder de la tecnología, sino de sus fricciones: veinte mil idas y vueltas, tres años, especialistas que corrigen imprecisiones históricas, comités de lectura que verifican la coherencia. La IA no llegó al escenario de Versalles sola. Llegó cargando a todos los que tuvieron que frenarla, orientarla y decirle cuándo se estaba equivocando. El resultado no es una resurrección: es un experimento sobre qué queda cuando despojamos la escritura de su contexto vital y la reducimos a sus rasgos formales.

herles@escueladeescritoresdemexico.com

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