Continuó la semana pasada el melodrama sobre la conquista y el papel de Hernán Cortés, que lleva el estelar del necesario villano, frente a Cuauhtémoc, la joven víctima rebelde (porque en la versión popular Moctezuma es sólo un aristócrata decadente y acobardado). En todo caso, la 4T redirige su rencor avivado contra el invasor que, de hecho, ya ha sido reclasificado como genocida. Nada que hacer. Se podría, claro, releer a los clásicos como José Luis Martínez, Hugh Thomas, Prescott o León Portilla, pero es más rápido no leer, como dijo otro clásico.
Circuló en esos días el elocuente párrafo de Octavio Paz en su ensayo de 1985 “Hernán Cortés: exorcismo o liberación”, en el que argumenta que “Cortés divide a los mexicanos, envenena las almas y alimenta rencores anacrónicos y absurdos. El odio a Cortés no es odio a España, es odio a nosotros mismos. El mito nos impide vernos en nuestro pasado y, sobre todo, impide la reconciliación de México con su otra mitad.”
Hay otros párrafos de Paz sobre la conquista, polémicos y nutricios. Se podría discutir, por ejemplo, su llamado a mirar en Cortés un personaje histórico, no un mito ideológizado por “la clase gobernante de México”, esa clase nacional-priísta que (como tantas cosas) le heredó ese mito al MoReNa, que lo atiza diariamente.
Se podría discutir su llamado a superar por igual “la mezquindad del indianismo” y “la soberbia vacía del hispanismo” y a aceptar que si “Cuauhtémoc y Cortés son inseparables” es porque ambos “están” vivos en la imaginación de todos los mexicanos y no dejan de luchar secretamente en el interior de cada uno de nosotros”. Una idea que deriva quizás de José Moreno Villa, exiliado español a quien Paz respetaba, que creía que “la historia de México está en pie. Aquí no ha muerto nadie, a pesar de los asesinatos y los fusilamientos. Están vivos Cuauhtémoc, Cotés, Maximiliano, don Porfirio y todos los conquistadores. Esto es lo original de México. Todo el pasado es actualidad. No ha pasado el pasado”.
La insistencia del MoReNa por hacer del drama entre Cuauhtémoc y Cortés una simplonada —como hizo la película Coco con la mitología del Mictlán— es algo que menosprecia la inteligencia del Pueblo. Ya lo anticipó Diego Rivera cuando pintó en su mural, dice Paz, su “rencorosa requisitoria” contra Cortés, tan boba como “las hipérboles huecas de los hispanófilos”: es decir, una cocada antes de tiempo. El asunto es que “no se debe reducir la historia al tamaño de nuestros rencores”, aconseja Paz. Y sin embargo, el Sumo Sacerdote del MoReNa pregona que, lejos de reducirlo, el tamaño del rencor debe crecer hasta alcanzar el rango de la Grandeza.
Paz toca el asunto también en un ensayo sobre Luis Cernuda, quien antes de llegar a México con el exilio español escribió “Quetzalcóatl”, poema en el que un soldado de Cortés evoca la conquista y piensa que “en mi existencia juntas sobreviven/ victorias y derrotas que el recuerdo hizo amigas./ ¿Quién venció a quién? a veces me pregunto...” Pero no hay respuesta: “Nada queda hoy que hacer, acotada la tierra/ que ahora el traficante reclama como suya...” ¿Quién sería ese traficante que atisbó Cernuda y se apodera de todo?
Son muchas las ideas de Paz sobre la conquista, en sus ensayos sobre historia, artes y letras. Se podría armar un libro interesante si se reactivase la orden de divulgar su obra entre el Pueblo, dado que es “fuente de identidad y desarrollo comunitario”, como declaró en 2023, con el aval de AMLO, la hoy presidenta Sheinbaum. Sí, sería bueno. Pero sólo ocurrirá cuando el gobierno decida que el legado de ese poeta debe estar por encima del rencor...
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