He trabajado en la UNAM casi 50 años y he escrito mucho sobre ella. Es mi segundo país, en tanto que tiene territorio, himno, leyes, policía, TV, sistema de gobierno, contralores, ambulancias, clases sociales, políticos y hasta territorio en rebeldía. Recuerdo haber escrito:

—El debate político viene desde 1933, cuando la polémica entre Caso y Lombardo sobre si debe generar y difundir conocimiento sin meterse en política. De ahí la consigna “la UNAM no es democrática”, con la revolvente fantasía de que todo debe someterse al voto “popular” de académicos, estudiantes y trabajadores. Si la UNAM sirve para educar e investigar, que es lo mejor que tiene, conserva una plusvalía política, que no es lo mejor que tiene.

—En 1986, el rector Carpizo publicó Fortaleza y debilidad de la UNAM. Un diagnóstico inclemente que concluyó: es “una universidad gigantesca y mal organizada” y que era necesario “lograr que los estudiantes estudien, que los profesores enseñen y que los investigadores investiguen” porque se corría el riesgo de que se la expropiara un partido político. Pedía evaluar con verdad y rigor, condicionar el pase reglamentado a un promedio de 8, limitar el “derecho” a reprobar y a los exámenes extraordinarios. Y, claro, cobrar colegiaturas a los favorecidos para subvencionar a los desfavorecidos. Los activistas cerraron la UNAM en nombre del pueblo y creó legislación: los movimientos estudiantiles tienen derecho de veto y son más autónomos que la UNAM.

—En 1990 el rector José Sarukhán convocó a “academizar” a la universidad, otra frase asombrosa. Se reconocía que en los hechos conviven el conocimiento y sus reglas con el poder político y las suyas, y que esa pugna desacademiza. Claro, una universidad puede seguirlo siendo sin política, pero no sin academia y los políticos nunca se quejarán de que la academia los despolitice. En 1999, otro movimiento estudiantil confiscó la UNAM durante 10 meses. Cada día laborable en “paro” le costaba a la UNAM 170 millones diarios, según su presupuesto de entonces.

—En su Estatuto General, la UNAM se ordena a sí misma acoger en su seno “con propósitos exclusivos de docencia e investigación todas las corrientes del pensamiento” y, por lo mismo ordena tajantemente que no hay cabida para “las actividades de grupos de política militante”. Eso no impide a muchos ideólogos usar sus cargos de poder en la UNAM para impulsar sus revoluciones (o transformaciones, como se dice ahora).

—Oponerse a los exámenes de ingreso, a las competencias y a la productividad (concluyen los ideólogos de la 4T que aconsejan hacer trampa) es luchar contra el capitalismo neoliberal porque para ellos la UNAM tiene misiones religiosas, no tareas académicas.

—Las solicitudes de ingreso se concentran en pocas carreras. Casi todos quieren ser médicos, abogados, contadores o ingenieros. Habrá que concluir que muchos están contagiados por la mentalidad eficientista del mercado.

—Crear la categoría del “académico-administrativo” cambió valores: el poder administrativo convive con una burocracia vitalicia que crece más rápido que los académicos. Desacademiza, pues. Un profesor de asignatura gana menos que un “intendente”. Habría que quitarle atractivo a la carrera del administrativo y agregárselo a la del académico. Administrar academia debería carecer de beneficios, ser obligatorio y transitorio.

—En la página de transparencia.unam se lee que el académico mejor pagado (nivel 9 de los 9 que hay) tiene un salario inferior al de 41 de los 44 niveles que hay en el catálogo de funcionarios, por ejemplo el de “Coordinador de gestión”…

¿continuará?

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