De los seis profesores que fueron mis tutores en la primaria, quienes más me impresionaron eran mujeres. Es decir que ellas dejaron alguna clase de huella en mí. Su conocimiento resultaba tan sencillo de exponer que uno no tenía otra opción que aprender. La sabiduría es menos notoria que la ignorancia. ¿Ignorancia de qué? De cualquier tema; su condición es evidente ya que le gusta exhibirse. De allí que tantas veces el silencio, la discreción e incluso el temor a opinar a causa de una inseguridad precavida sean apreciables y necesarios en una época donde la noticia que acapara y define buena parte de la circunstancia en que vivimos sea la decepción.
Borges escribió en ese estilo ambiguo, erudito y luminoso —aún es disfrutable— que existen escritores que piensan por imaginación y otros a causa de abstracciones (y creo que esta noción puede extenderse hacia otros ámbitos del pensamiento humano). Se refería a que algunos de nosotros tendemos a pensar organizadamente, a través de una mecánica argumental o una dialéctica la cual nos entrega resultados morales. Otros u otras, en cambio, piensan por imágenes, intuiciones y de allí construyen fábulas que consideran certeras. Borges proponía los ejemplos de Julien Benda o de Bertrand Russell como escritores o filósofos abstractos, y a Shakespeare y Victor Hugo como imaginativos. Se trata de un juego puesto que, en realidad, nadie sabe a ciencia cierta lo que es pensar. Definiciones existen muchas, sean de carácter literario, neurológico o científico, empírico y popular, pero nadie sabe qué es eso: pensar. Resolver un problema matemático; descubrir las causas de un hecho financiero; descubrir cómo está constituido el cerebro; jugar ajedrez; todas estas acciones son efectos de lo que suponemos que es el pensar humano, pero no dicen nada del hecho mismo de pensar. Thomas Hobbes, como todos saben, decía que pensar se reducía a calcular. Es probable que debido a este empirismo racional y calculador los ingleses hayan cultivado con tan buen tino el cuento policiaco, por ejemplo. La idea de Hobbes y sus fundamentos son una anécdota, claro, más representan también un camino sencillo para responder una duda de tal envergadura. Yo no soy filósofo y no me atrevería a afirmar algo al respecto de manera tan contundente. Durante algún tiempo solía decir que pensar es la acción del cerebro intentando descubrirse a sí mismo. Más a cada intento el horizonte del pensamiento se extiende o crea otras regiones de interés humanos que abren nuevos senderos a la curiosidad.
Si alguien me dice u ostenta que es inteligente, de inmediato desconfió de él; ¿quiere decir que piensa más que el resto de los humanos o que solo goza de más habilidades para ciertas funciones? No lo sé; ya lo he escrito antes aquí: “La inteligencia es la capacidad humana de comprender la circunstancia en la que vive o existe”. Y no es poca cosa. Cada quien se halla comprimido en sus propios pesares, amores, pasiones que apenas si tiene la posibilidad de mirar la pared de su estrecha celda. Alguna vez, hace veinticinco años, camino a Chicago viajando en un autobús Grayhound, este se detuvo en una estación intermedia, y yo me puse a charlar con una señora algo entrada en años que me recordaba a mi tía Rosario. Al final de la conversación y después de darle mi opinión ordinaria de Estados Unidos y esperar su respuesta (me interesaba), me espetó lo siguiente: “la forma de tu frente y mentón es prueba de inteligencia, lo sabía). La charla se terminó y abordamos de nuevo el autobús. Para mi fortuna nos separaban más de cinco lugares y no tuve más que hablar con la espontánea frenóloga. Si bien, debido a las decisiones que he tomado, debo considerarme absolutamente estúpido, jamás he creído que poseo una razón estricta que se adapte o comprenda mi entorno. No tengo la más jodida idea de por qué pienso de una forma en vez de otra. Lo que hacemos algunos escritores es divagar para que las palabras tomen fuerza y despierten las ideas, la imaginación o conmuevan al lector. ¿Qué es una idea? No lo sabemos. ¿Una iluminación? Tanto Walter Benjamin como años después, ya de manera rotunda, Jean François Lyotard pensaban que se trataba de horizontes, nubes, nebulosas de las que obteníamos conceptos a partir del lenguaje, más sin embargo no podíamos definirlas como cosas manipulables, u objetos de los que se obtiene una conclusión. Es preferible, lo intuía desde niño, atravesar el mar y sortear sus accidentes; vivir sin creer que somos sabios e inteligentes: más bien poseemos alguna clase de habilidad que los otros reconocen o no; y ya.

