Al mismo tiempo que la conciencia de la oportunidad económica resulta esencial para despertar los incentivos que provocan el desarrollo económico, una estimación excesiva y poco realista puede conducir a un freno por diversas razones” (Albert O. Hirschman, La estrategia del desarrollo económico, FCE, México: p. 31).

Resulta de la mayor importancia tener en mente el cuerpo de metas establecido en el Plan México y evaluar si, hasta el momento, se camina hacia ese destino:

1.- Estar en el top 10 de economías fortaleciendo el mercado interno y la participación internacional;

2.- Elevar la proporción de inversión respecto al PIB. Mantener la proporción de inversión respecto del PIB arriba del 25 % a partir de 2026 y arriba del 28 % en 2030;

3.- Crear 1.5 millones de empleos adicionales en manufactura especializada en sectores estratégicos;

4.- 50 % de la proveeduría y el consumo nacional serán hechos en México en sectores estratégicos;

5.- Crecer 15 % de contenido nacional en cadenas globales de valor en los sectores automotriz, aeroespacial, electrónico, semiconductores, farmacéutico, químico, entre otros;

6.- 50 % de compras públicas serán de producción nacional. Tales compras serán una herramienta de desarrollo;

7.- Vacunas hechas en México. Impulsaremos el desarrollo completo de procesos de fabricación farmacéutica y envasado local con énfasis en biotecnología avanzada;

8.- Reducir de 2.6 a 1 año el tiempo total para concretar una inversión: 50 % menos trámites y requisitos, en una sola ventanilla única de inversión digital;

9.- Graduar a 150 mil profesionistas y técnicos anuales con formación continua alineada a sectores estratégicos y 100 % de educación dual en media superior técnica;

10.- Sostenibilidad ambiental. Promover inversiones con prácticas ASG: reúso de agua, inversión en energía limpia con respaldo, sistemas de manejo de residuos sólidos y acciones de impacto comunitario;

11.- 30 % de Pymes con acceso a financiamiento;

12.- Ser uno de los 5 países más visitados a nivel mundial, y

13.- Disminuir la pobreza y la desigualdad.

A reserva de analizar las posibilidades de cada una de estas metas, resulta conveniente examinar el contexto y, muy particularmente, el crepúsculo de la globalización y el resurgimiento de nacionalismos económicos que hoy dominan el escenario geoeconómico. Desde la impronta global inmediatamente posterior al fin de la Guerra Fría, el papel estelar del libre comercio y, en menor medida, la democracia liberal, constituyeron las instituciones reinas de la globalización, de manera similar, aunque con una vida mucho más corta, a la institucionalidad de la Paz de los Cien Años, de la conclusión de las Guerras Napoleónicas (1815) al estallido de la Gran Guerra (1914). Para aquel caso, las instituciones fundamentales fueron:

  1. El patrón oro;
  2. El libre comercio;
  3. El Estado Liberal, y
  4. El acuerdo entre potencias (Polanyi, 1992: pp. 65-81).

La relación entre el patrón oro y el libre comercio construyó una trayectoria cíclica de todo el sistema económico, creando ciertas identidades entre el superávit comercial ≡ la emisión de dinero fácil (espiral inflacionaria), de un lado, y, de otro, déficit ≡ deflación interna. El proceso cíclico resultante le otorgó un carácter estratégico a la City de Londres, en tanto centro financiero durante la mayor parte del siglo XIX y hasta casi la mitad de la segunda década del XX.

La globalización que toma forma con la conclusión de la Guerra Fría, desde su origen mantiene una paradójica coexistencia con numerosos Acuerdos Regionales de Integración (ARIs); en paralelo a la marcha globalizadora, el crecimiento de las ARIs alcanzó la peculiaridad consistente en que, con excepción de Corea del Norte, no hay nación que no forme parte al menos de un instrumento de integración regional. La contradicción radica en que, mientras el libre comercio es la reina de las instituciones de la globalización, desde la menor densidad de los ARIs -la de zona de libre comercio- hay mecanismos de contención del libre de comercio. Reglas de origen, en ese caso y, para densidades mayores -unión aduanera, mercado común, unión monetaria y unión política- existe el arancel común.

Dicho de otro modo, nos enfrentamos a la eventualidad que convertiría al plan en una respuesta, tardía y en proceso de formulación, a una pregunta que ya cambió. A los efectos del libre comercio globalizado y a los efectos, también, de un comercio regionalmente restringido, disponemos de una realidad radicalmente modificada por la exclusión del libre comercio y por el resurgimiento del proteccionismo.

Cuesta un enorme trabajo aprender, como lo enseñó Federico List durante la primera mitad del siglo XIX, que la verdadera Economía Política es nacional; lo cual no quiere decir que el nacionalismo económico de Trump marche por buen camino. Solo sucede que el panorama ha cambiado y la pretensión de buscar fortalecer un bloque económico norteamericano, capaz de sustituir las importaciones desde China, no toma ningún sitio en la <<estrategia económica>> (de algún modo hay que llamarla) del subnormal.

Las metas del plan no se alinean con ninguna tendencia firme de la economía mexicana: la inversión productiva y el empleo, se mueven en sentido opuesto a lo previsto (la inversión está en 21.2 del PIB en el primer trimestre de 2026, año en que la pérdida de empleos manufactureros ha sido de101 mil); el sitio que toma la economía nacional en el escenario mundial se mantiene en el 12º sitio con riesgo, en las proyecciones de los organismos multilaterales, de alejarse, más que de acercarse, al top ten. En general, la ausencia de los cómos que convertirían en realidad las metas del plan, particularmente en lo relativo a su financiamiento, ensombrece drásticamente el panorama y nuestra economía política no procura -ni puede hacerlo- la convergencia de los intereses privados, nacionales y extranjeros, con el interés público.

Para el trabajo de los futuros historiadores del presente, es altamente probable que el Plan México y el Plan de Desarrollo, al que estructura, sean recogidos como dos muestras significativas de la redundancia que caracteriza al simple enunciado de buenas intenciones, sin definición precisa de los derroteros por los que se convertiría en realidad.

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