Se lo solicito como mexicano preocupado por la forma en la que está manejando los asuntos públicos. En este espacio mencioné que la reforma aprobada por sus empleados del Legislativo sobre la nulidad de elecciones es el claro camino para que sus candidatos ganen, aunque pierdan, y a eso se deben sus menciones frecuentes, sin sentido, a la soberanía y a la injerencia extranjera.
Sin embargo, lo que me permito decirle, si es que acaso llega a leer estas líneas, o alguno de sus colaboradores le refiere lo aquí escrito, es que se ubique. Ya no está usted en el Congreso Universitario convocado por un Rector empeñado en elevar el nivel académico de la UNAM como lo fue Jorge Carpizo, y usted ya no es la representante de la Facultad de Ciencias, sino que ahora tiene el honor de gobernar para todos los mexicanos, aun cuando en ocasiones da la impresión que solo lo hace para sus compañeros de partido, y siguiendo la nociva conducta de su pésimo antecesor, se dedica a atacar lo mismo a personas del presente o del pasado, nacionales o extranjeros, sin importar que hayan pasado años o lustros de su existencia. Ahí tenemos por ejemplo las obsesivas menciones a Felipe Calderón y recientemente a Obama, posible inspirador de las acciones contra los narcos.
En su desafortunado discurso pronunciado en el Monumento a la Revolución el pasado domingo, en donde sin que se pueda considerar parte de su informe de actividades como se anunciaba, expuso, por varios minutos, un ataque frontal a la política de Estados Unidos, por haber solicitado la extradición de diez mexicanos, y considerar que ese hecho plenamente apegado a Derecho era atentatorio a la soberanía nacional.
Ese discurso pareció también lo que en los juicios orales, instaurados en el país por Felipe Calderón, se llaman “alegatos de clausura” pronunciados por el defensor, su intervención fue una vigorosa defensa del que fue titular del gobierno local en Sinaloa.
Es necesario y saludable confiar que sus secretarios de Relaciones Exteriores y de Economía le hayan hecho ver lo grave de esas palabras que pueden acarrearnos problemas a todos los mexicanos ante la inminencia de ese tratado comercial que inició el presidente Carlos Salinas.
Pero por lo visto no le dijeron nada, porque cuando a raíz de ese agresivo mensaje de usted el pasado 31 de mayo, en forma atenta y diplomática, como deben manejarse las relaciones exteriores, el Embajador de Estados Unidos, el señor Ronald Johnson expresó que la lucha contra el narcotráfico debe unir a los dos países, y no ser espacio para una confrontación; respondió la Presidenta, a esa mesurada y conciliadora declaración, que no debería el Embajador opinar sobre asuntos internos, cuando lo único que hizo fue exhortar a la unidad de los esfuerzos contra la delincuencia.
En su lucha contra el pasado no tiene usted descanso, mejor mire el momento y oriente sus inquietudes al futuro. Calderón está siempre presente en los ataques y diatribas que le lanza; Fox ya apareció también a raíz de la concentración en contra de la perseguida gobernadora de Chihuahua.
Y para justificar la inacción pública y la tolerancia de los delitos que diario cometen los supuestos profesores que invaden el centro histórico. Con las frases de “no responder a las provocaciones”; “no a la represión”, nuestra ciudad es tristemente como muchas otras capitales, ciudades sin ley, con la impunidad presente.
En algo coincidimos, cuando afirmó en una de sus conferencias: que no es usted como Díaz Ordaz.

