Después de décadas marcadas por una relativa apertura a la migración, a la integración y a la ampliación de los derechos de los refugiados en Europa, los últimos años ha habido un cambio de rumbo. La migración se aborda cada vez más desde la lógica de la seguridad nacional, con un endurecimiento de los controles fronterizos, aumento de las deportaciones y una creciente externalización del control migratorio hacia países como Marruecos, Turquía o Libia. Esta estrategia de “tercer país seguro” ha desplazado parte de la presión migratoria fuera de las fronteras europeas, al precio de una estabilidad tan frágil como condicionada: su eficacia depende de gobiernos soberanos cuya disposición a cooperar puede cambiar al compás de sus intereses políticos, diplomáticos o estratégicos.

El 30 de julio pasado, Ceuta vivió la mayor crisis migratoria de su historia reciente. De acuerdo con el gobierno español, unas 72 mil personas cruzaron desde Marruecos por tierra y mar en cuestión de horas. Aunque la mayoría regresó o fue retornada a Marruecos en los días posteriores, el enclave sigue enfrentando una grave crisis humanitaria. Miles de personas permanecen allí, entre ellas miles de niñas, niños y adolescentes no acompañados. El número de personas fallecidas continúa siendo objeto de actualización, aunque diversas organizaciones advierten que podría superar el centenar.

El desencadenante inmediato fue una resolución del Tribunal Supremo español que precisó que las llamadas “devoluciones en caliente” no podían aplicarse a quienes fueran interceptados en el mar mientras intentaban llegar a Ceuta o Melilla. La sentencia no ofrece permanencia automática en España ni impide las devoluciones conforme a derecho; simplemente exige la identificación individual y el acceso a un procedimiento antes de cualquier decisión. Sin embargo, traficantes y mensajes en redes difundieron el rumor de que bastaba con llegar nadando para poder quedarse. La idea se propagó rápidamente entre multitudes afectadas por falta de empleo, oportunidades y perspectivas de futuro.

Pero lo sucedido tiene raíces más profundas y remite inevitablemente al antecedente de mayo de 2021, cuando más de ocho mil personas cruzaron hacia Ceuta en medio de la crisis diplomática entre España y Marruecos, desencadenada por la hospitalización en territorio español de Brahim Ghali, líder del Frente Polisario. Aquella crisis evidenció hasta qué punto el control migratorio puede convertirse en un instrumento de presión política.

Cinco años después, sin evidencia de una instrumentalización política de la frontera, la crisis de Ceuta coincide con la visita del presidente español a Argelia y el avance en el Congreso de una iniciativa para facilitar la nacionalidad española a quienes nacieron en el Sáhara Occidental bajo administración española, ambos movimientos sensibles para la cuestión saharaui.

Más allá de las causas inmediatas, el episodio de Ceuta revela una vulnerabilidad estructural del modelo europeo de control migratorio: la estabilidad de sus límites exteriores depende, en gran medida, de la voluntad de gobiernos vecinos. También evidencia una tensión creciente: mientras los tribunales españoles reivindican los límites legales de la devolución en frontera, Europa avanza con el Nuevo Pacto Europeo sobre Migración y Asilo hacia un modelo más restrictivo, con procedimientos acelerados en frontera, mayor uso del concepto de “tercer país seguro” y más facilidades para las devoluciones.

Ceuta muestra los límites de esta estrategia. Al externalizar parte del control fronterizo hacia terceros países, Europa gana capacidad de contención, pero pierde margen de autonomía. España y la Unión Europea deben reforzar sus capacidades de vigilancia, rescate y tramitación de solicitudes, distinguiendo entre quienes requieren protección internacional y garantizando los derechos de las personas migrantes.

Ceuta es un espejo de las contradicciones europeas. Mientras prevalezca la contención sobre una gestión integral de la movilidad humana, cada nueva crisis recordará que las fronteras pueden cerrarse, pero los movimientos humanos difícilmente desaparecen.

@EuniceRendon

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