La presidenta no tiene defensa. La que cree infalible y a la que apela cada día como si fuese su gran fortaleza, paradójicamente es su mayor debilidad. Su vulnerabilidad máxima.  

Con su gestión basada en las mentiras. Negaciones. Evasivas diarias, Claudia Sheinbaum no tiene salida. Opción. Tiempo. La inexorabilidad terminará por alcanzarla.  

Su gobierno se sostiene sobre un atril. Frente a un micrófono. En supuestos periodistas. Auténticos corsarios. Serviles lamesuelas pagados que le preguntan lo único sobre lo que quiere hablar. 

En esa tónica de “comunicación”, han transcurrido casi dos años del segundo periodo morenista. A López Obrador de funcionó de maravilla. Sheinbaum lo utiliza también con esa perspectiva. Está totalmente equivocada. 

Su antecesor, el huachicolero de la política, hizo de las mañaneras un eficaz instrumento de control. Propaganda. Adoctrinamiento. Dogmatización. 

Cada mañana, fijó los temas de los que, a su conveniencia, debían ocuparse los Medios. No hubo un solo asunto. Por intrascendente que fuera, al que no se refiriese. Le dio el peso de la investidura presidencial a sus estupideces. Adquirían una importancia nacional. Momentánea.  

Esa fue una práctica regular. Cotidiana. Con la que administró tiempo. Tendió cortinas de humo. Mantuvo distractores. Pudo, con su caterva de incondicionales y abyectos a los que les permitió delinquir, destruir al país. Lo llevó de una incipiente democracia a una tiranía que, con el aplazamiento de la elección judicial, se ha detenido en su última fase. 

La presidenta pretende ser la versión 2.0 de su antecesor. Está en un error. Seguir a pie juntillas sus viciosas prácticas de gobierno. Su estilo personal de gobernar, no le van a funcionar por el solo hecho de que las circunstancias han cambiado. La evidencia no es algo con lo que haga su trabajo. 

Con López Obrador, todos los políticos estaban. Se sentían seguros. Protegidos ante cualquier señalamiento que se les hiciera sobre sus perversidades. Vicios. Depravaciones. Entre, y como cómplices de la orgía que han vivido, se asumían invencibles. Indestructibles. Inalcanzables por la ley. 

La desvergüenza. Desfachatez. Impudicia de ese sujeto, que sólo merece ser nombrado expresidente porque “ya no lo es”, permeó en toda la clase política. La indujo al descaro. A los abusos. A los excesos. Creyeron firmemente que recreándose como sistema. Sepultando la Constitución. Destruyendo las instituciones, habrían de eternizarse. 

Esa certeza se reafirmó con el hecho de que, permitiéndole al huachicolero de la política poner a su sucesora, apoyándola mientras la devoran, tendrían impunidad ante sus crímenes.  

Nadie puede temer nada si, como el morenismo, tiene en sus manos la mayor parte del poder político. Las leyes. Los jueces. El país entero a su disposición. Para su entero beneficio, pese la oposición que, existiendo, no existe. 

Empero, todos equivocaron el cálculo. Erró López Obrador, como figura central del morenismo. Falla Sheinbaum como su continuadora. Y con ellos, todos cuantos hicieron de un prometedor partido, una horda de criminales. De un país un botín. De una ilusión colectiva, una pesadilla. 

Esta, en la situación y perspectiva actuales, alcanzará a toda la Nación. Pero de una manera diferente. A los narcofuncionarios que se han enriquecido a la luz del poder público, los espera no sólo el juicio de la Historia. Estados Unidos los llevará a juicio y les hará pagar sus crímenes. 

Es esto ante lo que Claudia Sheinbaum no tiene escapatoria. Tarde o temprano tendrá que enfrentar esa realidad, ante la cual se ha cegado reiterada. Necia. Obsesiva. Compulsivamente. 

Desde que asumió el poder, nada de lo que ha hecho para frenar. Tapar. Cancelar ese gran problema, le va a funcionar. El aplazamiento únicamente ha tenido grandes. Ocultos. Incuantificables costos para el país.  

Con ellos ha comprado semanas. Meses. Pero el reloj avanza ineluctablemente en su contra. Su palabrería hueca. “Su” soberanía, no lo detendrá.  

Las falsedades que esgrime en sus conferencias. Las banalidades de las que habla cada vez. Sus acusaciones a personajes del pasado por el drama que vive México en todos los ámbitos.  Sus escapes y malabarismos verbales para justificar el desastre en que se halla. Sus telefonemas con el presidente Donald Trump y aún los elogios que él le dispensa, de nada le servirán. 

Él vendrá. Sus agentes actuarán. Ya lo están haciendo. Los miserables. Canallas, tienen encima a su poderoso. Incontenible. Despiadado verdugo.  

Y en buena medida, en Trump, los millones de ciudadanos que sufren de cualquier manera la innegable. Descarnada. Inmoral complicidad del poder público con el crimen organizado, tendrán a su salvador. 

La presidenta puede, incluso, recurrir a la simulación. Desdén. Fingimiento. Cachaza, diciendo que no hay ningún riesgo para ella por el hecho de que los secretarios de seguridad y de finanzas del gobierno de Rubén Rocha Moya se hayan entregado en Estados Unidos, dispuestos a aportar pruebas contra el cártel de los narcopolíticos mexicanos. 

En nombre de la soberanía, puede seguir buscando pretextos para no entregar a los narcocriminales que militan en su partido. Puede decir, falazmente, igual que Ariadna Montiel, que en esa organización no se cubre a los deshonestos. Que no se encubre a corruptos que están a la vista de todos. 

Mas, se engaña por partida doble. La sociedad sabe sobradamente que ese discurso es totalmente falso. Una patraña. Un engaño. Todos los ciudadanos pueden ver cómo defiende por todos los medios al ex gobernador de Sinaloa. Es el caso actual. Más candente. Pero no el único. Ni el menos importante. 

La gente también sabe que sobre el tema del huachicol no ha movido un dedo. El ex secretario de Marina, José Rafael Ojeda, quien puede y debería aportar mucho para esclarecer el asunto dada la información que posee –por la complicidad que se le adjudica– no sólo no ha sido molestado. La presidenta lo ha declarado inocente.  

Empero, en Washington están muchas de las pruebas que incriminan a todos a los que la Claudia Sheinbaum vergonzosa, indignamente protege. No podrá hacerlo por mucho más tiempo. 

Como aquí no es de esperar que haya investigaciones. Ni acusaciones. Ni sentencias contra ninguno de los políticos mafiosos, muchos de los cuales siguen desempeñándose en altos puestos, allá se hará justicia. 

Es absolutamente impensable que la presidenta, inclusive con información. Pruebas que no se cansa de pedir para encubrir a Rocha Moya y sus socios, no imagine ese escenario. Lo sabe. Seguramente tiene definido el esquema. Muy probablemente se lo han comunicado ya. Incluso podría tener fechas de lo que viene. 

Si esto fuere así, solamente ella sabe, con absoluta seguridad, si existe una oportunidad de salvar al país de una intervención directa, que no invasión al territorio nacional, de Estados Unidos contra los cárteles político-criminales. 

Esta posibilidad, en opinión hasta de un neófito, se halla únicamente en su decisión de entregar, por lo pronto, a la banda de malhechos sinaloenses que Estados Unidos le ha pedido que ordene aprehender con fines de extradición. 

Si Trump la obliga a poner a Rocha Moya por delante –y no hay duda de que puede hacerlo–, no sería imposible que, con tal de recibir algún beneficio en la dura sentencia que esperaría por él, se convirtiera en delator. Destaparía la Caja de Obrador. Y a la manera de la de Pandora, de ella saldrían las evidencias de todas las calamidades que provocó. De las ruinas que dejó. 

Aun aceptando eso, lo cual se ve imposible porque de caer como primera pieza el ex gobernador de Sinaloa produciría un efecto dominó que inevitablemente tumbaría a muchos más, la presidenta no salvará la situación. Y lo sabe. 

Ese sería, en todo caso, el paso más firme. Decisivo. Definitivo hacia Andrés Manuel López Obrador. Hacia sus hijos. Estados Unidos los quiere y los puede extraer sin miramientos. En cualquier momento. 

Para alcanzar ese objetivo, no es impensable, inclusive, que mientras saca más beneficios, comience a amenazar con hacer lo mismo… a la propia presidenta. 

Línea de Fuego 

Omar García Harfuch era, hasta hace unos días, una gran esperanza política para el futuro. Quizás la única por sus grandes logros en el trabajo que ha hecho como titular de la SSPC. Pero al asegurar que nunca tuvo información de que Rubén Rocha Moya hubiera incurrido en alguna falta, quedó contaminado por la toxicidad de Morena. “Es igual… es de los mismos… también está metido”, se sospecha profusamente en las redes. De seguir en esa línea, difícilmente se podrá borrar la mancha. Sería muy lamentable… Ariadna Montiel, presidenta de los tomboleros y acordeoneros, es fracaso y ridículo apenas en el inicio de su liderazgo por sus declaraciones y acciones. Son hilarantes sus señalamientos de que Enrique Inzunza no puede ser candidato al gobierno de Sinaloa porque en su organización no caben personas deshonestas. Descubrió el hilo negro. ¿Cuándo defenderá la honradez del (D)Andy López Beltrán?... En línea y con el respaldo de la presidenta Claudia Sheinbaum, el gobernador de Puebla, Alejandro Armenta, sigue llamando la atención –y generando envidias– por la capacidad, habilidad, sensibilidad y prontitud que demuestra en sus acciones y decisiones para atender los problemas de sus gobernados. Metido en una dinámica que agota a sus colaboradores, refuerza su política de intolerancia total contra la inseguridad; atrae inversiones que generan empleo y bienestar;  pone en marcha programas de beneficio para todos los sectores y promueve entusiasta y eficazmente las economías y a los productores locales. Bien…Yeraldine Bonilla, gobernadora de Sinaloa por accidente, se exhibe sin recato como ferviente protectora de Rubén Rocha Moya, para quien no es más que una meserita que le sigue sirviendo, políticamente hablando. Lo menos que debería hacer es asesorarse para no autogenerarse problemas cada vez que abre la boca… Samuel García podrá decir que no recibe un solo peso como gobernador de Nuevo León y que no derrocha dinero para promoverse políticamente. Si hay quien se lo crea, seguramente será sólo la señora fosfo fosfo…Enrique Inzunza se asume como defensor de sí mismo. Como abogado, debería saber que nadie es buen juez de su propia causa. 

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