México corre el riesgo de acostumbrarse a repartir la misma cantidad entre más población. Los programas sociales pueden aliviar carencias y mejorar la vida de millones, pero no pueden sustituir indefinidamente aquello que sólo producen la inversión, la productividad y los empleos formales: un país capaz de generar más valor y de ofrecer una rebanada mayor a cada uno de sus habitantes.

De esto platiqué con Sofía Ramírez Aguilar, directora de México ¿Cómo Vamos?, en el podcast En Blanco y Negro. La conversación completa puede verse en . Su punto de partida es esencial: la economía no es una cifra fría ni una discusión reservada para especialistas. Es la suma de lo que producen los trabajadores, los pequeños negocios, los jóvenes que comienzan su vida laboral y los adultos mayores que necesitan complementar su pensión.

El problema es que la población mexicana crece cerca de 1% cada año, mientras la economía no ha avanzado a la misma velocidad. El resultado es que el producto por habitante, es decir, la parte del pastel que correspondería a cada mexicano, se encuentra en niveles similares a los de aproximadamente 2016. Podemos discutir cómo repartir mejor, y debemos hacerlo, pero no podemos ignorar que estamos distribuyendo un pastel que prácticamente no aumenta.

Eso importa porque siete de cada diez pesos que reciben los hogares provienen del empleo. Los programas sociales representan cerca de 3% del ingreso promedio nacional y entre 15% y 18% entre los hogares de menores recursos. Son apoyos necesarios y, para muchas familias, indispensables; sin embargo, no sustituyen la fuente principal de bienestar: un trabajo productivo, estable y con derechos.

México no tiene un problema de falta de esfuerzo. Los mexicanos trabajan muchas horas, pero trabajar más no significa necesariamente producir más. La productividad depende también de las herramientas, la tecnología, la capacitación, la infraestructura y la seguridad disponibles. Un trabajador oaxaqueño puede producir mucho más en Estados Unidos cuando opera maquinaria moderna. No cambió su talento al cruzar la frontera; cambió el capital con el que trabaja. El problema no son los oaxaqueños, sino las condiciones de Oaxaca.

Para modificar esas condiciones se requiere inversión. Cerca de 90% de la inversión total en México es privada. De esa cantidad, más de 70% proviene de grandes empresas, pero el resto está repartido entre micro, pequeños y medianos negocios. Invertir no es únicamente construir una fábrica: también es abrir una cafetería, ampliar una estética, comprar una máquina o pagar un curso para aprender nuevas tecnologías.

Sin embargo, muchas personas prefieren no arriesgarse. Temen perder sus ahorros, sufrir un asalto, enfrentar una extorsión o quedar atrapadas en decisiones arbitrarias de alguna autoridad. Como explicó Sofía Ramírez, hay empresas que deciden mantenerse pequeñas y con bajo perfil para no convertirse en objetivos del crimen organizado o de extorsiones gubernamentales. Cuando crecer implica llamar la atención de los extorsionadores, el éxito deja de ser una aspiración y se convierte en un peligro.

La inseguridad es, por ello, un impuesto invisible. No aparece en una declaración fiscal, pero reduce la inversión, encarece los negocios, destruye empleos y castiga la productividad. También explica por qué un aumento salarial no siempre se traduce en una mejor calidad de vida: si una familia debe pagar consultas, medicinas, transporte o protección que el Estado no garantiza, ese ingreso adicional ni siquiera compensa servicios públicos deficientes.

La falta de crecimiento también debilita al propio gobierno. Siete de cada diez pesos de los ingresos públicos provienen de impuestos generados por la actividad económica. Sin empresas, empleos, ventas e inversión, tampoco hay recursos suficientes para financiar salud, educación, seguridad e infraestructura. Crecimiento y redistribución no son adversarios: uno hace posible que la otra sea sostenible.

Durante décadas, el Tratado de Libre Comercio y después el T-MEC ayudaron a crear regiones con manufacturas más productivas, formales y mejor pagadas. Pero el acceso al mercado norteamericano ya no basta. En un mundo más incierto, México debe construir desde dentro lo que ninguna ventaja comercial puede garantizar por sí sola: Estado de derecho, energía suficiente, logística, talento, seguridad y reglas confiables.

México no está condenado a permanecer estancado. Tiene ubicación, recursos, capacidad productiva y millones de personas dispuestas a trabajar. Pero no podemos seguir conformándonos con administrar la escasez ni celebrar únicamente que repartimos mejor lo poco que producimos. El verdadero objetivo debe ser crear más riqueza para que también podamos distribuirla mejor. Solo así el esfuerzo de millones dejará de ser resistencia cotidiana y podrá convertirse, finalmente, en prosperidad compartida.

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