Un país que no lee, se queda indefenso. Contrario a lo que algunos pueden pensar, leer no es un lujo de intelectuales, sino que se trata de una herramienta clave para construir un mejor futuro.
De esto platiqué con David García en mi podcast En Blanco y Negro, una conversación que ciertamente vale la pena ver completa y que pueden encontrar en youtu.be/E6KOSnV6g7U?si=eT0OsRUdjQWMElyk
Cuando hablamos de lectura, es importante que tomemos en cuenta que muchas veces nosotros mismos les cerramos la puerta a las y los niños. Lo hacemos cuando convertimos la lectura en castigo, cuando les obligamos a leer libros que no son adecuados para su edad, cuando no ponemos el ejemplo en casa o cuando creemos que deben amar los libros por decreto, como si el gusto se pudiera imponer.
David lo dijo con una frase sencilla y poderosa: “El ejemplo no es lo más importante, es lo único”. Él se volvió lector porque veía a sus padres leer, pero también porque le leían. Recordaba ese momento de irse a la cama y pedir que le repitieran el cuento otra vez. Ahí empieza todo: no en el sermón, sino en la voz; no en la obligación, sino en el cariño; no en el adulto diciendo “lee porque te conviene”, sino en el niño diciendo “léeme de nuevo”.
Esa escena, que parece pequeña, puede cambiar una vida. Un niño al que le leen o que lee desde chico desarrolla procesos de pensamiento distintos debido a que leer entrena un músculo del cerebro. Y como pasa con los músculos, si se ejercita temprano, después sirve para más cosas: aprender, imaginar, ordenar ideas, entender mejor lo que se escucha y también lo que se vive. Por eso no es poca cosa leerle a un niño; más allá de un acto de entretenimiento, se trata de un acto transformador y de pleno desarrollo.
El problema es que a veces queremos empezar por el final. Queremos que un niño lea a Shakespeare antes de que le guste leer. Tenemos que tener muy presente que hay una edad para cada lectura y, si el primer libro parece castigo, probablemente perdamos un lector de por vida.
Igualmente, hay que saber adaptarnos. También se puede empezar con libros digitales, cuentos animados o historias de personajes conocidos para los niños. Lo importante será que el niño entre a una historia, siga una secuencia, haga preguntas y quiera saber qué pasa después; ahí es donde todo comienza.
Leer, además, no solo sirve para sacar buenas calificaciones. David contó que la lectura disminuye su ansiedad. Muchos lo hemos sentido: hay libros que funcionan como un freno suave para la cabeza acelerada.
Otro de los muchos beneficios de la lectura es la capacidad de desarrollar empatía, ya que cuando entendemos por qué un personaje hace algo que nosotros jamás haríamos, nos volvemos menos jueces y más humanos. Y en un país donde sobran gritos y faltan conversaciones, eso vale oro.
En México hay un deseo por leer; la Feria Internacional del Libro de Guadalajara es ejemplo de ello: jóvenes formados para ver autores, salones llenos, lectores emocionados, comunidad viva. En este sentido, es maravilloso que la lectura ya no tenga que ser necesariamente una actividad solitaria, sino que puede traducirse en un acto de pertenencia, discusión, emoción y encuentro con otros.
Leer es la oportunidad de vivir muchas vidas. En un país tan agobiado por la prisa, las pantallas y el ruido, regalarle un libro a un niño, leerle un cuento o simplemente dejar que nos vea leer puede ser una forma sencilla de abrirle el futuro. No todos los problemas de México se resuelven leyendo, pero un país que lee tiene más herramientas, conversa mejor y se deja engañar menos. En otras palabras, la lectura puede revolucionar nuestra realidad y ayudarnos a construir un México mucho más próspero y libre.

