Gobernar es, en su expresión más desnuda, el arte de saber cuándo apretar y cuándo aflojar. Pocas presidentas en la historia reciente de México han enfrentado esa disyuntiva con tanta urgencia y tantos frentes simultáneos como Claudia Sheinbaum hoy. Lo que resta de su sexenio dependerá, en buena medida, de qué tan bien calibre esa tensión. Las presiones llegan de todos lados y no todas tienen el mismo peso ni merecen la misma respuesta. Desde el exterior, Estados Unidos ha intensificado una política de interferencia que ya no se disimula: retiro de visas a miembros de Morena, señalamientos de vínculos con el crimen organizado, y —como acabamos de ver con las amenazas al gobierno de Colombia— una voluntad creciente de moldear procesos políticos en la región según sus propios intereses. La presión es real, es audaz y, si no se maneja con inteligencia, puede convertirse en el eje que defina la narrativa del gobierno.

En el frente interno, la CNTE ocupa un capítulo propio. Este sindicato disidente, que nació en rebeldía a la burocracia oficial y que Peña Nieto logró congelar —no sin costos— mediante su reforma educativa, fue resucitado políticamente por López Obrador. El resultado ya lo sabemos: un actor que chantajea con método, que ha tomado la capital en varias ocasiones, que ha paralizado la vida pública y que ahora amenaza con boicotear el Mundial de futbol. Claudia Sheinbaum, con la carga histórica del 68 en la memoria institucional del país, tiene razones para ser cautelosa. Pero la cautela no puede convertirse en capitulación.

Hay que reconocer los aciertos. Sheinbaum ha demostrado habilidad política real al tomar el control de Morena de una manera que ningún analista habría apostado que lograría tan pronto. La salida del hijo de López Obrador del partido fue el símbolo más nítido de ese movimiento; la reorganización del Senado y el desplazamiento de Adán Augusto, otros. Ha establecido que el partido es suyo y que ella dicta el rumbo del movimiento.

Donde la Presidenta necesita recalibrar es en la relación con Washington. El error no es resistir la presión —eso es legítimo y necesario— sino hacerlo de una manera que la pone en posición defensiva, como si estuviera protegiendo a los suyos en lugar de defender al Estado mexicano. La estrategia más acertada sería la inversa: adelantarse. Hacer una limpia genuina y visible de los elementos de Morena —y otros partidos— coludidos con el crimen organizado, no por exigencia de Estados Unidos, sino por decisión soberana. Esa diferencia no es menor: es la que le permitiría enfrentar a Washington desde la legitimidad y no desde la reactividad. "Nosotros ya lo estamos haciendo, y lo estamos haciendo solos" es una posición mucho más sólida que cualquier desmentido.

Lo que no le conviene es la polarización interna innecesaria. El ataque constante a la oposición, a comunicadores críticos, el caso de la gobernadora de Chihuahua: en un momento en que México enfrenta una presión externa sin precedentes recientes. Elevar la temperatura del conflicto interno es innecesario para un gobierno que se caracteriza mejor por su inteligencia, mesura y visión. Sheinbaum no llegó al poder con ese perfil. Su capital político es la estrategia, el método y la capacidad. No tiene caso usar fuerza desmedida contra adversarios menores mientras se evita el enfrentamiento con aquellos que chantajean y amenazan con boicotear: la CNTE. Es cierto que Sheinbaum tiene la presión de ganar elecciones el próximo año, pero lo hará de manera más eficiente si demuestra su propia capacidad y la contrasta con la incompetencia de muchos de sus adversarios.

La Presidenta tiene herramientas. Tiene mayoría, tiene legitimidad, tiene inteligencia política. Pero el balance del poder no se administra solo. Requiere claridad sobre quiénes son los aliados, quiénes los rivales y quiénes los verdaderos obstáculos.

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