… Y así, totalmente desprevenida, levanté los ojos para encontrarme con el letrero que, desde el lado izquierdo de la puerta principal, anuncia en letras mayúsculas la entrada a la estación: BAYSWATER. Me sentí como Charlton Heston en El Planeta de los Simios cuando caminando por la playa se topa con lo que queda de la Estatua de la Libertad. Shock al sistema nervioso central. ¿Qué pasó aquí? Admito que llevaba más de 35 años de no pararme por esta parte de Londres y evidentemente el tiempo pasa, el mundo va, y una se siente igual, pero se ve diferente, como el vecindario: limpio, gentrificado, irreconocible. Chris Rea tiene un álbum, su segundo, “New Light Through Old Windows” cuya traducción al español no es tan melódica pero que como metáfora no pierde su fuerza “Nueva luz a través de ventanas viejas” y ese ha sido el abordaje en esta visita. Ni de aquí ni de allá, ni turista ni local con suficiente conocimiento de la ciudad como para no perderme, aunque de pronto no reconozca viejos espacios.
Tomo un autobús No.23 con dirección a Aldwych y, como siempre, hay tráfico en Park Lane que se despeja lenta pero constantemente a la altura del Hard Rock Café, uno de esos lugares que no entiendo cómo es que todavía existen. A lo largo de la acera contraria Green Park, un campo arbolado de otoños incomparables que siempre me ha parecido serio y solemne. Es temprano y poco después llegamos a Trafalgar Square que aún no se llena de turistas despistados y burócratas trajeados. Allí se encuentra una de mis librerías favoritas: Waterstones. No es la más grande ni variada y, el café en el tercer piso siempre está lleno, pero hay algo particularmente acogedor en esta sucursal que recorro de lado a lado y de esquina a esquina evitando el tercer piso. Ciencias sociales, psicología, sociología, historia, economía, autoayuda, cocina; hay para todo interés y estado de ánimo, pero nada me llama la atención porque he venido buscando algo específico. Llevo tiempo deseando saber hacia dónde vamos, cuál es la tirada para nosotros, el 99%. Por lo general mi complicada mente me transporta a escenarios distópicos que van desde Los juegos del hambre hasta Soylent Green. No creo en el apocalipsis zombi ni en las abducciones por extraterrestres.
Lo que veo es que conforme pasa el tiempo y la civilización “avanza” la cosa se pone peor: el clima, las condiciones de vida, las oportunidades, la disparidad entre ricos y pobres, la carencia de señales que nos iluminen aunque sea un poquito el camino a seguir; es como ir de noche, sin luces, en un campo desconocido. Es también el sueño recurrente que me despierta algunas noches. Voy manejando en plena obscuridad en un terreno irregular, lleno de baches y piedras, árido, polvoso, no llevo luces. No las encuentro. Las busco con una mano palpando cada centímetro del panel, la palanca izquierda, la derecha, la otra mano toma con fuerza el volante. Veo coches venir en mi dirección. ¡No me van a ver! Y ahí queda. Siento que así andamos muchos y muchas, esté o no Mercurio en retrogrado. El sueño lo tengo interpretadísimo por lo que ignoro esa sección de la librería y me voy directamente al estante de la ciencia ficción. 1984 y Un mundo feliz, Orwell y Huxley describiendo sociedades que hace cien años sonaban imposibles. Hoy no tanto. Y ese es el problema: las historias de horror de nuestros días se han vuelto normales, cotidianas, familiares. Habrá que leer antes de sacar conclusiones.
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