La visita de Felipe VI a México representa un nuevo caso en el que el deporte sirve como conducto para beneficiar las relaciones diplomáticas entre países. Significó una importante distensión simbólica que ayuda a normalizar los vínculos oficiales con una nación que nos importa política y económicamente, con la que se produjo un alejamiento, a mi juicio innecesario, a raíz de la solicitud de una petición de perdón por las atrocidades de la Conquista.

Sinceramente creo que los perdones simbólicos por los abusos del pasado abonan poco a la solución de los problemas presentes; algunas veces pueden reabrir heridas o llevar a situaciones absurdas. Imaginemos al rey español en Palacio poniendo una rodilla en el suelo y pidiendo formalmente perdón, y qué, ¿bastaría con responderle: “Está bien. Ahí muere; estás perdonado”? ¿Eso hubiera borrado 300 años de historia? El recuerdo de los enfrentamientos del pasado suele reactivarlos en el presente. Hay que ver en la propia España cómo se avivaron las querellas contra el franquismo con motivo del cincuentenario de la muerte del Caudillo. Los perdones de dientes para afuera no tienen sentido si no se acompañan de acciones correctivas cuando estas son posibles. Existen organizaciones de víctimas de abusos cometidos por sacerdotes pederastas que se quejan de la insuficiencia de los perdones pedidos por la iglesia católica en tanto no se apliquen sanciones severas.

Lo bueno es que una vez más el deporte ha dado ocasión al acercamiento, con un positivo impacto internacional. Euronews resumió el episodio como “tregua que llegó en una cancha de futbol”. Esto me recordó otros casos de diplomacia ligada al deporte. En mi época de comentarista deportivo di cuenta del más célebre de ellos: los enfrentamientos amistosos entre jugadores de tenis de mesa chinos y estadounidenses que más que un mero evento lúdico constituía un acontecimiento geopolítico de la mayor envergadura. Fue la llamada “diplomacia del ping pong” que, bajo la conducción negociadora de Henry Kissinger, en 1971 abrió la puerta al descongelamiento de las relaciones entre ambos países y a la visita de Richard Nixon a China, momento a partir del cual los equilibrios de poder y la economía mundial se transformaron por completo.

No todos los esfuerzos diplomático-deportivos han tenido la misma proyección. El encuentro entre los presidentes de Armenia y Turquía celebrado en Ereván en 2008 con motivo del juego entre ambas selecciones alivió por algunos años la hostilidad entre esos países, pero el conflicto no se ha resuelto. El mismo fugaz efecto tuvo la diplomacia beisbolística cuando hace diez años Obama y Raúl Castro asistieron juntos en La Habana al juego de los Rays de Tampa Bay contra la selección cubana. Esperemos que este no sea el destino de la visita real, y que la reunión entre el rey y la Presidenta reencauce, para bien de la política exterior mexicana, nuestra relación con España.

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