El último informe anual de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (2026) es un reconocimiento del fracaso que es la política prohibicionista a nivel mundial. Entre los principales hallazgos señala que “los mercados mundiales del tráfico de drogas están experimentando una rápida transformación, caracterizada por el aumento de la producción, los cambios en las rutas y la creciente diversificación de las sustancias. La oferta de cocaína se ha incrementado hasta alcanzar niveles sin precedentes, acompañada de estrategias de tráfico adaptativas que explotan nuevas rutas y tecnologías y recurren a remesas de menor tamaño para evitar la detección. […] Estas novedades se producen paralelamente al auge de las drogas sintéticas, que ofrecen a los traficantes ventajas logísticas y económicas.” El informe continúa: “...las drogas sintéticas amenazan con desplazar a las drogas de origen vegetal.” Es decir, los “estimulantes sintéticos, como la anfetamina y la metanfetamina y, cada vez más, los opioides sintéticos, como los fentanilos y los nitacenos”, sustituyen las sustancias vegetales que son menos dañinas. El informe concluye esa parte señalando que: “Las drogas sintéticas resultan económicamente atractivas para los traficantes, requieren menos recursos y ocupan menos espacio”.

Los propios datos de la agencia mundial encargada de liderar la lucha global contra el narcotráfico y el crimen organizado transnacional muestran la incapacidad de la estrategia global de prohibición para lograr sus objetivos más básicos. El consumo ha aumentado a niveles sin precedentes y, ante la presión de las agencias de seguridad, los grupos criminales han encontrado nuevas rutas de tráfico y se han descentralizado. En lugar de concentrarse en los grandes puertos, los cárteles se han movido a puertos secundarios y los laboratorios grandes han sido reemplazados por otros más pequeños y más cercanos a los países destino. Además, y quizás más grave, la estrategia ha fomentado la aparición de nuevas sustancias que son más fáciles de producir y transportar, más difíciles de detectar pero también más peligrosas para la salud. Según el informe, en 2024 se reportaron 755 sustancias psicoactivas, de estas, 118 fueron reportadas por primera vez ese año. El caso de los opioides es quizás el más ilustrativo de este punto. La prohibición del cultivo de amapola en Afganistán, país que producía 80% del opio, redujo la oferta a nivel mundial. Sin embargo, el fentanilo, responsable de un número importante de muertes por sobredosis en Estados Unidos y Canada, y ahora nuevos opioides más potentes, han inundado los mercados globales. Es decir, cada vez hay más sustancias, más potentes y peligrosas para la salud. El mercado de metanfetaminas se ha vuelto el más grande de drogas sintéticas en el mundo y México es uno de los principales fabricantes de estas sustancias.

El informe de la ONU pone en evidencia lo que desde hace años se ha señalado: la prohibición no reduce la demanda ni la capacidad del crimen organizado para producir o distribuir sustancias. En cambio, vulnera las capacidades estatales, la salud pública y la seguridad ciudadana. ¿Cuántos años más tendremos que leer informes sobre los fracasos del utópico “mundo libre de drogas” y las muertes innecesarias que produce la prohibición?

Doctora en derecho

@cataperezcorrea

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