Hay una imagen que se repite en todo México: una mujer que se levanta antes que los demás en su casa, prepara a sus hijos e hijas, atiende su negocio, cuida a sus mayores y, al final del día, todavía encuentra energía para soñar con crecer. Esa mujer no es una excepción. Son millones. Casi 3 de cada 10 mujeres con trabajo en México son emprendedoras. Y sin embargo, el sistema económico sigue sin verlas como lo que son: uno de los motores más poderosos y más desaprovechados del desarrollo del país.
Las barreras son reales, documentadas y persistentes. Solo 13 de cada 100 mujeres propietarias de una MiPyME logró obtener un crédito. La gran mayoría de las emprendedoras mexicanas (aproximadamente el 82%) opera en la informalidad. Y a eso se suma la sobrecarga histórica de tareas de cuidado que limita su tiempo, su movilidad y sus posibilidades de crecimiento. No son ellas las que tienen que cambiar. Es el ecosistema.
Aunque en los últimos seis años el porcentaje de mujeres emprendedoras en México creció de 11,1% a 16,1%, el país sigue por debajo de naciones como Chile o Ecuador, donde supera el 30%. El potencial está, pero las condiciones para desarrollarlo todavía son desiguales. Hay 20 veces más empresas de tecnología fundadas por hombres que por mujeres, y cuatro veces más empresas masculinas con ingresos superiores a los 50 millones de pesos. La brecha no es de ambición. Es de acceso.
Este escenario ocurre mientras, a nivel global, por primera vez en más de una década cayó el porcentaje de mujeres en puestos de alta dirección. Y la paradoja es queel 92% de las empresas asegura tener programas activos de igualdad de género. Algo está fallando entre los compromisos declarados y los cambios reales. Ese algo tiene un nombre: la falta de consecuencias. Cuando la igualdad no tiene métricas, no tiene presupuesto y no tiene rendición de cuentas, se convierte en discurso.
El desafío no es instalar el tema en la agenda, eso ya está hecho. Es convertir los compromisos en resultados medibles. Significa financiar con criterio de género. Significa diseñar instrumentos que lleguen a quienes más los necesitan: las microemprendedoras informales, las que operan desde sus hogares, las que nunca tuvieron un historial crediticio pero llevan años sosteniendo economías familiares y comunitarias. Las pymes lideradas por mujeres en Méxicodestinan más del 70% de sus recursos a la comunidad y la familia. Apoyarlas no es solo una decisión de justicia. Es una decisión económica inteligente.
Por eso valoramos las iniciativas que traducen esa convicción en acción concreta. Tap In to Impact, lanzada por Visa en el marco de la Copa Mundial de la FIFA 2026 es un ejemplo de ese tipo de compromiso: 200.000 dólares destinados a apoyar a mujeres microemprendedoras en México a través de Pro Mujer, con foco en capacitación, acceso a financiamiento y servicios de salud. Una inversión dirigida, medible y con impacto real en las comunidades donde el torneo se juega.
Las microemprendedoras mexicanas no necesitan más reconocimiento simbólico. Necesitan capital, acompañamiento y un sistema que deje de ponerles obstáculos en el camino. México tiene la oportunidad de demostrar que el crecimiento económico y la igualdad de género no son objetivos separados, sino la misma apuesta.
CEO de Pro Mujer

