No sé si estas palabras llegarán algún día a Lara, a tus padres o a tus amigos. A ti, evidentemente, ya no pueden llegarte.
Tenías 21 años. Habías venido de España a México de intercambio, a estudiar, a conocer lugares nuevos y, como dijo tu hermana en un video que me costó trabajo terminar de ver, simplemente a vivir la vida.
Estuviste aquí apenas tres semanas.
Vi a Lara llorar y reclamar justicia por tu asesinato. La vi tratar de entender cómo alguien pudo herirte de muerte para robarte tu celular. La escuché preguntarse cómo es posible que pasen estas cosas, cómo puede normalizarse que maten mujeres jóvenes y cómo pudieron enviarte a estudiar a un lugar donde otras estudiantes habían sido asesinadas.
Sentí vergüenza. Indignación. Impotencia.
No voy a intentar explicarle a tu familia que México es un país maravilloso. Sería casi ofensivo hacerlo ahora. Para tus padres, para Lara y para muchos de quienes te quisieron, México será –quizá para siempre– el país donde mataron a Claudia.
Tienen todo el derecho.
Pero hay algo que me resisto a aceptar: que el hombre que te asesinó tenga además el poder de convertirse, para ellos, en la única cara de México.
Porque no existe un solo México.
Existe este, el que tú conociste aquella noche en Cuautla. Un país violento donde un criminal puede atacar brutalmente a una joven para asaltarla. Un país donde demasiadas mujeres han aprendido a tomar precauciones que nunca deberían formar parte de la vida cotidiana. Un país donde muchas familias saben lo que significa esperar una llamada, buscar a alguien que no regresa o exigir justicia después de enterrar a quien nunca debieron perder.
Ese México –tristemente– existe. Negarlo sería mentir.
Pero existe otro.
El de quienes corrieron a ayudarte. El de tus compañeras que hoy reclaman justicia por ti y por sus compañeras asesinadas. El de quienes vimos llorar a tu hermana y sentimos vergüenza por el país que te tocó conocer. El de quienes te escribimos buscando un atisbo de paz para los tuyos. El de millones de personas que trabajan, estudian, forman familias, ayudan a desconocidos y tratan todos los días de vivir decentemente en medio de una realidad que demasiadas veces los rebasa.
Llevo buena parte de mi vida profesional trabajando con crisis y violencia. He aprendido algo incómodo: los seres humanos somos extraordinariamente capaces de adaptarnos incluso a aquello a lo que jamás deberíamos acostumbrarnos.
México ha aprendido a vivir con demasiada violencia.
Eso no significa que la aceptemos, pero sí la hemos incorporado al paisaje. Un feminicidio más. Otra familia destrozada. Otro expediente. Otra conferencia de prensa. Hasta que aparece Lara frente a una cámara y nos obliga a mirar de nuevo lo que significa realmente cada número.
Detrás de uno de esos números estabas tú. Una joven de 21 años que estudiaba Educación Infantil que quería conocer otro país y que, pese a la preocupación de sus padres, decidió quedarse porque quería vivir la vida.
Tu asesinato provocó una enorme atención. Tanta que solo cinco días después, el hombre señalado como tu agresor fue detenido. Las autoridades dicen que habría reconocido el crimen y la Fiscalía lo llevará a juicio.
Seguramente se hará justicia, pero nada arreglará lo esencial.
Tu deberías seguir con vida.
No sé qué alcanzaste a conocer de México durante aquellas tres semanas. Quiero pensar que sí hubo risas, amistades, lugares que te sorprendieron, comida que te gustó, conversaciones que recordarías muchos años después.
Quiero pensar que antes de conocer lo peor de nosotros alcanzaste a conocer algo más.
Tu familia no tiene obligación alguna de separar a México de la manera en que te perdió.
Nadie tendría derecho a pedírselo.
La obligación es nuestra.
Conseguir que algún día una joven de 21 años pueda venir a este país a estudiar, conocer sitios nuevos y vivir la vida sin que hacerlo se convierta en una apuesta.
Eso que tú viniste a hacer.
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