En un país serio, el secuestro del padre de un alcalde y la posterior desaparición del propio alcalde no deberían terminar con una fotografía de rescate ni con un regreso discreto a la rutina. Abren una crisis de autoridad. Obligan a preguntar qué pasó, con quién habló, bajo qué presión fue liberado y, lo más importante, si puede seguir gobernando libremente.

En México, en cambio, el reflejo parece ser otro: mirar hacia otro lado y fingir que nada cambió.

Pero cambió todo.

Porque cuando un alcalde entra por coacción al radio de acción de un grupo criminal, ya no está en juego solo su integridad personal. Está en juego la integridad del gobierno mismo.

El caso de Juan Andrés Vega, alcalde de Taxco, no puede procesarse como una anécdota más de violencia. Días atrás fue secuestrado su padre. Después desapareció él. Versiones periodísticas señalan que habría acudido por sí mismo a un encuentro con los captores. Más tarde, ambos fueron localizados con vida después de un despliegue en el que participaron cientos de elementos armados.

Qué bueno que aparecieron vivos. Eso no se discute. Lo que se discute es todo lo demás.

¿De qué habló y con quién? ¿Qué le pidieron? ¿Qué ofreció? ¿Qué amenaza quedó flotando? ¿Puede regresar al despacho municipal como si nada hubiera pasado? ¿Puede seguir tomando decisiones públicas sin que exista una sombra de presión criminal?

La pregunta no es menor y no hace falta demostrar un pacto para reconocer una crisis de autoridad. Basta con admitir que un alcalde que quedó dentro del circuito de presión de un grupo criminal no puede volver al cargo como si nada hubiera pasado.

Incluso si actuó como hijo desesperado. Incluso si no ofreció nada, no prometió nada y no pactó nada. Incluso en el escenario más benévolo, el problema sigue ahí: el crimen organizado lo sacó del marco institucional y lo colocó en una zona donde el Estado dejó de ser el único interlocutor posible.

La política mexicana tiene una enorme capacidad para digerir lo inadmisible. Siempre disimulando que no pasó nada.

La ciudadanía —especialmente la de Taxco— tiene derecho a saber si este alcalde gobierna libremente. Tiene derecho a saber si el municipio está bajo presión criminal.

Tiene derecho a saber si lo ocurrido fue una negociación, una advertencia, una demostración de fuerza o una combinación de todo lo anterior.

Y el gobierno tiene la obligación de responder. Porque cuando el poder criminal toca al poder político, el silencio no es prudencia. Es abandono.

Taxco necesita saber si las decisiones públicas se toman en el palacio municipal o en otra parte. Necesita saber si el Estado recuperó el control o solo recuperó a dos personas.

Esa es la diferencia entre rescatar a una víctima y restaurar la autoridad.

Lo primero, por fortuna, ocurrió. Lo segundo está lejos de estar claro.

Nos hemos acostumbrado a una forma peligrosa de normalidad: que lo excepcional se absorba sin consecuencias. Que un alcalde sea secuestrado y después regrese. Que un grupo criminal sea señalado y después desaparezca del tema público. Que cientos de elementos de seguridad pública sean movilizados y, al final, la explicación se reduzca a un rescate exitoso.

Porque si después de todo esto no pasa nada, entonces el mensaje será brutal: un grupo criminal puede secuestrar al padre de un alcalde, arrastrar al propio alcalde a su terreno, obligar al Estado a desplegar una gran fuerza pública para recuperarlos y, aun así, la vida institucional puede seguir como si se tratara de un mal fin de semana.

No lo fue. Fue una enorme grieta. Y por esa grieta se asoma la pregunta que nadie debería dejar pasar:

¿Quién gobierna realmente en Taxco?

POSTDATA – Sobre el ataque en Teotihuacán conviene evitar una sobrerreacción. Sí es un hecho gravísimo y debe estudiarse como lo que fue: un ataque armado contra civiles en un espacio turístico, con rasgos claros de tirador activo. Pero eso no significa que México esté frente al inicio de una “moda” de imitadores, ni se viene una cascada de ataques similares.

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