A Luis Roberto, hermano y exalumno del Instituto Patria
Restaurada la Compañía por el Papa Pío VII en 1814, un par de años después dos jesuitas septuagenarios del tiempo de la antigua Provincia de México, José María Castañiza y Pedro Cantón, se ocuparon en restablecer la presencia de la Orden en estas tierras, obteniendo del régimen virreinal la restitución de varios colegios y seminarios, entre los que destacan San Ildefonso, así como el colegio para niños indígenas de San Gregorio. No obstante, hubo que salvar el bando del Virrey Juan Luis de Apodaca, de enero de 1821,que conminaba al cumplimiento de un decreto de las Cortes españolas por el que se ordenaba, de nueva cuenta, la extinción de aquélla en la Metrópoli y sus colonias de ultramar (aunque, en este caso, no se precisaba su expulsión, pero sí se le desconocía y se le despojaba de sus colegios).
Consumada nuestra Independencia en 1821, “la suerte de los jesuitas fue bastante inestable, sobre todo en una nueva nación en la que durante el siglo XIX en México hubo 64 presidentes, dos imperios, tres regencias y tres triunviratos. Aun así, en 1870 se fundó el Colegio Católico del Sagrado Corazón en Puebla, y en 1872, en la misma ciudad, un colegio de Artes y Oficios (que la Compañía dejó en 1895). En 1870 se estableció el colegio de San Juan Nepomuceno en Saltillo, y para 1896 el Instituto Científico San Francisco de Borja (o Colegio de Mascarones) en la Ciudad de México” (Arturo Reynoso, S.J., El ministerio educativo de la Compañía de Jesús y su desarrollo en México, en “Christus. Revista de Teología, Ciencias Humanas y Pastoral”, No. 840, p. 34).
En este entorno, paralelamente, “el hiato entre la Ratio Studiorum (i.e. el Código Educativo de la Orden), reeditada y actualizada con apertura a la enseñanza de las ciencias (positivas) por el P. Roothan en 1832, y el mundo moderno, se hacía mayor con el paso del tiempo…… la vocación y la misión educativas de la Compañía se empeñaron en sostener, a toda prueba, la integración, en la misma persona educanda, de la razón y de la fe, el diálogo entre ciencias y filosofía, entre tradición y modernidad. Durante el sesquiséculo de la desontologización de la cultura de occidente, del crecimiento agresivo del cientismo y, posteriormente, del tecnologismo y del funcionalismo, siempre hubo jesuitas relevantes que guiaron y enriquecieron con nuevos planteamientos la secular tradición educativa” (Xavier Cacho Vázquez, S.J., La ‘traditio educandi’ de la Compañía de Jesús en México, IBERO, Cuadernos de Reflexión Universitaria, No. 18, junio 1991, p. 13).
Éste fue, sin duda, el ambiente en el que, en el México de mediados a finales del siglo XIX, la reinstaurada Compañía se proponía educar a la juventud a la luz de dicha tradición educativa, de cara al vigor con el que el Positivismo se volvió la corriente filosófica prevalente en la educación oficial bajo el liderazgo de Gabino Barreda, quien lo introdujo en nuestro país gracias al contacto que trabó en París con Augusto Comte, y quien logró reflejarlo en la reforma educativa nacional que, al triunfo de la República bajo el presidente Benito Juárez, se cristalizó en la ley del 2 de diciembre de 1867 que, entre otros aspectos, ordenaba la creación de la Escuela Nacional Preparatoria (de la que fue su primer director, bajo el lema: “amor, orden y progreso”), así como que la educación primaria debería ser laica, gratuita y obligatoria.
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