“La única libertad que merece ese nombre es la de buscar nuestro propio bien a nuestra manera,
siempre que no intentemos privar a los demás del suyo ni impedir sus esfuerzos por alcanzarlo.”
John Stuart Mill.
Hubo un tiempo en que el futuro cabía dentro de un sobre o entre las páginas de un periódico. No llegaba con una notificación en el teléfono, ni con un mensaje instantáneo. Llegaba caminando.
El cartero avanzaba por la calle con una bolsa cargada de cartas capaces de cambiar el destino de miles de jóvenes mexicanos. Desde la madrugada, los voceadores acomodaban montañas de periódicos mientras otros miles recorrían la ciudad con la esperanza de encontrar, entre columnas interminables de números, el comienzo de una nueva historia para su familia.
Para quienes aspiraban a ingresar a la Universidad Nacional Autónoma de México, la espera era parte de la prueba. No bastaba con presentar el examen; había que aprender a convivir con la incertidumbre.
Muchos recuerdan el sonido de la bicicleta del cartero acercándose a la casa. Otros recuerdan el ritual de caminar hasta el puesto de periódicos, comprar el diario y comenzar la búsqueda. Página tras página aparecían columnas interminables de números de folio. No había buscadores digitales. Los ojos recorrían miles y miles de registros con el corazón acelerado.
Cada cifra era una posibilidad. Cada línea leída acercaba o alejaba un sueño.
Cuando finalmente aparecía el número propio, el tiempo parecía detenerse. Era un instante silencioso, íntimo, que después se convertía en un abrazo, un grito o unas lágrimas compartidas con la familia. No se celebraba únicamente haber ingresado a una universidad; se celebraba la confirmación de que el esfuerzo, las horas de estudio y las ilusiones habían encontrado un lugar donde florecer.
Y cuando el número no aparecía, también había una lección. La decepción dolía, pero obligaba a mirar nuevamente el horizonte. La UNAM enseñaba incluso antes de abrir sus aulas que la vida está hecha de perseverancia, de paciencia y de nuevos intentos.
Aquella espera tenía algo profundamente humano. El tiempo permitía imaginar. La incertidumbre construía carácter. La noticia no llegaba sola: llegaba acompañada por el barrio, por la familia, por el vecino que preguntaba si ya había llegado el correo o por el voceador que conocía a los muchachos que cada año buscaban su destino entre las páginas del periódico.
Los carteros y los voceadores fueron, sin proponérselo, mensajeros de millones de historias. Entregaron mucho más que cartas y periódicos; repartieron esperanzas, alivios, desilusiones y futuros. Sin saberlo, también entregaban la última lección antes de cruzar las puertas de la Universidad Nacional: aprender a convivir con la incertidumbre.
Hoy solemos pensar que la incertidumbre es un obstáculo, cuando durante décadas fue parte del aprendizaje. Nadie podía pedirle al cartero que acelerara el paso ni al voceador que adelantara la edición del periódico. Después de meses de estudio sólo quedaba esperar. Y esa espera también educaba, porque enseñaba que hay conquistas que no admiten atajos, que el mérito exige paciencia y que la dignidad de una meta depende tanto del camino recorrido como del momento en que finalmente se alcanza.
Quizá por eso resulta tan doloroso que una generación tenga que hablar hoy de trampa para ingresar a la universidad. No porque la UNAM sea frágil; la Universidad Nacional seguirá Autónoma y de pie. Lo verdaderamente frágil es el pacto moral que durante generaciones sostuvo la confianza de millones de jóvenes: la certeza de que un lugar en sus aulas debía ganarse estudiando.
Quien participa deliberadamente en un fraude no sólo quebranta las reglas de un examen; rompe un acuerdo ético con su generación. No defrauda únicamente a la UNAM. Defrauda a México. Defrauda a miles de jóvenes que aceptaron la incertidumbre como parte del esfuerzo y que entendieron que estudiar significaba renunciar, durante meses, a fiestas, reuniones familiares y horas de descanso para perseguir un sueño.
Cada lugar obtenido mediante el engaño tiene otro nombre que nunca conoceremos. Es el nombre de la joven que estudió hasta la madrugada. Es el del muchacho que cambió una fiesta por una guía de estudio. Es el de la madre que hizo sacrificios para comprar libros. Es el del padre que veía en la educación pública la posibilidad de cambiar la historia de su familia. Es el nombre que el cartero nunca pudo entregar y el folio que el voceador nunca vio convertirse en un abrazo.
Por eso el daño no termina el día del examen. Comienza ese día. Quien aprende que el engaño abre una puerta puede terminar creyendo que también abrirá las de su vida profesional. Detrás de un abogado que nunca respetó las reglas puede haber una víctima sin justicia; detrás de un médico que llegó por el camino del fraude puede haber una vida perdida; detrás de un ingeniero, una obra mal construida; detrás de un servidor público, una decisión que lastime a miles de personas. La corrupción rara vez comienza con un gran delito; casi siempre empieza con una pequeña mentira que dejó de tener consecuencias.
A quienes organizaron, comercializaron o facilitaron un fraude les corresponde responder ante la ley. Lucrar con la esperanza de miles de jóvenes es lucrar con el futuro del país.
Y a quienes saben que un hijo, una hija, un hermano, una hermana, un sobrino, una nieta, un ahijado o un amigo obtuvo un lugar mediante el engaño, les corresponde quizá el acto de amor más difícil: convencerlo de no inscribirse, de esperar una nueva convocatoria y de ganarse ese lugar con su propio esfuerzo. Un año de espera nunca pesará tanto como una vida construida sobre una mentira.
La Máxima Casa de Estudios no puede permitirse que la duda eclipse el mérito. Si existe la más mínima sombra sobre la limpieza del proceso, bien vale la pena repetirlo. Porque una universidad que ha enseñado a generaciones enteras que la verdad se construye con rigor también debe demostrar que el acceso a sus aulas se sostiene sobre la misma convicción.
Por eso aquellos sobres y aquellos periódicos conservan un valor simbólico extraordinario. Nos recuerdan que los grandes momentos llegan, a veces, en papel, con tinta fresca y en las manos de un cartero o de un voceador que, sin saberlo, entregaban el porvenir.
Cambiaron los tiempos, pero no debería cambiar aquello que hizo grande a la Universidad Nacional: la certeza de que el conocimiento no se compra, el mérito no se falsifica y la incertidumbre también forma parte del esfuerzo. Porque ningún atajo vale más que la tranquilidad de mirar a los ojos a los demás y a uno mismo para decir:
«Este lugar me lo gané»
Porque la encrucijada de la UNAM nunca ha sido solamente un examen de admisión. Ha sido, desde siempre, la encrucijada de la juventud mexicana: el momento en que una persona decide no sólo qué profesión estudiará, sino también qué clase de ciudadano quiere ser.
Por mi raza hablará el espíritu.
México. Pumas. Universidad.
¡Goya! ¡Goya! ¡Cachún Cachún Ra Ra! ¡Cachún Cachún Ra Ra! ¡Goya! ¡Universidad!
Presidente fundador de Cauce Ciudadano AC
@carloscauce

