Después de más de dos décadas del estreno de Troya, de Wolfgang Petersen, Christopher Nolan ha presentado su más reciente obra maestra: La Odisea. La película ha sido un éxito en México y en el resto del mundo. A pesar de durar casi tres horas, es una obra que no da descanso; sin embargo, reducir este filme a una película de acción sería injusto y mezquino. Si hay algo que permite que obras como la Ilíada y la Odisea sigan teniendo éxito a lo largo de la historia es que apuntan a la naturaleza humana que, pese a los increíbles avances de la tecnología, pareciera mantenerse intacta.
Uno de los temas fundamentales que trascienden en muchas de las obras del mundo griego es la importancia de dar sepultura a los muertos. En la Odisea original, este tópico está encarnado en Elpénor, el compañero de Odiseo cuya sombra le suplica un funeral para no vagar sin descanso. En la película, ese mismo drama aparece representado en Sinón, un soldado griego que —aunque no figura en el poema de Homero, sino en la Eneida— cumple la función de recordarnos el destino de quienes caían en combate y quedaban condenados a errar por el Hades por no haber recibido las honras fúnebres.
Esto es reforzado en la película con la visita de Odiseo al Hades, lugar del que tiene que escapar cuando todos los soldados que no habían sido debidamente enterrados comienzan a perseguirlo en busca de venganza.
Este tema es central también en la Ilíada, y aparece bien representado en la película Troya. Aquiles venga la muerte de su amigo Patroclo asesinando a Héctor y arrastrando su cadáver por el campo de batalla. Es tanta su desmesura y su ensañamiento con el cuerpo que los dioses intervienen y conminan a Príamo, padre de Héctor, a internarse en el campo enemigo para pedirle compasión y lograr, finalmente, la devolución del cadáver de su hijo para poder enterrarlo según la tradición.
En otras obras clásicas se repite el mismo tópico: en Antígona, una joven desafía la ley del rey con tal de dar sepultura a su hermano; en Áyax, toda la mitad de la obra es una discusión para evitar que el cadáver del héroe sea devorado por los perros; en la Eneida, el fantasma de un marinero vaga sin consuelo por el Inframundo solo porque nadie le echó un poco de tierra encima. En Las Suplicantes, unas madres mueven cielo y tierra para recuperar los cuerpos de sus hijos caídos. En todas ellas, la trama principal es la misma: cuando a un muerto se le niega el descanso, los vivos pierden su humanidad.
La temática resulta de plena actualidad cuando sabemos que en México hay más de 135 mil personas desaparecidas. Junto a ellas, hay miles de familias y madres buscadoras que, como Las Suplicantes, buscan desesperadas dar con sus hijos o, por último, con sus cuerpos, para darles la sepultura que merecen.
La Odisea de Nolan es una oportunidad para empatizar con las madres buscadoras y para comprender, como sociedad, que lo que buscan no es un capricho, sino un sentimiento tan profundo y humano que ha inspirado a los poetas desde los tiempos de Homero.
Profesor investigador de la Escuela de Humanidades y Educación del Tecnológico de Monterrey

