El 250 aniversario del nacimiento de los Estados Unidos de América, ha convocado un sinnúmero de reflexiones que van desde las estrictamente históricas, hasta las políticas y económicas, pasando desde luego por muy variados recuentos de la gran influencia que ha tenido esta gran nación en los más diversos ámbitos y en el mundo entero.

Tampoco han faltado, desde la ignorancia y las posturas más simplista, los exabruptos condenatorios o despectivos de aquellos para quienes se trata solamente de los festejos de un imperio decadente. La animadversión ideológica que la Unión Americana se ha ganado a través de estos dos siglos y medio es enorme y se extiende como un velo que impide en ocasiones razonar con un mínimo de objetividad sobre el significado que ha tenido esta nación para el curso de la historia de la humanidad, especialmente a lo largo del siglo XX y lo que va de este.

Lamento que entre los políticos y mandatarios que no tienen idea clara del gigante del que somos vecinos esté la presidenta Sheinbaum, quien con bastante desparpajo –a pesar de que vivió un tiempo allá– comentó que “México es cultura. Nosotros somos una potencia cultural. Hay países que, como Estados Unidos, por ejemplo, que es una potencia económica, pero no es una potencia cultural. Allá lo más importante siempre es el dinero, la acumulación, el tener más".

Un día después, el 4 de julio, de forma fingidamente casual perdió la oportunidad de rectificar su comentario anterior y se limitó a decir: “Por cierto, hoy se celebran 250 años de la independencia de los Estados Unidos y le mandamos felicitaciones a su pueblo y a su gobierno. Y también recordamos que todas las naciones tenemos derecho a ser libres e independientes”.

Confundir los momentos más oscuros que ha tenido esta nación, con los que sin duda sólo podemos juzgar como brillantes, es un grave error; y lo mismo puede decirse de forma inversa, si tan solo se quiere idealizar “el sueño americano” o los muchos oropeles de su sociedad.

Por supuesto que estamos ante un imperio, pero convendría en principio darle un sentido extraideológico para poder poner sobre la mesa de forma serena su inmenso potencial material y cultural así como, inevitablemente, su poderío militar.

Y así como ha sido el asidero de profundas y lastimosas barbaridades como la segregación racial y las infames organizaciones que la han alentado –decir Ku Klux Klan es nombrar una de las peores vergüenzas de su historia– o, en el plano exterior, intervenciones atroces como la que derrocó al gobierno de Salvador Allende en Chile o, antes, Jacobo Arbenz en Guatemala, o guerras injustas como la de Vietnam, también es preciso reconocer que ha sido un modelo –limitado, pobre, contradictorio, como se quiera, pero consistente en el largo plazo– de vida democrática.

Hoy, su democracia, no sin razón, es vista por muchos analistas en picada o en graves apuros. El perfil de aquella nación prometedora que Alexis de Toqueville viera como modelo de contrapesos políticos y equilibrios institucionales sólidos para alejar la tiranía o las tentaciones autoritarias, está siendo puesto a prueba como nunca.

En esa crisis Estados Unidos no está solo, porque el populismo, ya sea de derecha o izquierda, trabaja con los mismos principios en todas partes; “La política –como ha dicho Anne Applebaum– ya no se divide tradicionalmente entre izquierda y derecha, sino entre quienes creen en la democracia, el pluralismo y el Estado de derecho, y quienes quieren destruirlos. El populismo radical, sea de un signo u otro, odia las instituciones independientes porque limitan su poder”.

Quiero creer que de las grandes y amargas pruebas a las que está siendo sometida la vida democrática en Estados Unidos, la sociedad libre y defensora de sus derechos saldrá airosa. Tiene una enorme historia de grandes hombres, extraordinarias ideas e instituciones maduras que lo harán posible. Quiero creer.

@ArielGonzlez

FB: Ariel González Jiménez

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