Imagina que un lunes por la mañana despiertas y tu teléfono ya gestionó la renovación de tu seguro de auto, comparó tres opciones de vuelo para el viaje que tienes planeado en noviembre y reordenó la alacena que se agotó el fin de semana, todo mientras dormías. No es ciencia ficción ni el guión de una película de Silicon Valley. Es la dirección hacia la que apunta con creciente nitidez la próxima fase del comercio digital: el llamado Agentic Commerce. La forma en que compramos ha cambiado varias veces en apenas tres décadas. Pasamos del mostrador físico al catálogo en internet, del catálogo al carrito de Amazon, del carrito a la compra con un clic desde el teléfono. Cada salto redujo la fricción y acortó el tiempo entre el deseo y la transacción. La siguiente evolución no acorta ese camino: lo elimina. En el modelo agéntico, un sistema de inteligencia artificial actúa como intermediario autónomo que toma decisiones de compra en nombre del usuario, con criterios definidos por él pero ejecutados sin su intervención constante.

¿Qué es exactamente el Agentic Commerce?

En términos simples, un agente de comercio es un programa inteligente al que le dices: “quiero el vuelo más barato que salga un viernes después de las 6 pm, que no haga escala y cueste menos de 4,000 pesos”, y él monitorea, compara, espera el momento oportuno y compra. O bien: “gestiona mi suscripción de streaming para que siempre tenga activa la plataforma donde esté disponible la serie que estoy viendo”. El agente no solo busca: decide, paga y confirma. Los casos de uso van desde lo mundano hasta lo sofisticado. Una despensa que se reordena sola cuando detecta niveles bajos en casa. Un gestor de tarifas eléctricas que cambia tu contrato al plan más conveniente según tu consumo mensual. Un asistente corporativo que compara proveedores, valida términos y procesa órdenes de compra. Lo que une a todos estos escenarios es la misma idea central: la decisión de compra ya no requiere que un humano la ejecute en tiempo real.

La escala del fenómeno

No se trata de un experimento marginal. Reportes recientes de firmas globales de análisis y consultoría estiman que entre el 20% y el 40% de las transacciones de comercio electrónico podrían ser gestionadas por agentes autónomos en los próximos cinco años. Las grandes plataformas tecnológicas —desde las que dominan el comercio minorista hasta las que lideran los sistemas operativos móviles— están invirtiendo de forma acelerada en capacidades agénticas. No es casualidad: quien controle al agente controla el punto de decisión de compra. Y eso vale más que cualquier campaña publicitaria. El Agentic Commerce no es solo una mejora de la experiencia del usuario. Es una reconfiguración profunda de quién tiene influencia sobre el consumidor y, por tanto, del poder dentro del ecosistema comercial.

Tres transformaciones que este modelo exige El impacto del comercio agéntico se distribuye de manera distinta según el ángulo desde el que se observe.

Para la infraestructura de pagos, el reto es construir sistemas que no estén diseñados exclusivamente para humanos. Hoy, gran parte de la experiencia de pago —autenticaciones, validaciones, notificaciones— asume que hay una persona mirando una pantalla. Los agentes operan en fracciones de segundo, sin pantalla, y necesitan APIs abiertas, autorización en tiempo real y modelos de antifraude capaces de distinguir entre una transacción legítima automatizada y una intrusión maliciosa. La infraestructura debe hablar el idioma de las máquinas sin sacrificar la protección del usuario.

Para los comercios y plataformas de venta, la revolución es quizás más incómoda. Durante décadas, la competencia en retail digital giró en torno a atraer al consumidor: buenas fotos, reseñas, algoritmos de recomendación, experiencias de usuario cuidadas al milímetro. Ahora el consumidor puede no estar mirando. El nuevo competidor que hay que conquistar es el algoritmo que actúa en su nombre. Eso exige catálogos estructurados, precios accesibles a sistemas externos, datos de disponibilidad actualizados en tiempo real e interoperabilidad con las plataformas agénticas. El posicionamiento ya no es solo visual: es también algorítmico.

Para los bancos y fintechs emisores de productos financieros, el desafío es diseñar instrumentos que puedan ser operados por agentes bajo las reglas que el propio usuario establezca. Una tarjeta inteligente que permita al usuario definir límites por categoría, horario o proveedor. Una cuenta que autorice pagos automáticos solo si se cumplen ciertas condiciones. El dinero sigue siendo del usuario, pero su movimiento se delega, parcialmente, a un sistema. La confianza, la transparencia y el control son la nueva diferenciación competitiva.

México frente a esta ola

El mercado mexicano enfrenta esta transición con condiciones particulares. Aunque el e-commerce creció de forma acelerada en años recientes, persisten brechas significativas: una fracción importante de la población sigue sin acceso pleno a servicios bancarios formales, la desconfianza en los pagos digitales continúa siendo una barrera real para millones de usuarios, y la infraestructura tecnológica es desigual entre regiones y segmentos. A esto se suma una regulación que, aunque progresista en algunos aspectos —la Ley Fintech mexicana fue pionera en la región— todavía no contempla explícitamente los marcos necesarios para el comercio agéntico: identidad de agentes, responsabilidad en transacciones automatizadas, gobernanza del gasto delegado. Y el ecosistema digital sigue fragmentado: múltiples plataformas, distintos estándares, baja interoperabilidad. Los caminos para mitigar estos retos existen, aunque requieren voluntad coordinada. La educación financiera y digital debe evolucionar para incluir no solo el uso de aplicaciones, sino la comprensión de qué significa delegar decisiones económicas a un sistema. La infraestructura de pagos necesita inversión sostenida, especialmente en puntos de conexión entre el sector formal e informal. Y la colaboración entre fintechs, bancos tradicionales y reguladores será indispensable para construir marcos de confianza que protejan al usuario sin sofocar la innovación.

La pregunta que nadie quiere hacerse todavía

Hay una dimensión del Agentic Commerce que suele quedar fuera del entusiasmo tecnológico: la concentración de poder. Si los agentes que compran en nombre de millones de personas son operados por tres o cuatro plataformas globales, el mercado no se vuelve más eficiente ni más libre. Se vuelve más legible para quien controla al agente, y más opaco para todos los demás. El riesgo no es menor. Significa que las decisiones de compra de una economía entera podrían estar mediadas por sistemas cuya lógica es privada, cuyos incentivos no siempre coinciden con los del usuario, y cuya escala haría prácticamente imposible la competencia para actores locales que no participen de sus ecosistemas. México tiene la oportunidad de no llegar tarde a esta conversación. Pero eso requiere que los reguladores, los emprendedores y la industria financiera la tomen en serio hoy, antes de que las reglas del juego sean escritas en otro lado. El algoritmo ya está aprendiendo a ir de compras. La pregunta es si nosotros decidiremos cómo se comporta, o simplemente lo dejaremos actuar.

Ankit Sharma, Partner, Monitor Deloitte S-LATAM

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