La familia Escandón presumía un árbol genealógico tan antiguo como influyente, tejido a base de alianzas matrimoniales y una notable habilidad para estar cerca del poder. El apellido tenía presencia en la Nueva España desde el siglo XVIII gracias a José de Escandón y Helguera, un hidalgo que, tras una destacada carrera militar, obtuvo el título de Conde de Sierra Gorda.
Aunque el prestigioso título nobiliario sobrevivió algunas generaciones, la línea principal terminó por extinguirse y buena parte de los descendientes del linaje quedó dispersa entre Veracruz y Tamaulipas. Décadas después aparecería Pablo Escandón Cavandi, español originario de Santander, quien llegó a Veracruz con la ambición de convertirse en un comerciante próspero. La realidad fue menos amable, pues lejos de hallar apoyo entre los Escandón ya establecidos, tuvo que abrirse camino por cuenta propia.
La suerte cambió cuando se casó con María Guadalupe Garmendia Mosquera, integrante de una acaudalada familia vinculada al lucrativo negocio del tabaco. Aquella unión no sólo consolidó una alianza económica de primer nivel, sino que dio origen a una de las dinastías empresariales más poderosas del México decimonónico. Durante los 25 años de matrimonio tuvieron 14 hijos, una auténtica red familiar destinada a multiplicar el prestigio de su apellido.
Cuando Pablo murió a los 54 años, la fortuna quedó temporalmente bajo la administración de sus yernos, Alejandro María Arango e Ignacio Amor. No obstante, luego de la expulsión de los españoles, decretada en 1825, se desataron disputas por la hacienda familiar, tensiones que se agravaron tras la muerte de la viuda en 1833. Aunque Joaquín, el hijo mayor, intentó asumir el liderazgo, fue su hermano Manuel Escandón quien terminó convirtiéndose en una figura dominante.

Sólo un año después de la muerte de su padre, a sus 18 años, Manuel comenzó a incursionar en el negocio de la minería en San Luis Potosí, logro que consiguió luego de que su hermano Joaquín se casara con Lina Fagoaga (hija de José María Fagoaga, importante minero zacatecano), pues su dote fue de poco más de 209 mil pesos e incluía acciones mineras. Así, con estos aportes y gracias a su cercanía con Antonio López de Santa Anna, fundó la compañía minera Zacateco-Mexicana.
Ahora bien, durante la época de esplendor de su Alteza Serenísima, Manuel y el menor de sus hermanos, Antonio, ampliaron sus relaciones a niveles extraordinarios. Se convirtieron en dueños de empresas de transporte, comerciantes y prestamistas, y construyeron un patrimonio que les permitió financiar al régimen. De hecho, los préstamos otorgados al Estado eran tan cuantiosos que, cuando las arcas públicas no podían responder, los Escandón obtenían derechos sobre cuantiosos ingresos aduanales. Ejemplo de su poder e influencia fue cuando, tras la venta de la Mesilla en 1853, ya que México no contaba con alguna institución financiera para recibir los 10 millones de pesos del precio, los Escandón fueron quienes administraron el cobro, quedándose gran parte del dinero como pago por las deudas que el Estado tenía con ellos.
Los Escandón siguieron colaborando con el gobierno porfirista, participaron en negocios ferroviarios, invirtieron en comunicaciones y aun fueron de los primeros en incorporar líneas telefónicas a sus actividades. No obstante, su bonanza terminaría con la Revolución Mexicana, cuando se vieron obligados a huir a París, donde se alojaba Díaz, para luego regresar casi 30 años después, bajo la regencia de un nuevo orden al que intentarían adaptarse.

