Hablar de los horrores de la Conquista exige señalar, más que a Hernán Cortés, a Pedro de Alvarado, a quien, dice Miguel León Portilla, los indígenas llamaban Tonatiuh, El Sol, un hombre despiadado. La matanza del Templo Mayor —como antes la de Cholula— fueron actos cobardes, brutales, que solo se explican por una codicia desenfrenada. La visión de los vencidos recupera muchos otros hechos brutales durante la Conquista.
Pero los aztecas, el imperio dominante en anchos territorios de lo que hoy es México, habían consolidado su poder por medio de la violencia y la barbarie y a los pueblos sometidos les imponían tributos atroces, tomaban a sus mujeres e hijas y con sus prisioneros practicaban un ejercicio abominable: el sacrificio humano. Relata Bernal Díaz: “y cada día sacrificaban delante de nosotros tres o cuatro o cinco indios, y los corazones ofrecían a sus ídolos, y la sangre pegaban por las paredes, y cortábanles las piernas y los brazos y los muslos, y lo comían como vaca que se trae de las carnicerías en nuestra tierra...” (La historia verdadera de la conquista de Nueva España).
Y qué decir de un Moctezuma que, encolerizado porque los sabios y hechiceros no pudieron darle respuesta sobre lo que presagiaba la llegada de los españoles, ordenó que fueran a los pueblos donde estuvieran los nigromantes y mataran a sus mujeres e hijos “...y fueron a las casas de ellos, y mataron a sus mujeres, que las iban ahogando con unas sogas, y a los niños iban dando con ellos en las paredes haciéndolos pedazos, y hasta el cimiento de las casas arrancaron de raíz.” (La visión de los vencidos).
Los tlaxcaltecas, los texcocanos, chalcas, cempoaltecas, otomíes y otros pueblos que apoyaron a los conquistadores buscaron vengarse de sus enemigos, y su participación fue crucial en la derrota de Tenochtitlán, pero se equivocaron porque solo cambiaron un vasallaje por otro.
Muchos años después, el 28 de septiembre de 1810, el cura Miguel Hidalgo, otro héroe de nuestra historia, condujo a sus huestes al asalto de la Alhóndiga de Granaditas en Guanajuato, a donde se habían refugiado los españoles; una vez que lograron irrumpir en aquel bloque, lo que siguió fue una orgía de sangre, robo y pillaje. “En el suelo se entremezclaron en una masa informe la sangre, la carne, las vísceras y los huesos humanos, escribió José Antonio Aguilar Valdez, académico de la UNAM. No fue el único episodio de barbarie: tras la toma de Guadalajara, el 12 de diciembre de 1810, Hidalgo ordena que sean pasados a cuchillo los españoles: entre 500 y 700 fueron asesinados a machetazos.
De allí venimos. Somos los descendientes de unos y otros. Octavio Paz nos recuerda que “los verdaderos herederos de los asesinos del mundo prehispánico no son los españoles peninsulares sino nosotros, los mexicanos que hablamos castellano, seamos criollos, mestizos o indios.” Pero esa es solo una parte de nuestra genealogía, hay otra admirable y luminosa. Una no se entiende sin la otra. Una no niega a la otra.
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