Desde siempre los diplomáticos cumplen una tarea secreta: averiguar las fortalezas y las debilidades de los gobiernos en donde están acreditados; establecer relaciones con actores relevantes —altos funcionarios del gobierno, dirigentes de la oposición, empresarios, líderes sociales, directivos de medios y académicos, significativamente— que les permita acceder a información sensible.
Esa información, que incluye los nombres de los políticos que presuntamente protegen a los criminales, es transmitida a sus cancillerías (en el caso de Estados Unidos al departamento de Estado) o al mismo presidente a través de canales que no pasan por los conductos diplomáticos tradicionales.
Un ingrediente que le dio un enorme valor a la obra de Frederic Katz: La guerra secreta en México, consistió en haber reconstruido nuestra historia a partir de archivos públicos y privados no solo mexicanos, sino también de Estados Unidos, Alemania, Austria, Gran Bretaña, Japón, España y Cuba.
Quizás lo más importante del libro de próxima aparición (Fronteras. Mi lucha por un Estados Unidos incluyente) del exembajador Ken Salazar no sea lo que está en sus páginas, sino lo que se guarda para sí porque contar lo que sabe exhibiría las tareas clandestinas que cumplen los representantes de la DEA y la CIA adscritos a la embajada y ese tema lo convertiría en delincuente porque afectaría la seguridad nacional.
Con astucia, Ken Salazar logró un acercamiento inusual con el entonces presidente Andrés Manuel López Obrador; como acostumbramos decir en México, se metió hasta la cocina. Solo en el último tramo de su representación expresó opiniones incómodas: “la estrategia de abrazos, no balazos, no funciona”, dijo, al tiempo que reprobó la reforma judicial. López Obrador reaccionó cerrándole el acceso a Palacio Nacional.
Según cuenta Salazar, a finales de agosto de 2024, luego que Ismael Zambada El Mayo, fue sustraído para llevarlo ante un juez en Estados Unidos, López Obrador habría estado muy preocupado por lo que pudiera soltar sobre funcionarios públicos mexicanos. Un prominente empresario, que según Salazar, le hablaba al oído a López Obrador y era su confidente al que llama “El Susurrador“, le confió esto.
No es difícil imaginar que, en efecto, tras la captura de El Mayo, López Obrador haya expresado a su gente cercana su preocupación por lo que podría decir el “jefe de jefes”, no necesariamente porque hablara con la verdad, sino porque sus dichos podrían ser inducidos por la fiscalía para dañar su proyecto, lo cual no es improbable.
Pero, ¿cómo descalificaría ahora los dichos de un capo del narcotráfico cuando López Obrador, Claudia Sheinbaum y otros personeros de la Cuarta transformación le han dado total credibilidad a las acusaciones de criminales convertidos en testigos colaboradores en contra de Genaro García Luna?
Lo cierto es que pronto vencerá el plazo para la detención de Los diez de Sinaloa, y si Sheinbaum mantiene su protección,el gobierno estadounidense procederá a hacer lo que desde hace tiempo ha anticipado sin susurros, casi a gritos.
Presidente de Grupo Consultor interdisciplinario @alfonsozarate
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