Para mi hermano Fer y a Roberto Diego, pensando el 30

En México solemos decir que algo “está en chino” cuando resulta extremadamente difícil. Quizá nunca esa expresión, en mi caso personal, había sido tan pertinente como ahora. Porque, paradójicamente, es China la que hoy enciende una discusión mundial sobre una dificultad cada vez más extendida: encontrar compañía, construir relaciones y enamorarse en la era de la inteligencia artificial con vínculos no humanos. Porque, como dice Fito Páez, “Nadie puede y nadie quiere vivir sin amor”. Para cubrir esta necesidad o alcanzar parcialmente la meta, popularmente se plantea que “en la guerra y en el amor todo se vale”, tanto que se reclama el amor en donde sea, con quien se pueda.

Entrando en materia, relacionemos esto con el anunció de que el gobierno chino prohíbe que los modelos de la IA (robots, avatares) se conformen en sus usos como parejas o acompañantes sentimentales, esto con el objeto explícito de evitar la dependencia emocional de los usuarios -de las personas que necesitan un soporte que no encuentran en las relaciones reales-, dado que son servicios que reemplazan las relaciones humanas. Detrás de esta decisión se encuentra una caída en la tasa de natalidad en China, una dependencia emocional de usuarios -a confesión de parte, relevo de pruebas- y un crecimiento notable de la depresión en el mundo (la Organización Mundial de la Salud -OMS- señala que 300 millones de personas sufren depresión en el mundo, matizando que la soledad se presenta como pandemia mundial). Es pertinente distinguir ambos términos. Mientras que la depresión constituye un problema clínico, la soledad implica una condición relacional, que puede o no desembocar en cuadros depresivos. Que ambos problemas tienen que ver con la salud mental, no hay duda. Al hablar sobre la soledad y el uso de acompañantes sentimentales, Jorge Fontevecchia, periodista argentino, titulaba el espacio editorial que dirige como “China prohíbe que la IA te quiera”.

Algo está pasando en nuestras sociedades para que esto ocupe un lugar en la discusión internacional. No hay dudas, Descifremos -Descifr3mo5, en Género y salud en cifras- plantea, siguiendo a la OMS, que la depresión constituye un problema importante de salud pública en México. En datos de la OMS, más de 4% de la población mundial vive con depresión y los más propensos a padecerla, se indica, son las mujeres, los jóvenes y los ancianos.

La depresión ha crecido en el mundo, impulsada por crisis globales, los escenarios de guerra múltiples, el crecimiento de la violencia social, como un racimo de problemas sociales que afectan visiblemente a más de 300 millones de personas. La reporta que trastornos como la depresión y la ansiedad son las causas principales de discapacidad global. Sobre la ansiedad, hemos aludido aquí, citando el trabajo de Jonathan Haidt -La generación ansiosa-, subrayando lo que señala el autor de que "El juego libre decayó al mismo tiempo que el ordenador personal se volvió más común").

Algunos datos mundiales para dimensionar el tamaño del problema. En cuanto a la población afectada, se señala que cerca del 5,7% de los adultos padecen depresión en el planeta. Las mujeres registran una tasa de afectación mayor (6,9%) en comparación con los hombres (4,6%). Pensando en el tiempo histórico, informes recientes de la OMS muestran crecimientos notables superiores al 15%-18% en la última década, agravados tras emergencias sanitarias mundiales. En el programa de Fontevecchia, al enfocar la población argentina, se señalaba que de los grupos más afectados, en lo que hace a soledad no deseada, destacaba el de los adolescentes, de 13 a 17 años, con 20.9%, la población juvenil de 18 a 29 años, un 17.4%, en tanto que en el grupo de más de 60 años se alude a 11%, claro que se remataba con la argumentación de que se trata de necesidades afectivas diferentes. En Estados Unidos de América, se plantea que el 77% de pacientes usó la IA como apoyo emocional; 13% de los pacientes atendidos por psicólogos, establecieron relaciones románticas con chatbots, mientras que un 72% de adolescentes vivió experiencia de un compañero de la IA. Este escenario debe activarnos a la reflexión.

En el caso de los grupos de mayor edad, y sus necesidades específicas de compañía, no soslayemos el envejecimiento poblacional, y la calidad de vida con que se llega a los últimos años de vida. El libro del escritor portugués José Saramago es una vidriera pertinente, en , para pensar en los costos de prolongar la vida al infinito -el sueño de la oligarquía tecnológica-. Un entorno económico precario, que hacia el futuro no abre ventanas, al contrario, se subsume en procesos de mayor precariedad, p. ej., la uberización del trabajo, como lo más notable en la escena del futuro próximo.

Comentábamos (EL Universal, 30/08/2025) sobre Franco Bifo Berardi, aludiendo a la caída en el contacto cuerpo a cuerpo, sexual. Ergo, una drástica reducción de la frecuencia de los contactos sexuales, con su impacto en la aceleración de la transición demográfica; en prospectiva en el mercado de trabajo, en específico con los gastos asociados a las pensiones y jubilaciones; en las instituciones escolares, con edificaciones en desuso en pocos años; el aumento en el enamoramiento de artefactos producidos por la Inteligencia Artificial -IA-, plataformas y Alexas en potencial crecimiento, ya anunciado en la película “Her”). El destino nos alcanzó.

Antes de acercarnos a algunos datos de la estadística oficial mexicana, vale señalar que es de tal gravedad el problema que al menos en el Reino Unido y en Japón se han creado Ministerios de la Soledad para encararle. En fin, no es un problema de moda.

Ahora, metámonos en México, para aludir a varios datos estadísticos que nos parece pueden ayudarnos a dilucidar el intríngulis. En la siguiente gráfica podemos ver en una breve línea del tiempo la disminución en los nacimientos registrados.

Nacimientos y divorcios
Nacimientos y divorcios

Se aprecia una caída en el registro de 35 años. Que en el período del 2020 al 2025 se haya presentado un leve incremento, es pertinente leerlo a la luz del encierro; el dato no está aislado de este hecho. Acerquémonos ahora a información concerniente al divorcio.

Uso medios de comunicación
Uso medios de comunicación

Por el lado del divorcio encontramos una tendencia contraria. Un incremento notable. Del año 2000 a 2024, aumentó en un poco más de tres veces.

Veamos ahora el siguiente dato con la intención de pensar en lo relacional. Revisemos el promedio del tiempo semanal de la población en actividades de convivencia y entretenimiento, según sexo y grupo de actividades en 2024 (en horas). La utilización de medios de comunicación masiva es la actividad que más ocupa el tiempo: promedio en horas, 15.3 en Hombres, 14.5 en Mujeres. Regresemos a ponderar el planteo de Haidt, de que "El juego libre decayó al mismo tiempo que el ordenador personal se volvió más común". Veamos ahora la asistencia a eventos deportivos o de entretenimiento. Se trata de la actividad que menos horas ocupa semanalmente, hasta llegar a 3.0 en Hombres y 2.9 en Mujeres.

En las gráficas expuestas se presenta evidencia sobre procesos de desarticulación de nexos sociales convencionales (caída en la tasa de natalidad, aumento del divorcio, inclinación por actividades que privilegian lo individual), que pueden a su vez ilustrar sobre el ensanchamiento del individualismo. La alusión de Bifo Berardi a la disminución del contacto sexual, aunque no presenta evidencia empírica, puede aludir a un cambio antropológico que debe ponderarse.

No estamos limitándonos a una explicación meramente demográfica. Lo que sugieren las gráficas expuestas no apuntan comportamientos aislados (aunque ésta es una posible lectura desde lo sociodemográfico), sino la posible transformación de una estructura antropológica de la vida social. Estamos destacando tres indicadores que, aunque pertenecen a ámbitos distintos, parecen apuntar en una misma dirección: a) la disminución sostenida de los nacimientos registrados; b) el incremento importante de los divorcios; c) el creciente peso del tiempo dedicado a medios de comunicación masiva frente a formas presenciales de convivencia. Sumemos un indicador más, en el que destaca la capacidad de un sector del capital para respirar los nuevos tiempos, en el entendido de que el capital percibe incluso antes que los científicos sociales la emergencia de nuevas necesidades, nuevas formas de consumo, nuevos nichos de valorización. Nos referimos a la arquitectura, que también comienza a narrar el cambio antropológico. Atendamos el auge de viviendas concebidas para una o dos personas, que no es únicamente una decisión urbanística; constituye una respuesta del mercado a nuevas formas de vida. El capital inmobiliario, extraordinariamente sensible a las tendencias de largo plazo, reorganiza el espacio doméstico conforme cambia la estructura de los hogares. En información del INEGI, se señala que los hogares unipersonales pasaron en 2010 del 8.8-9.5% a, en 2020, al 12.2-12.4% del total de hogares nacionales. En la caracterización del INEGI sobre los hogares unipersonales se pone atención particular en los grupos de mayor edad, pero las tendencias recientes indican la inclusión paulatina de grupos poblacionales jóvenes.

Por sí mismos, ninguno de estos indicadores demuestra el aumento del individualismo. Sin embargo, cuando se leen como un conjunto dejan de ser fenómenos independientes y adquieren un significado sociológico, en el que el comportamiento individual articulado a la algoritmización social empuja cambios en las estructuras sociales.

Aquí convendría introducir una idea metodológica importante. No se trata de afirmar que las personas "se han vuelto egoístas". Este sería un planteo superficial. Lo que parece estar ocurriendo es algo que se relaciona, pero presenta niveles de concreción específicos: las instituciones que históricamente organizaban la sociabilidad comienzan a perder fuerza (la familia, la iglesia -se definen como católicos en 2010, 82.7%, mientras que en 2020 llega al 77.7%-, los círculos concéntricos de amistad, la organización sindical -membresía sindical en 2010, 14.5%, en 2020, la membresía llegaba al 12.4%-, los clubes deportivos, entre otros). Vamos de nuevo a esto. Durante buena parte de los siglos XIX y XX, la reproducción de la sociedad descansaba sobre los pilares enunciados: la familia relativamente estable; el matrimonio; la reproducción biológica (con un bajo relieve de la iglesia en este sentido); el trabajo colectivo; la vida barrial; las organizaciones políticas y sindicales; la escuela como espacio permanente de socialización. Si varios de estos pilares comienzan a debilitarse simultáneamente, el fenómeno deja de ser moral para convertirse en estructural, que es el argumento en el que nos estamos moviendo.

En otras palabras, el individualismo sería un resultado híbrido, por un lado, de una elección individual, pero al mismo tiempo, por otro lado, la consecuencia de una nueva organización de la vida social. Si nos desconectamos de los afectos, sus impactos son múltiples. En ese contexto cobra relevancia la observación de Berardi. Berardi, como apuntamos, no aporta una demostración estadística cuando habla de la disminución del contacto sexual. Su argumento es más bien filosófico. Pero precisamente ahí reside su interés. Está contribuyendo en la construcción de una premisa: la digitalización de la comunicación sustituye progresivamente la experiencia corporal por la interacción semiótica. No es simplemente que las personas tengan menos relaciones sexuales, es que disminuye la necesidad del encuentro corporal, sobre todo entre iguales, como condición para satisfacer necesidades emocionales. Si esto fuera cierto, el descenso de la natalidad no sería únicamente una consecuencia secundaria, sino un hecho social de un proceso mucho más profundo, por ejemplo, de la pérdida de centralidad del cuerpo en la reproducción de la vida social, y del placer en el encuentro sexual. Sin abusos, las gráficas pueden leerse como indicadores indirectos de ese cambio antropológico. Desde esta rendija analítica, quizá mecánicamente, pero podría plantearse algo como lo siguiente:

Alejandro Espinosa Yáñez
Alejandro Espinosa Yáñez

Otro problema a encarar: la disminución del contacto físico no tendría por qué medirse exclusivamente mediante la frecuencia sexual. Metamos en este combo problemático el tiempo de convivencia presencial; la participación en organizaciones; número y frecuencia de amistades cercanas; frecuencia de reuniones familiares; la participación comunitaria. Bibliografía relacionada con estos factores de tensión la trabajaremos en futuras colaboraciones.

Lo que podríamos estar viviendo no es sólo un cambio conductual, sino una mutación antropológica. Esto podría estar relacionado con la desposesión cognitiva. Esto bajo el supuesto de que el capitalismo contemporáneo comienza a apropiarse del conocimiento acumulado por la humanidad mediante la inteligencia artificial. Agreguemos que la revolución digital está externalizando las capacidades relacionales -del frente a frente a la pantalla-, y con ello generando nuevas formas de dependencia, que ensanchan y enganchan, literalmente con sus redes, la dependencia emocional del sujeto: delegando para estos casos específicos la conversación presencial, el acompañamiento, la amistad y el enamoramiento. Insisto, la cuestión ya no es sólo tecnológica, sino civilizatoria: si parte de nuestras funciones afectivas y comunicativas pasan a ser mediadas o sustituidas por sistemas artificiales, cambia la forma misma en que los seres humanos establecen vínculos.

En un ejercicio de ciencia ficción llevado al cine, Woody Allen exploraba en El dormilón (1973) lo que podría vivirse en la sociedad del año 2173 -doscientos años después-, y los usos del “orgasmatrón” (la tecnología al servicio del cuerpo). El almanaque se adelantó, pasaron 53 años de El dormilón, pero el “orgasmatrón” -establecemos la analogía con la dopamina, administrada en dosis diferentes- en sus múltiples avatares digitales y robots (como modelos a la carta para generar adicción y jamás recibir las reprimendas comunes de las relaciones donde la piel y el no tienen un lugar), tienen un papel en la configuración de los nuevos encapsulamientos de las relaciones afectivas.

Desde esta perspectiva podríamos aventurar que la disminución de la natalidad, el incremento de los divorcios, la reducción del contacto corporal, los cambios en las formas de usos de los espacios de habitación y el aumento del tiempo dedicado a interacciones mediadas por plataformas no constituyen fenómenos independientes. Pueden interpretarse como manifestaciones convergentes de una transformación de la sociabilidad contemporánea, en la que el capitalismo digital reorganiza las condiciones materiales y simbólicas de la reproducción de los vínculos humanos. Si la gran industria separó al trabajador de su saber productivo, la inteligencia artificial y las plataformas digitales comienzan a separar a los individuos de una parte creciente de sus capacidades relacionales y afectivas. La desposesión cognitiva podría estar acompañada por una desposesión vincular, es decir, por la transferencia progresiva de funciones de comunicación, reconocimiento y compañía hacia dispositivos tecnológicos. ¡Afectos fuera! El capitalismo digital no sólo captura conocimiento, sino que comienza a intermediar y mercantilizar la propia capacidad humana de establecer relaciones significativas. Esa ampliación conecta de manera consistente los datos demográficos y de uso del tiempo que se aprecian en Berardi y las transformaciones del trabajo, la subjetividad y la vida social, en la malla compleja de la realidad.

La automatización y la inteligencia artificial externalizan, en su alcance de frontera, capacidades cognitivas; la digitalización de la vida cotidiana parece acompañarse de una reorganización de las capacidades relacionales. No se trata únicamente de una transformación tecnológica, sino de una modificación de los modos de producir y reproducir los vínculos sociales. Están en chino estas nuevas condiciones para amar, sobre todo si no se participa activamente en sus alcances.

PS. Palestina libre, alto al genocidio

(UAM)

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