Arrancó el Mundial y con él, la promesa de que millones de personas se reunirán para ver un partido de futbol. Algunos estarán en los estadios. Otros en bares y en casas.
Durante 90 minutos compartirán la misma emoción: contendrán la respiración ante una jugada, gritarán un gol al mismo tiempo. Y eso es algo que el cine parece haber aprendido del futbol: que las historias son importantes, pero las comunidades que se construyen alrededor de ellas lo son más.
Durante mucho tiempo se dijo que las nuevas tecnologías transformarían nuestra relación con la cultura. Que cada persona consumiría contenidos distintos, en horarios distintos y desde dispositivos distintos. Hoy vemos series en el teléfono, escuchamos música con audífonos y pasamos horas navegando por algoritmos diseñados solo para nosotros.
Sin embargo, cuanto más individual se vuelve el consumo cultural, más valiosas parecen las experiencias que vivimos juntos. Por eso los conciertos han adquirido una dimensión que va mucho más allá de la música. Ya no son solo espectáculos sino auténticas peregrinaciones contemporáneas. Miles de personas viajan para asistir a una presentación, preparan durante semanas la ropa que usarán, compran mercancía oficial, intercambian pulseras, comparten canciones y participan en rituales que sólo quienes forman parte de esa comunidad entienden.
Sucede con Taylor Swift, con Coldplay, con Karol G, con Bad Bunny. No se trata únicamente de escuchar música. Se busca pertenecer a algo durante unas horas.
El futbol funciona de una manera parecida: llevar la camiseta de una selección es una declaración de identidad, una forma de decir: “Yo también soy parte de esta historia”. Cuando comienza un Mundial, millones de personas se suman a una narración colectiva donde aparecen héroes, derrotas, remontadas y momentos que terminan formando parte de la memoria de generaciones enteras.
Y entonces aparece el cine. Llevamos demasiado tiempo escuchando la posibilidad de la muerte de las salas, del reto de competir con la comodidad del sofá. Pero algo curioso ha ocurrido: las películas que consiguen movilizar grandes audiencias suelen ser precisamente aquellas que logran convertirse en acontecimientos.
Ahí estuvo el fenómeno de Barbie con los teatros llenos de espectadores vestidos de rosa. Lo mismo ocurrió con los conciertos filmados de Taylor Swift o la biopic de Michael Jackson. Y volverá a suceder con futuros estrenos capaces de transformar una proyección en un evento cultural.
No basta con ofrecer un relato. Hay que crear una experiencia que merezca ser vivida junto a otros. Porque cuando una película se convierte en acontecimiento empieza a comportarse de forma similar a un partido de futbol o a un gran concierto.
Lo que permanece es la necesidad de compartir el asombro. Porque quizá eso sea lo que el cine le debe al futbol: haberle recordado que, como sucede en la vida, algunas historias sólo alcanzan su verdadera dimensión cuando se viven en compañía. Y eso es algo que ninguna experiencia en aislamiento puede lograr.
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