La promoción de Spider-Man: Brand New Day confirma que ya no idolatramos a quienes triunfan, sino a quienes parecen haber encontrado una forma más humana de hacerlo.

Es fácil engancharse a las imágenes y videos que se han hecho virales a nivel mundial generadas durante la etapa de promoción de Zendaya y Tom Holland por Spider-Man: Brand New Day, de Destin Daniel Cretton. Sin entrar en discusiones acerca de la calidad de la película —ya sabemos que ha dividido opiniones entre la crítica— lo que no es casualidad es que la cinta que protagonizan estas estrellas haya logrado una de las mayores taquillas de la historia, con una recaudación cercana a los 360 millones de dólares tan solo en su primer fin de semana en cines de todo el mundo.

Y es que, además de contar con el fenómeno Marvel que lleva años perfeccionando el arte de convertir cada estreno en un acontecimiento y posee una comunidad de seguidores extraordinariamente fiel, lo que despierta esta pareja responde a algo más profundo que el simple placer de asistir a un gran espectáculo.

Zendaya y Tom Holland se han convertido en un modelo aspiracional de cómo Hollywood también puede hacer sitio a un amor que parece construido sobre la complicidad.

Sin grandes dramas, sin exhibicionismos y sin la necesidad de convertir cada gesto en una pose. Ambos amasan una fortuna que supera la de muchos tiburones de Wall Street y, sin embargo, cuando aparecen juntos, todo eso parece desaparecer.

Porque el éxito, la fama o el dinero no son lo más interesante de ellos. Por eso resulta tan difícil apartar la vista.

Durante décadas, Hollywood nos acostumbró a romances explosivos, rupturas públicas y relaciones tan intensas como efímeras. Aprendimos a confundir la pasión con el conflicto y a asumir que, cuanto mayor era el drama, más potente parecía una historia de amor.

Refrescan los patrones de la industria

Hoy ocurre algo distinto. En una época marcada por la sobreexposición, las discusiones permanentes en redes sociales y una actualidad que convierte el enfrentamiento en show, dos de las mayores estrellas del planeta despiertan fascinación precisamente porque transmiten lo contrario: discreción, respeto, naturalidad, sentido del humor y una evidente admiración mutua.

No sabemos cómo será su relación dentro de diez años, ni falta que nos hace. Lo que millones de personas parecen celebrar no es la promesa de amor eterno, sino la imagen de un vínculo donde el éxito no eclipsa el afecto, donde ninguno necesita imponerse al otro para seguir brillando.

Las estrellas siempre han funcionado como un espejo de los deseos de su tiempo.

Hubo generaciones que soñaron con el lujo, con la fama, la belleza o con una vida a la vista de todo el mundo y excesiva.

La de nuestros jóvenes, después de tanto ruido y sobre exposición, empieza curiosamente a buscar otra clase de romance en la fantasía del espectáculo.

Es más atractiva una alianza que busque lo esencial: alguien con quien reírse, crecer y seguir siendo uno mismo cuando todos los focos están puestos sobre ti.

Si creemos en la tesis de que los famosos proyectan las expectativas de la sociedad lo que podemos deducir es que las personas están empezando a soñar menos con deslumbrar y un poco más con tener una pareja con la que hacer equipo y aceptarse sin filtros ni retoque.

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